Pasión en Mensajes de Buenos Días Románticos
Me desperté con el sol filtrándose por las cortinas de mi departamento en la Condesa, el aroma a café recién molido flotando desde la cocina vecina. Mi celular vibraba insistentemente sobre la mesita de noche, como si supiera que yo lo estaba esperando. Lo tomé con los ojos aún entrecerrados, y ahí estaban: los mensajes de buenos días románticos de Marco, cargados de esa pasión que me hacía temblar desde el primer "Buenos días, mi reina".
"Despierta, nena. Imagina mis labios rozando tu cuello mientras el sol te besa la piel. Te extraño tanto que duele", decía el primero. Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. El siguiente era más directo: "Quiero lamer cada curva de tu cuerpo, empezar por tus pezones que se endurecen solo con pensarte. ¿Estás mojada ya, amor?". Mi pulso se aceleró, el calor subiendo por mis muslos. Marco sabía cómo encenderme con palabras, esas pasión mensajes de buenos días románticos que se habían convertido en nuestro ritual secreto desde que nos conocimos en esa fiesta en Polanco.
Estábamos en esa etapa donde todo era fuego: él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me desnudaban, y yo, Ana, la diseñadora gráfica que fingía ser toda profesional pero que se derretía con un simple "te deseo". Respondí rápido: "Sí, cabrón, ya me tienes lista. Ven por mí". Su réplica llegó en segundos: "En una hora estoy ahí. Prepárate para que te haga mía". El anticipio me invadió como una ola, mi piel erizándose al imaginar sus manos grandes recorriéndome.
"¿Y si hoy te ato las manos con mi corbata y te como entera?", escribió.
Me levanté de la cama, el piso de madera fría bajo mis pies descalzos contrastando con el ardor entre mis piernas. Me miré en el espejo del baño: cabello revuelto, labios hinchados de tanto morderlos anoche soñando con él. Me duché rápido, el agua caliente cayendo como caricias, jabón deslizándose por mis senos, imaginando que eran sus dedos. Neta, este wey me tiene loca, pensé mientras me secaba, oliendo a vainilla de mi crema favorita.
La hora pasó en un suspiro. Sonó el timbre, y ahí estaba Marco, con jeans ajustados que marcaban todo y una camisa blanca arremangada mostrando sus antebrazos fuertes. Me jaló hacia él antes de que cerrara la puerta, su boca devorando la mía en un beso salado de deseo. "Buenos días de verdad, mi amor", murmuró contra mis labios, su aliento mentolado mezclándose con el mío.
Lo arrastré al sofá, nuestras lenguas enredándose mientras sus manos subían por mi falda corta. "Te leíste todos, ¿verdad?", preguntó con voz ronca, mordisqueando mi oreja. "Cada palabra, pendejo. Me pusiste caliente desde el primer 'buenos días'". Reí bajito, pero el sonido se convirtió en gemido cuando sus dedos rozaron mi ropa interior ya empapada. El aire se llenó del olor a nuestra excitación, ese almizcle dulce que nos volvía animales.
Nos quitamos la ropa con urgencia, camisetas volando, pantalones cayendo. Su pecho desnudo presionado contra el mío, piel contra piel, el latido de su corazón retumbando como tambores en mi oído. "Eres tan chida, Ana", gruñó, bajando la cabeza para chupar mi cuello, dejando marcas rojas que dolían rico. Mis uñas se clavaron en su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo ellas, el sudor empezando a perlar su piel.
Me recostó en el sofá, sus ojos devorándome mientras separaba mis piernas. "Mira cómo brillas para mí", dijo, inhalando profundo mi aroma. Su lengua trazó un camino desde mi ombligo hasta mi clítoris, lamiendo lento, saboreándome como si fuera el mejor pozole de la vida. Grité su nombre, el placer eléctrico subiendo por mi espina, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Qué rico, no pares, cabrón, pensé, mordiéndome el labio hasta saborear sangre.
Pero quería más. Lo empujé hacia arriba, montándome a horcajadas sobre él. Su verga dura rozando mi entrada, gruesa y palpitante. "Fóllame ya, Marco", le ordené, y él obedeció, embistiéndome de un solo golpe. El estirón delicioso me llenó por completo, nuestras pelvis chocando con un sonido húmedo y obsceno. Cabalgaba fuerte, mis senos rebotando, él agarrándolos, pellizcando pezones hasta que dolían de placer.
El ritmo se aceleró, sudor goteando entre nosotros, el sofá crujiendo bajo nuestro peso. "Más duro, mi amor", jadeé, sintiendo el orgasmo construyéndose como una tormenta. Sus manos en mis nalgas, guiándome, su aliento caliente en mi cuello: "Ven conmigo, nena, déjate ir". El mundo se volvió blanco, mi cuerpo convulsionando alrededor de él, gritando mientras él se derramaba dentro, caliente y profundo.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El sol ahora alto, calentando nuestra piel pegajosa. Besó mi frente, suave ahora, tierno. "Esos mensajes de buenos días románticos con pasión son solo el comienzo, ¿eh?", susurró, riendo bajito.
Me acurruqué contra su pecho, oliendo su colonia mezclada con sexo. Qué chido es esto, pensé, el corazón lleno. No era solo el cuerpo; era esa conexión que empezaba con palabras y terminaba en éxtasis. "Todos los días quiero más, mi chulo", respondí, sabiendo que mañana habría nuevos mensajes, nueva pasión.
El día siguió así, perezoso y nuestro: pedimos tacos de la esquina, riendo de tonterías mientras nos duchábamos juntos, sus manos enjabonándome de nuevo, prometiendo otra ronda. Pero en el fondo, sabía que esos mensajes de buenos días románticos eran el gancho perfecto, el preludio a noches como esta, llenas de fuego mexicano puro.
Al atardecer, cuando se fue, mi celular vibró otra vez. "Hasta mañana, mi reina. Sueña conmigo". Sonreí, el cuerpo aún zumbando. Órale, qué vida.