Mi Pasión Ericson Alexander Molano
La noche en Polanco estaba viva, con ese calorcito pegajoso que se mete hasta los huesos y hace que el cuerpo pida a gritos un roce fresco. El antro retumbaba con reggaetón, el bajo vibrando en mi pecho como si quisiera salirse. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa urbana, tomaba un michelada helada, el limón picante despertando mi lengua. Ahí lo vi, entre la multitud: Ericson Alexander Molano. Alto, moreno, con esa mandíbula marcada y ojos que prometían travesuras. Neta, mi corazón dio un brinco. Siempre había oído de él, el chavo que armaba eventos en la Condesa, exitoso, carismático, con un cuerpo que parecía esculpido en gimnasio de lujo. Pero verlo en carne y hueso era otra cosa. Su camisa blanca pegada al torso por el sudor, oliendo a colonia cara mezclada con ese aroma masculino que te hace mojar sin permiso.
Me quedé mirándolo, hipnotizada por cómo se movía al ritmo, su piel brillando bajo las luces neón. Órale, Ana, no seas pendeja, acércate, me dije. Caminé hacia él, mis tacones cliqueando contra el piso pegajoso de spilled drinks. Él volteó, sonrió con esa dentadura perfecta, y el mundo se achicó a nosotros dos.
Es él, mi pasión Ericson Alexander Molano. Lo supe en ese instante, como si el universo me lo hubiera mandado envuelto para regalo.
—Hola, ¿bailamos? —le solté, con voz ronca por el deseo que ya me trepaba las piernas.
—Claro, preciosa —respondió, su voz grave como un ronroneo, extendiendo la mano. Sus dedos envolvieron los míos, ásperos pero cálidos, y me jaló contra su pecho. Bailamos pegaditos, su cadera contra la mía, el calor de su piel traspasando la tela. Olía a tequila y a hombre excitado, ese olor salado que te enciende el vientre. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, y ¡ay, Dios!, qué chingón. Mi chichi rozaba su torso, pezones duros como piedras bajo el vestido.
La tensión crecía con cada giro. Sus manos bajaban por mi espalda, deteniéndose en mis nalgas, apretando suave pero firme. Yo gemía bajito en su oído, lamiéndole el lóbulo, saboreando el sudor salado. —Eres fuego, Ana —murmuró, sabiendo mi nombre porque se lo dije entre risas. Hablamos poco, solo lo necesario: de la noche loca en la CDMX, de cómo el antro estaba atascado de fresas y nacos disfrazados. Pero sus ojos decían todo: te quiero follar hasta que grites.
Salimos del antro, el aire fresco de la madrugada golpeándonos como un bálsamo. Tomamos un Uber a su penthouse en Lomas, el camino eterno con sus besos devorándome la boca. Su lengua sabía a menta y deseo, explorando cada rincón, mientras su mano subía por mi muslo, rozando mi tanga empapada. —Estás mojada, cabrona —rió bajito, y yo solo pude asentir, mordiéndome el labio.
Llegamos. El elevador era un horno privado; me levantó contra la pared, mis piernas envolviéndolo, su erección presionando mi clítoris a través de la ropa. —Paciencia, mi reina —susurró, besándome el cuello, chupando hasta dejarme una marca roja que ardía delicioso.
Adentro, su depa era puro lujo: ventanales con vista al skyline, luces tenues, una cama king size que gritaba pecado. Me quitó el vestido despacio, sus ojos devorándome. —Eres perfecta, dijo, y yo creí cada palabra. Desnuda, mi piel erizada por el aire acondicionado, lo vi desvestirse. Su pecho ancho, abdominales marcados, esa verga gruesa y venosa apuntándome como un arma cargada. Olía a sexo inminente, a feromonas que nublaban mi mente.
Me tumbó en la cama, sus labios bajando por mi cuerpo. Besó mis tetas, mamando los pezones con hambre, tirando suave hasta que arqueé la espalda. Su lengua trazó mi ombligo, mi vientre temblando. Llegó a mi coño, abierto y palpitante. —Mi pasión Ericson Alexander Molano, pensé, mientras lamía mi clítoris, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo negro, empujándolo más adentro. Su dedo entró, luego dos, curvándose en mi punto G, mientras su boca succionaba. El sonido era obsceno: chupeteo húmedo, mis jadeos roncos. Olía a mi excitación, almizclado y dulce.
—Te voy a hacer mía —gruñó, subiendo. Lo monté, guiando su pija a mi entrada. Entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué grande! Empecé a moverme, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sudor perlando nuestras pieles. Él agarraba mis caderas, embistiéndome desde abajo, el slap-slap de carne contra carne resonando. Sus ojos fijos en los míos, conexión profunda, no solo físico.
Esto es más que un polvo. Es mi pasión hecha hombre, Ericson Alexander Molano rompiéndome en placer.
Cambié de posición; él encima, misionero intenso. Sus embestidas profundas, golpeando mi cervix con cada thrust, mi clítoris frotándose contra su pubis. Gemía su nombre: —¡Ericson! ¡Más duro! —Y él obedecía, sudando, músculos tensos, olor a macho puro. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre. —Vente conmigo —jadeó, y explotamos juntos. Mi coño contrayéndose alrededor de su verga, leche caliente llenándome, gritos ahogados en besos. Ondas de placer me sacudían, visión borrosa, cuerpo convulsionando.
Caímos exhaustos, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros. —Eres increíble, Ana —dijo, acariciando mi pelo. Yo sonreí, el corazón latiendo aún fuerte.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso en sus manos explorando de nuevo. Risitas, besos juguetones. Secos, envueltos en sábanas suaves, hablamos hasta el amanecer. De sueños, de la vida en esta jungla de concreto que es México. Él, emprendedor con ideas locas; yo, diseñadora gráfica freelance, buscando chispas como esta.
Al salir el sol, dorado sobre las montañas, supe que no era el fin. —Vuelve cuando quieras, mi pasión —dijo, besándome profundo. Bajé al mundo renovada, el cuerpo marcado por su amor, el alma en llamas. Mi pasión Ericson Alexander Molano, grabada en mi piel como un tatuaje invisible.
Y así, en la locura de la ciudad, encontré mi fuego verdadero.