En Que Año Fue La Pasion De Cristo
El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de San Miguel de Allende, tiñendo de dorado los muros coloniales. Era Semana Santa, y el aire olía a incienso quemado mezclado con el dulce aroma de las capirotadas que vendían en la esquina. Yo, Valeria, caminaba con mi rebozo ligero sobre los hombros, sintiendo el calor subir por mis piernas hasta el pecho. Llevaba años sin volver a este pueblo mágico, pero algo me había jalado de regreso. Tal vez el recuerdo de él. Cristo. Sí, se llamaba así, como el santo de la cruz que todos veneraban en esas fechas.
Lo vi desde lejos, en la plaza principal, recargado contra la fuente con esa sonrisa pícara que me deshacía las rodillas. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidianas pulidas. Vestía una camisa de lino blanca que se pegaba a su torso sudado, marcando cada músculo forjado en el gimnasio y el rancho familiar.
¿En qué año fue la pasión de Cristo?pensé de repente, recordando una trivia que nos echamos una vez entre cervezas. No sé por qué se me vino eso a la mente, pero en ese instante, mi cuerpo respondió con un cosquilleo traicionero entre las piernas. Neta, Valeria, cálmate, me dije, pero ya era tarde. Nuestras miradas chocaron, y él se enderezó, caminando hacia mí con paso felino.
—Mamacita, ¿vienes a revivir viejos tiempos? —dijo con esa voz ronca que olía a tequila y tabaco.
Me reí, sintiendo el rubor subir por mi cuello. —Wey, ¿todavía te acuerdas de mí? Han pasado como cinco años.
Nos abrazamos, y su pecho duro contra el mío fue como una descarga eléctrica. Olía a jabón fresco y a hombre, ese olor terroso que me ponía caliente al instante. Hablamos de la vida, de cómo él ahora tenía un pequeño hotel boutique en las afueras, y yo había dejado el estrés de la Ciudad de México por un respiro. La tensión crecía con cada palabra, cada roce accidental de sus dedos en mi brazo. Sentía mi chichi endurecerse bajo la blusa, y el calor húmedo entre mis muslos me hacía apretar las piernas.
—Ven, te invito un mezcal en mi terraza —propuso, y yo asentí, sabiendo que era una mala idea. O la mejor.
Subimos a su jeep, el viento azotando mi cabello mientras dejábamos el bullicio atrás. La casa era un paraíso: piscina infinita con vista al cerro, jardín lleno de buganvilias rojas como sangre. Nos sentamos en la terraza, el mezcal frío bajando ardiente por mi garganta, despertando sabores ahumados en mi lengua. Hablamos de todo y nada, pero sus ojos devoraban mi escote, y yo no podía evitar lamer mis labios cada vez que él se reía.
—¿Sabes? —dijo de pronto, inclinándose cerca—. Una vez me preguntaste en qué año fue la pasión de Cristo. ¿Te acuerdas? Dijiste que era en el año 33, pero neta, para mí la pasión empezó el año que te conocí, el 2018.
Me quedé muda, el pulso acelerado. Ese recuerdo me golpeó como una ola: nosotros dos en una fiesta, besándonos detrás de la iglesia como pendejos adolescentes, aunque ya éramos grandes.
La mía fue ese año, cuando su lengua me exploró por primera vez, pensé, y sin más, lo besé. Sus labios sabían a mezcal y deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con hambre contenida. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando el rebozo, bajando el tirante de mi blusa. Gemí contra su boca, sintiendo sus dedos ásperos rozar mi piel suave, erizándola toda.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome adentro. La habitación olía a sándalo y sábanas limpias, la cama king size invitándonos. Me tiró con gentileza, y se quitó la camisa, revelando ese abdomen marcado que lamí con los ojos. —Valeria, te extrañé tanto —murmuró, bajando sobre mí. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, chupando un pezón a través de la tela hasta que grité de placer. El sonido de mi propia voz ronca me avergonzó y excitó a la vez.
Le arranqué los pantalones, liberando su verga dura, gruesa, latiendo contra mi palma. La piel caliente, venosa, oliendo a masculinidad pura. La apreté, masturbándolo lento mientras él metía la mano en mi falda, dedos hábiles encontrando mi clítoris hinchado. —Estás empapada, nena —gruñó, y yo arqueé la cadera, rogando en silencio. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi concha chupando sus dedos llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudábamos, el olor almizclado de nuestra excitación impregnando el aire.
Pero quería más. Lo empujé sobre la cama, montándome encima. Su mirada ardiente me devoraba mientras bajaba despacio, empalándome en su verga. Qué rico, tan llena, estirándome al límite. Empecé a moverme, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, sus manos apretándolas fuerte, pellizcando pezones. —Fóllame duro, Cristo —le supliqué, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con golpes profundos que me llegaban al alma. El slap-slap de piel contra piel, el chirrido de la cama, mis gemidos convirtiéndose en gritos. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, el calor subiendo, el orgasmo construyéndose como una tormenta.
En mi mente, flashes: el incienso de la iglesia, la cruz de Semana Santa, pero todo se mezclaba con esta pasión pagana.
En qué año fue la pasión de Cristo la mía esta, pensé borrosa por el placer. Él se incorporó, volteándome de espaldas, penetrándome a perrito. Sus bolas golpeaban mi clítoris, sus manos en mis caderas magullándome deliciosamente. Olía su sudor goteando en mi espalda, lo lamí de su brazo, salado y adictivo. —Me vengo, Valeria —avisó, y eso me lanzó al borde. Exploté primero, mi concha convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando, mojando las sábanas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mientras él me besaba la nuca. —Este año, 2023, es el mejor para mi pasión —susurró, y yo sonreí, trazando círculos en su pecho.
Nos quedamos así horas, hablando bajito, riendo de tonterías. El sol se puso, tiñendo la habitación de naranja, y el aroma de nuestros cuerpos unidos persistía. Por primera vez en años, me sentía completa, empoderada en mi deseo. No era solo sexo; era reconexión, pasión revivida.
Al diablo con las trivias históricas, la mía fue ahora, con él. Y mientras nos dormíamos, su brazo protector alrededor de mi cintura, supe que volvería cada Semana Santa. Por Cristo. Por nosotros.