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El Fuego de Jesús de la Pasión

6740 palabras

El Fuego de Jesús de la Pasión

La noche en Guadalajara ardía como un mezcal puro, con el aire cargado de olor a tacos al pastor y mariachi retumbando en las cantinas del centro. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pidiendo a gritos un poco de diversión. Entré al bar La Perla Negra, un lugarcito chido con luces tenues y paredes llenas de murales de mujeres curvilíneas. Me senté en la barra, pedí un tequila con limón y sal, y ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como brasas y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Todos lo llamaban Jesús de la Pasión, porque decían que cuando te tocaba, te llevaba directo al cielo... o al infierno, dependiendo de cuán devota fueras.

Órale, mamacita, ¿qué hace una chula como tú sola en este antro? —me dijo acercándose, su voz grave como un tamborazo zacatecano.

Lo miré de arriba abajo, notando cómo su camisa blanca se pegaba a sus pectorales sudados por el calor de la noche. Olía a colonia barata mezclada con sudor masculino, un aroma que me erizó la piel.

¿Qué carajos, Ana? ¿Vas a dejar pasar a este wey tan guapo?
pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Le sonreí coqueta.

—Buscando un poco de acción, carnal. ¿Tú qué traes?

Se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. Pidió dos shots más y brindamos. Hablamos de la vida, de lo chido que era Guadalajara, de cómo el tequila nos soltaba la lengua. Sus manos rozaban las mías al pasar los vasos, y cada toque era como electricidad. Sentía el calor de sus dedos callosos, de alguien que trabaja con las manos, quizás un artesano o un mecánico. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental que no lo era tanto.

La banda tocaba un son jalisciense, y él me jaló a la pista. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, el ritmo marcando el latido de mi corazón. Sudábamos juntos, el olor de nuestros cuerpos mezclándose con el humo de los cigarros y el perfume de las flores en las mesas. Pinche Jesús de la Pasión, pensé, me estás volviendo loca con este meneo. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando justo lo suficiente para que sintiera su dureza contra mí. No era pendejo, sabía lo que provocaba.

—Vamos a otro lado, corazón —susurró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta.

Asentí, el deseo ya ardiendo en mi entrepierna. Salimos del bar, el aire fresco de la noche callejera nos golpeó, pero no calmó el fuego. Caminamos unas cuadras hasta su departamento en una colonia decente, con balcón y vista a las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, me besó. Un beso hambriento, sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando con maestría. Sabía a sal y pasión, sus manos enredándose en mi pelo, tirando suave para arquear mi cuello. Gemí contra su boca, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa.

Me quitó la ropa despacio, como si saboreara cada centímetro de piel expuesta. Primero la blusa, besando mis hombros, lamiendo el sudor que perlaba mi clavícula. Olía mi aroma, mujer en celo, y gruñó de placer.

Neta, este wey es un dios del sexo
, pensé mientras sus dedos desabrochaban mi brasier, liberando mis tetas. Las tomó en sus manos grandes, masajeándolas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. Bajó la cabeza y chupó uno, succionando fuerte, el sonido húmedo resonando en la habitación silenciosa salvo por nuestros jadeos.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, revelando un torso tatuado con vírgenes y cruces, irónico para alguien llamado Jesús de la Pasión. Pasé las uñas por su pecho, sintiendo los músculos tensos, el vello rizado que bajaba hasta su abdomen. Desabroché su jeans, y ahí estaba: su verga dura como piedra, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la rigidez. Él gimió, ¡chingao!, y me empujó al sofá.

Me abrió las piernas, besando mi interior de muslos, mordisqueando suave. El olor de mi excitación lo volvía loco; lo vi inhalar profundo, ojos cerrados en éxtasis. Su lengua llegó a mi coño, lamiendo lento al principio, saboreando mis jugos. Qué rico sabe esta morra, murmuró, y metió la lengua adentro, chupando mi clítoris con maestría. Arqueé la espalda, mis manos en su pelo, empujándolo más profundo. Los sonidos eran obscenos: lamidas, succiones, mis gemidos altos como sirenas. Sentía el calor subiendo, el orgasmo construyéndose como una tormenta.

Pero él se detuvo, sonriendo pícaro. —Aún no, mi reina. Quiero sentirte alrededor de mí.

Me levantó como si no pesara nada, fuerte y dominante pero cariñoso. Me llevó a la cama, colchón king size con sábanas frescas que olían a lavanda. Me puso a cuatro patas, y sentí la punta de su verga rozando mi entrada, húmeda y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Madre santa! grité, el placer-pena inicial convirtiéndose en puro gozo. Estaba lleno, tocando spots que nadie había alcanzado. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El slap-slap de carne contra carne, sus bolas golpeando mi clítoris, sus manos apretando mis caderas.

Este Jesús de la Pasión me va a matar de gusto
, pensé, mientras aceleraba. Sudábamos a chorros, el cuarto oliendo a sexo crudo, a machos y hembras en celo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. Lo miré a los ojos, conexión profunda, no solo físico. Él jadeaba, ¡Sí, así, cabróna! ¡Muévete! Me vine primero, un orgasmo que me sacudió entera, coño contrayéndose alrededor de su verga, gritando su nombre. Él no tardó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.

Caímos exhaustos, enredados en las sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba rápido, corazón latiendo fuerte bajo mi oreja. Me besó la frente, suave ahora, tierno. —Eres increíble, Ana. Neta, me dejaste sin aliento.

Nos quedamos así, escuchando el tráfico lejano, el zumbido del ventilador. Olía a nosotros, a placer consumado.

¿Qué fue esto? ¿Una noche loca o el inicio de algo?
pensé, pero no importaba. Jesús de la Pasión había encendido un fuego en mí que no se apagaría fácil. Me acurruqué más, sabiendo que el amanecer traería más, o al menos el recuerdo ardiente para masturbarme después.

La luna se colaba por la ventana, bañándonos en plata, y su mano bajó de nuevo, juguetona, prometiendo rondas extras. Guadalajara nunca había sido tan viva.

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