Fernando Escandon Pasión de Gavilanes
El sol del mediodía caía a plomo sobre el Rancho Pasión de Gavilanes, tiñendo de oro las colinas verdes y el aire cargado de aroma a tierra húmeda y eucaliptos. Yo, Gabriela, acababa de llegar de la ciudad, con el corazón latiendo fuerte por la invitación de mi prima. El rancho era un paraíso escondido en las afueras de Guadalajara, con caballos relinchando a lo lejos y el viento susurrando promesas de aventuras. Pero nada me preparó para él: Fernando Escandón, el capataz y dueño de medio corazón del lugar.
Lo vi por primera vez cruzando el corral, montado en un semental negro como la medianoche. Su camisa blanca pegada al torso por el sudor, delineando cada músculo forjado por años de trabajo rudo. El sombrero vaquero echado hacia atrás dejaba ver su cabello oscuro revuelto, y esa sonrisa pícara que hacía que mis rodillas flaquearan.
¿Qué carajos me pasa? Este wey parece sacado de un sueño caliente, pensé mientras bajaba del camión, sintiendo el calor subir no solo del sol, sino de algo más profundo en mi vientre.
Fernando desmontó con gracia felina, sus botas crujiendo sobre la grava. Se acercó limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y el olor a hombre, a cuero y a tierra, me envolvió como una caricia prohibida. “Bienvenida, Gabriela. Tu prima me dijo que venías a desconectar. Soy Fernando Escandón, a tus órdenes”, dijo con voz grave, ronca como el relincho de un potro. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas ceñidas por los jeans ajustados y la blusa ligera. Neta, sentí un cosquilleo en la piel, como si ya me estuviera desnudando con la mirada.
Pasamos la tarde charlando en la veranda, con refrescos helados que sabían a limón fresco y un poco de tequila para romper el hielo. Él contaba anécdotas del rancho Pasión de Gavilanes, de cómo lo heredó de su abuelo y lo convirtió en un imperio de cría de caballos. Yo reía con sus chistes, notando cómo sus manos grandes, callosas, gesticulaban con fuerza contenida. Cada roce accidental –su rodilla contra la mía– enviaba chispas por mi espina dorsal. Este pendejo me traes loca, admití en silencio, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rojos apasionados, como presagio de lo que vendría.
La noche cayó suave, con grillos cantando y el aroma de carne asada flotando desde la cocina. Después de la cena, Fernando me invitó a cabalgar bajo las estrellas. “Vamos, Gabriela, te muestro el lado salvaje del rancho”, murmuró, y su aliento cálido rozó mi oreja. Montamos juntos en su caballo, mi cuerpo pegado a su espalda ancha. Sentía el calor de su piel a través de la camisa, el vaivén rítmico que me hacía jadear bajito. Sus manos guiaban las riendas, pero una se deslizó para sujetar mi muslo, firme, posesiva. “¿Estás cómoda, mi reina?”, preguntó con voz juguetona. “Más que cómoda, carnal. Me encanta esto”, respondí, mordiéndome el labio.
Desmontamos en un claro junto al arroyo, donde la luna plateaba el agua murmurante. El aire olía a jazmín silvestre y a su colonia varonil mezclada con sudor fresco. Nos sentamos en una manta que él había traído, y el silencio se cargó de tensión. Fernando me miró fijo, sus ojos brillando como brasas. “Desde que te vi, no puedo dejar de pensar en ti, Gabriela. Eres fuego puro”. Su confesión me derritió. Me acerqué, rozando sus labios con los míos, tentative al principio. Él respondió con hambre, su lengua explorando mi boca con sabor a tequila y deseo puro.
Las manos de Fernando subieron por mi espalda, desabotonando mi blusa con dedos expertos. Sentí el aire fresco de la noche contra mi piel desnuda, mis pechos libres, pezones endurecidos por la anticipación.
Qué rico se siente su toque, áspero pero tierno, como si supiera exactamente dónde presionar. Él gimió bajito al verme, “Eres una diosa, wey”. Bajó la cabeza, lamiendo mi cuello, bajando hasta mis senos. Su boca caliente succionando, dientes rozando suave, enviando ondas de placer directo a mi centro. Yo arqueé la espalda, enterrando las uñas en su cabello, oliendo su aroma embriagador mientras mis jadeos se mezclaban con el chapoteo del arroyo.
La tensión crecía como tormenta. Le quité la camisa, revelando su pecho velludo, músculos tensos. Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con prisa. Su verga saltó libre, dura, palpitante, gruesa como prometía su mirada. “Tómame, Fernando”, susurré, y él me tumbó suave sobre la manta. Sus dedos juguetearon con mi pantalón, deslizándolo junto con la tanga, exponiendo mi humedad reluciente. El olor a sexo nos envolvió, almizclado y dulce. Me abrió las piernas con gentileza, su lengua trazando caminos ardientes por mis muslos internos. Cuando llegó a mi clítoris, lamidas lentas, círculos perfectos, me volví loca. “¡Órale, sí! No pares, pendejo delicioso”, grité, mis caderas moviéndose solas contra su boca.
El clímax se acercaba, pero él se detuvo, sonriendo pícaro. “Aún no, mi amor. Quiero sentirte completa”. Se posicionó entre mis piernas, su punta rozando mi entrada húmeda. Nos miramos, pidiendo permiso con los ojos. “Sí, Fernando Escandón, hazme tuya aquí en Pasión de Gavilanes”, dije, y él empujó lento, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso, su grosor pulsando dentro, nos arrancó gemidos sincronizados. Empezó a moverse, primero suave, profundo, luego más rápido, el sonido de piel contra piel retumbando en la noche. Sudor perlando su frente, goteando sobre mis pechos, salado al lamerlo. Mis piernas lo envolvieron, uñas clavándose en su culo firme.
La intensidad subió. “¡Más fuerte, cabrón! Me vas a volver loca”, exigí, y él obedeció, embistiéndome con pasión salvaje. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el roce en mi punto G enviando explosiones. Nuestros alientos entrecortados, gruñidos animales, el olor a sexo intenso impregnando el aire.
Esto es puro fuego, como la pasión que le da nombre a este rancho. El orgasmo me golpeó primero, olas y olas de placer convulsionándome, chillidos escapando de mi garganta mientras lo apretaba dentro. Él siguió, prolongando mi éxtasis, hasta que rugió mi nombre, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío.
Quedamos jadeando, entrelazados bajo la luna. Fernando me besó suave, suaves caricias en mi cabello revuelto. “Gabriela, eso fue... neta, lo mejor de mi vida en este rancho”. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho húmedo. “Y apenas empieza, mi rey. Fernando Escandón y la Pasión de Gavilanes van a ser inolvidables”. El arroyo seguía su canción, los grillos aplaudiendo, y en ese afterglow, supe que había encontrado mi propio paraíso. El rancho no solo era tierra y caballos; era deseo encarnado, listo para más noches de fuego.