Como Recuperar la Pasion con Mi Pareja en una Noche de Fuego
Me llamo Ana y hace diez años que estoy casada con Carlos, mi carnal de toda la vida. Vivimos en un departamento chido en la colonia Roma de la CDMX, con balcón que da a las luces de la ciudad y un colchón king size que ya se siente como un campo de batalla olvidado. La rutina nos había chingado: él con su jale en la oficina, yo con mis clases de yoga en línea, y las noches terminando en Netflix y ronquidos. ¿Cómo chingados recuperar la pasión con mi pareja? me preguntaba mientras scrolleaba en mi cel la semana pasada. Leí un chorro de tips: sorpresas, juegos, comunicación. Pero yo quería algo real, algo que nos prendiera el alma y el cuerpo.
Decidí actuar esa noche de viernes. Carlos llegaría cansado del tráfico infernal de Insurgentes, pero yo lo iba a recibir como reina azteca. Preparé el escenario con velas de vainilla que olían a postre prohibido, pétalos de rosa roja esparcidos desde la puerta hasta la recámara –rojos como la sangre de un corazón latiendo fuerte– y una playlist de José Alfredo Jiménez bajita, esa ranchera ronca que siempre nos ponía románticos en nuestros primeros dates. Me puse un baby doll negro de encaje que compré en línea, semi transparente, que dejaba ver mis curvas de morena mexicana, pechos firmes y cachetes que pedían ser mordidos. El espejo me devolvió una mirada pícara: esta noche lo voy a volver loco, pendejo.
Escuché la llave en la chapa y mi pulso se aceleró como tambor de mariachi. Carlos entró frotándose los ojos, corbata floja, camisa blanca pegada al pecho sudoroso por el calor de mayo. Olía a su colonia habitual, esa mezcla de madera y hombre que aún me erizaba la piel.
¡Hola, mi amor! ¿Cómo te fue en el jale?
Dijo con voz de zombie, dejando su mochila en el piso. Lo abracé por detrás, presionando mis tetas contra su espalda, mis manos bajando despacio por su abdomen marcado por las cervezas de los fines. Sintió mi calor y se tensó, pero no se volteó de volada.
No seas pendejo, carnal, pensé. Ya verás cómo te despierto. Le susurré al oído, mi aliento caliente rozando su lóbulo:
Ven, mi rey, te tengo una sorpresa. Déjame cuidarte.
Lo llevé de la mano al baño, donde el jacuzzi burbujeaba con sales de lavanda y eucalipto, vapor subiendo como niebla sensual. Se desvistió sin chistar, su verga semi erecta ya asomando curiosidad entre las piernas morenas. Entramos al agua caliente que nos envolvió como abrazo líquido, burbujas estallando contra mi clítoris hinchado. Le enjaboné el pecho, dedos resbalosos trazando sus pezones oscuros, bajando por el six pack que aún conservaba de sus días de futbol en la uni. Él suspiró, ojos cerrados, y yo sentí su mano en mi muslo, apretando suave.
Esto es lo que necesitábamos, pensé mientras mi coño se mojaba más que el agua. Hablamos de todo y nada: del pinche jefe que lo traía de pelos, de mis alumnas que no paraban de cancelar clases, de aquella vez en Acapulco donde follamos en la playa hasta el amanecer. La tensión sexual crecía como tormenta en el Popo, su polla ahora dura como fierro contra mi nalga.
Salimos envueltos en toallas suaves, gotas resbalando por su piel como perlas de deseo. En la recámara, lo empujé a la cama king, pétalos pegándose a su espalda. Me subí encima, baby doll abierto, mis chichis rebotando libres. Lo besé lento, lengua explorando su boca con sabor a menta de su chicle del camino. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, dedos hundiéndose en mi carne suave, oliendo a mi perfume de jazmín mezclado con excitación femenina –ese almizcle dulce que vuelve locos a los machos.
Ana, qué chingona estás... no sé qué te pasó, pero me la estás poniendo como piedra.
Murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave. Yo reí bajito, voz ronca:
Es que busqué cómo recuperar la pasión con mi pareja, mi amor. Y encontré el remedio: tú y yo, sin chamuyos.
El beso se volvió feroz, dientes chocando, saliva mezclándose. Bajé por su torso, lengua lamiendo el agua residual, salada en su ombligo. Llegué a su verga erecta, venas pulsantes, prepucio retraído mostrando el glande rosado brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé despacio, labios envolviéndola como funda caliente. Él gruñó, caderas alzándose, manos enredadas en mi pelo negro largo. Sabor a hombre puro, a Carlos mío, pensé mientras mi garganta se acomodaba a su grosor, bolas pesadas rozando mi barbilla. El cuarto olía a sexo naciente, velas parpadeando sombras en las paredes blancas.
No lo dejé acabar. Me trepé de nuevo, frotando mi concha empapada contra su pito, labios mayores abriéndose como flor de noche. Gemí cuando la cabeza entró, estirándome delicioso, paredes vaginales apretándolo como guante. Cabalgué lento al principio, tetas saltando, sudor perlando mi frente. Él me miró con ojos de fuego, manos en mis caderas guiando el ritmo. Más rápido, nena, rómpeme.
Aceleré, clítoris frotándose en su pubis peludo, jugos chorreando por sus huevos. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, mis jadeos altos como llantos de placer. Me volteó de repente, ahora él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran brutales pero tiernas, polla golpeando mi cervix con cada thrust, bolas palmoteando mi culo. Olía su sudor macho mezclado con vainilla, escuchaba su respiración agitada como bestia en celo.
¡Te amo, Ana! ¡Eres mi pinche diosa!
Gritó, y yo exploté primero: orgasmo como volcán, coño convulsionando, chorros calientes empapando las sábanas. Él se vino segundos después, semen espeso llenándome hasta rebosar, gruñendo mi nombre como oración.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa reluciente bajo la luz tenue. Su cabeza en mi pecho, latidos sincronizados calmándose. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro éramos uno solo otra vez. Besé su frente salada, dedos trazando su espalda.
¿Ves, mi rey? Así se recupera la pasión. Con amor, con fuego mexicano en las venas.
Él sonrió, ojos brillantes: Sí, carnala. Mañana repetimos, ¿va?
Y así, en el afterglow, supe que lo habíamos logrado. La rutina podía esperarnos, pero ahora sabíamos el secreto: tocarse, olerse, follarse como en el primer día. Mi Carlos, mi pasión recuperada.