Mi Pasión Es La Música En Tu Piel
Entré al bar de la colonia Roma esa noche con el corazón latiéndome fuerte, como si ya supiera que algo chido iba a pasar. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor a tequila reposado que te envuelve como un abrazo caliente. La música retumbaba desde el escenario, un grupo de rock en español que ponía a todos a mover las caderas. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había venido sola porque neta, necesitaba desconectarme del pinche trabajo de oficina que me tenía hasta la madre.
Ahí estaba él, el guitarrista principal, un morro alto y moreno con tatuajes asomando por las mangas de su camisa negra ajustada. Sus dedos volaban sobre las cuerdas, sacándole gemidos al instrumento que me erizaban la piel. Sudor le perlaba la frente, y cuando volteó hacia el público, sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si la música me estuviera tocando directamente a mí.
¿Qué carajos me pasa? Este wey ni me conoce y ya me tiene mojada con solo mirarme.
La canción terminó en un solo de guitarra que me dejó sin aliento, el eco vibrando en mis huesos. Bajó del escenario aplaudido por todos, y para mi sorpresa, se acercó directo a la barra donde yo pedía un paloma. "¿Qué tal, reina? ¿Te gustó el show?" dijo con una sonrisa pícara, su voz ronca por el canto.
"¡Órale, carnal! Estuvo de poca madre. Mi pasión es la música, pero la tuya me dejó temblando." respondí, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Se rió, un sonido grave que me recorrió la espina dorsal.
"Mi pasión es la música, pero verte aquí hace que quiera tocar algo más." Me guiñó el ojo, y pedimos otra ronda. Se llamaba Diego, de Guadalajara, tocaba en la banda desde hace años. Hablamos de rolas que nos volaban la cabeza, de noches de desmadre en antros y de cómo la música era como un amante que nunca te deja solo. Sus manos, callosas por las cuerdas, rozaron las mías al pasarme el vaso, y juro que sentí chispas. El bar se llenaba más, cuerpos bailando pegados, el ritmo de la siguiente banda latiendo como un corazón acelerado.
Salimos a la terraza para fumar un cigarro, el viento fresco de la noche mexicana trayendo olores a jacarandas y comida de taquería callejera. Nos sentamos en una banca, nuestras piernas rozándose. "Sabes, Ana, cuando toco, imagino que la guitarra es una chava como tú: suave al principio, pero que responde con fuerza cuando la presionas." Sus palabras me prendieron, el aliento con sabor a mezcal acercándose a mi oreja.
Lo miré, sus labios carnosos curvados en una promesa. Esto va a pasar, lo siento en las tripas. Lo besé primero, mis labios probando el salado de su sudor mezclado con tequila. Su lengua entró juguetona, explorando mi boca como si fuera un riff nuevo. Sus manos subieron por mi espalda, apretándome contra él, y sentí su verga dura presionando mi muslo. "Vamos a mi depa, está cerca. Quiero dedicarte una rola privada."
El taxi fue un tormento delicioso. Sus dedos jugaban con el borde de mi falda, subiendo lento por mi piel, mientras yo le mordía el cuello, oliendo su colonia masculina mezclada con el cuero del asiento. Llegamos a su departamento en la Condesa, un lugar chiquito pero lleno de guitarras y posters de Caifanes y Molotov. Me jaló adentro, cerrando la puerta con un pie mientras me besaba como poseído.
Acto dos de esta pinche sinfonía: lo empujé al sofá, quitándome la blusa con prisa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros por el aire fresco y su mirada hambrienta. "¡Qué chingonas, mamacita!" gruñó, chupándolas con avidez, su lengua girando como en un solo de guitarra. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo el bulto palpitante. Lo saqué, dura y venosa, con un olor almizclado que me hizo salivar.
Mi pasión es la música, pero esto... esto es un concierto para mi coño.
Me arrodillé, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado. Él jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo. "Así, reina, chúpamela como si fuera tu micrófono." Lo tragué profundo, sintiendo cómo latía en mi garganta, mis jugos empapando mis panties. Me levantó, me quitó todo, y me tendió en la cama deshecha que olía a él, a sexo viejo y sábanas calientes.
Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos lentos que me arquearon la espalda. "Estás chorreando, Ana. ¿Quieres que te meta la verga ya?" Asentí, rogando con los ojos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor inicial se volvió placer puro cuando empezó a bombear, el colchón crujiendo al ritmo de sus embestidas. Sudábamos juntos, piel resbalosa chocando, el slap-slap mezclado con nuestros gemidos y la música de fondo que había puesto: una rola sensual de Café Tacvba.
Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, clavándome más hondo. Sentí cada vena rozando mis paredes, su saco golpeando mi clítoris. ¡Qué rico, pendejo, no pares! Grité su nombre, el orgasmo construyéndose como un crescendo. Él aceleró, gruñendo "¡Me vengo, carajo!" y nos corrimos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de su leche caliente que me llenaba hasta rebosar.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, el corazón tronando en unisono. El afterglow fue puro éxtasis: sus besos suaves en mi frente, el olor a sexo impregnando el aire, el sabor de nosotros en su boca cuando me besó de nuevo. "Mi pasión es la música, pero contigo, es esto." Murmuró, y yo sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de todo y nada, planeando el próximo concierto donde él me dedicaría una rola. Salí de ahí con las piernas temblorosas, pero el alma llena. La música siempre sería mi pasión, pero ahora sabía que la piel de Diego era la melodía perfecta.