Pasión y Poder Capítulo 114
La noche en el penthouse de Santa Fe se sentía cargada de electricidad, como si la ciudad de México entera contuviera el aliento. Valeria Fuentes, la reina indiscutible de los bienes raíces, caminaba de un lado a otro en su sala de estar minimalista, con ventanales que dejaban ver las luces parpadeantes del skyline. Su vestido negro ajustado rozaba su piel morena como una caricia prohibida, y el aroma de su perfume Chanel No 5 flotaba en el aire, mezclado con el leve olor a tequila reposado de la botella abierta sobre la mesa de mármol. Hacía calor, no solo por el verano, sino por la espera. Rodrigo Salazar llegaría en cualquier momento, ese hombre que la desafiaba en juntas de consejo y la volvía loca en la cama.
Valeria se miró en el espejo de cuerpo entero, ajustándose el escote que dejaba ver el nacimiento de sus senos firmes. ¿Por qué siempre termino rindiéndome a él? pensó, mientras sentía un cosquilleo familiar entre las piernas. Habían estado peleando por un terreno en Polanco toda la semana, un tira y afloja de poder que la ponía a mil. Pero esta noche, en privado, las reglas cambiaban. El sonido del ascensor privado zumbó suavemente, y su pulso se aceleró. La puerta se abrió con un clic metálico, y ahí estaba él: alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho tatuado con un águila mexica.
—Órale, Valeria, sigues con esa cara de jefa cabrona —dijo Rodrigo con esa voz grave que le erizaba la piel, cerrando la puerta tras de sí. Traía el olor fresco de su colonia Acqua di Gio, mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa. Se acercó despacio, como un lobo midiendo a su presa, y ella sintió el calor de su cuerpo antes de que la tocara.
—No mames, Rodrigo, ese terreno es mío y lo sabes —replicó ella, cruzando los brazos para no mostrar lo nerviosa que la ponía su cercanía. Pero sus ojos traicioneros bajaron a los labios carnosos de él, imaginando su sabor salado. Él sonrió, esa sonrisa pícara que gritaba te tengo, y le tomó la barbilla con dedos firmes pero gentiles.
Esto es puro poder y pasión, como en esas novelas que veo a escondidas. Pasión y poder, capítulo 114, donde la villana se entrega al galán, pensó Valeria, recordando la telenovela que tanto le gustaba, un guilty pleasure que la hacía mojarse sola.
El beso empezó lento, un roce de labios que sabía a tequila y deseo contenido. Rodrigo la presionó contra la pared de vidrio, y ella sintió la dureza de su erección contra su vientre plano. Qué chingón se siente, gimió internamente mientras sus lenguas danzaban, húmedas y urgentes. Sus manos expertas bajaron por su espalda, amasando sus nalgas redondas bajo la tela fina, y un jadeo escapó de su garganta. El sonido de la ciudad abajo —cláxones lejanos, murmullo de viento— se mezclaba con sus respiraciones agitadas. Valeria hundió las uñas en su nuca, tirando de su cabello oscuro, afirmando su dominio... o intentándolo.
La llevó en brazos hasta el sofá de piel italiana, suave como un susurro contra su piel. La recostó con cuidado, pero sus ojos ardían con esa hambre que la empoderaba. —Quítate el vestido, nena. Quiero verte toda —ordenó, y aunque era él quien mandaba en ese momento, ella se excitaba con la sumisión voluntaria. Sus dedos temblorosos desabrocharon la cremallera, dejando caer la prenda al piso con un susurro sedoso. Quedó en lencería de encaje negro, sus pezones endurecidos asomando como invitaciones.
Rodrigo se arrodilló entre sus piernas abiertas, inhalando profundo el aroma almizclado de su excitación. —Qué rica hueles, Valeria. Tu panocha me vuelve loco —murmuró, y ella se mordió el labio, sintiendo el calor subirle por el cuello. Sus besos bajaron por su cuello, lamiendo la sal de su piel, mordisqueando el lóbulo de su oreja hasta que un gemido ronco brotó de ella. Ay, wey, no pares. Las manos de él exploraban sus muslos, subiendo lentas, torturantes, hasta rozar el encaje húmedo. Ella arqueó la espalda, el sofá crujiendo bajo su peso, y el pulso en su clítoris latía como un tambor de guerra.
La tensión crecía como una tormenta. Valeria lo empujó hacia atrás, invirtiendo posiciones con un movimiento felino. Ahora él estaba debajo, y ella se sentó a horcajadas sobre su cintura, sintiendo la verga dura como piedra presionando su concha empapada. —Yo mando aquí también, ¿eh, mamón? —dijo riendo bajito, mientras desabotonaba su camisa, besando cada centímetro de piel expuesta. El sabor salado de su pecho la enloquecía, y lamía sus pezones oscuros hasta hacerlo gruñir. Sus caderas se movían en círculos lentos, frotándose contra él, el roce eléctrico enviando chispas por su espina dorsal.
Pero Rodrigo no era de los que se rinden fácil. Sus manos grandes la giraron de nuevo, colocándola de rodillas en el sofá. —Ahora sí, mi reina. Déjame comerte entera —susurró, bajando su cabeza. Su lengua caliente separó los labios de su sexo, lamiendo despacio desde la entrada hasta el clítoris hinchado. Valeria gritó, un sonido gutural que reverberó en la sala. ¡Qué chido! Su boca es puro fuego. Saboreaba su propia humedad en él después, besándolo con furia, mientras sus dedos se colaban en sus boxers para acariciar la verga venosa, gruesa y palpitante. La pre-semen salada mojó su palma, y ella la masturbó con ritmo experto, oyendo sus jadeos roncos.
La intensidad escalaba. Se quitaron la ropa restante en un torbellino de manos ansiosas, piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos. El aire olía a sexo crudo, a feromonas mexicanas puras. Rodrigo la penetró de un solo empujón, llenándola hasta el fondo, y ella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. —¡Sí, cógeme duro, cabrón! —exigió, y él obedeció, embistiéndola con fuerza controlada, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con sus gemidos. Sus senos rebotaban con cada thrust, y él los chupaba, mordiendo suave, enviando olas de placer que la hacían temblar.
Cambiaron posiciones como en un baile erótico: ella encima, cabalgándolo salvaje, sintiendo cada vena de su verga rozando sus paredes internas. Esto es poder de verdad, el nuestro, pensó, mientras sus jugos corrían por sus muslos. Él la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, y aceleró, el sudor goteando de su frente a su culo perfecto. El clímax se acercaba, un volcán rugiente. Valeria sintió la presión en su vientre, el clítoris pulsando, y explotó primero: un orgasmo que la hizo gritar ¡Ay, Diosito!, contrayéndose alrededor de él en espasmos interminables.
Rodrigo la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que desbordaron, goteando por sus piernas. Colapsaron juntos en el sofá, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El afterglow era dulce, sus dedos trazando patrones perezosos en su piel húmeda. Él besó su frente, oliendo a sexo y amor. —Eres lo máximo, Valeria. En la cama y en los negocios —murmuró.
Ella sonrió, acurrucada contra su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón. Pasión y poder, capítulo 114 resuelto. Mañana volvemos a pelear por el terreno, pero esta noche... esta noche ganamos los dos. La ciudad seguía viva afuera, pero dentro, solo había paz y promesas de más capítulos ardientes.