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Pasión y Poder Capítulo 60 El Abrazo del Dominio

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Pasión y Poder Capítulo 60 El Abrazo del Dominio

En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, me encontraba yo, Valeria, frente a la imponente torre de cristal que albergaba el imperio de Alejandro. Pasión y Poder capítulo 60, pensé mientras subía en el ascensor privado, con el corazón latiéndome a mil por hora. Era como si el destino hubiera escrito este momento en las páginas de nuestra telenovela personal, llena de intrigas y deseos reprimidos. Hacía meses que competíamos por el control de esa fusión millonaria, pero esta noche, en su penthouse, todo iba a cambiar.

El aire olía a cuero nuevo y a un toque de su colonia, esa que siempre me hacía mojada sin remedio. Las puertas se abrieron y ahí estaba él, Alejandro, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos negros me devoraban, como si ya supiera que yo había venido no solo a negociar, sino a rendirme.

"Valeria, güey, ¿neta que vienes a firmar o nomás a joderme la noche?"
dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave resonando en el espacio amplio del salón.

Me acerqué, sintiendo el roce de mis tacones en el mármol pulido, el sonido seco como un latido. Qué pendejo, pero qué chingón, pensé, mientras el calor subía por mis muslos. Le extendí la carpeta con los contratos, pero mis dedos rozaron los suyos deliberadamente. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, y un escalofrío me recorrió la espalda. Esto es poder, carnal, el que se ejerce con un toque.

Nos sentamos en el sofá de piel italiana, con vistas al skyline iluminado. El tequila reposado que sirvió brillaba ámbar en los vasos, su aroma ahumado mezclándose con el mío, floral y dulce. Bebí un sorbo, sintiendo el fuego bajar por mi garganta, y lo miré fijo.

"Alejandro, no seas mamón. Sabes que esta fusión nos hace invencibles, pero ¿a qué precio?"
Mi voz salió ronca, traicionándome. Él se inclinó, su aliento cálido en mi cuello.

Acto uno: la tensión inicial. Hablamos de números, de acciones, pero cada palabra era un pretexto. Sus rodillas rozaban las mías, y yo no me apartaba. Sentía el pulso en mis venas, el aroma de su sudor limpio subiendo, mezclado con el cuero del sofá. Quiero que me domine, pero yo lo voy a volver loco primero, me dije, cruzando las piernas para que mi falda subiera un poco más. Él lo notó, sus pupilas dilatándose como pozos negros.

De repente, su mano grande cubrió mi rodilla. Qué calientito, el tacto envió chispas directo a mi centro.

"Valeria, deja las chingaderas. Neta que lo que quieres no está en esos papeles."
Su voz era un ronroneo, y yo, en lugar de negarlo, puse mi mano sobre la suya, guiándola más arriba. El roce de sus dedos en mi muslo desnudo era eléctrico, la piel erizándose bajo la seda de mis medias.

Nos levantamos como imanes, sus labios chocando contra los míos en un beso feroz. Saboreé el tequila en su lengua, fuerte y dulce, mientras sus manos me apretaban la cintura. Poder, pura pasión. Lo empujé contra la ventana, sintiendo el vidrio frío en su espalda a través de la camisa. Mis uñas arañaron su pecho, arrancando botones que volaron como confeti. Su risa grave vibró en mi boca:

"Órale, fiera, ¿así que quieres jugar a la jefa?"

El beso se profundizó, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Olía a nosotros, a deseo crudo, almizcle subiendo desde mi entrepierna. Bajé la mano, sintiendo su verga dura como piedra bajo los pantalones. Chingón, palpité al tocarla, el calor traspasando la tela. Él gimió, un sonido animal que me mojó más, y me levantó en vilo, mis piernas envolviéndolo por instinto.

Acto dos: la escalada. Me llevó al dormitorio, el colchón king size hundiéndose bajo nuestro peso. La habitación olía a sábanas frescas de hilo egipcio y a jazmín de su difusor. Me tiró con gentileza bruta, su cuerpo cubriendo el mío. Sentí cada músculo tenso presionando mis curvas, pechos aplastados contra él, pezones duros como balas rozando su piel.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Su boca era fuego en mi clavícula, chupando, mordiendo suave. Me tiene en sus manos, pero yo controlo el ritmo. Gemí cuando lamió mi seno, la lengua áspera girando en el pezón, enviando ondas de placer hasta mi clítoris palpitante.

"Qué rica estás, Valeria, neta que me traes bien locochón."
Sus palabras mexicanas, crudas, me encendieron más.

Le desabroché el cinturón, el sonido metálico del cierre como un disparo. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la punta brillando de precum. La tomé en mi mano, piel sedosa sobre acero, y él gruñó, caderas empujando. La olí, salada y masculina, y la lamí de abajo arriba, saboreando su esencia. Es mío ahora. Él me miró con ojos en llamas, enredando dedos en mi pelo.

Me volteó, arrancando mi tanga con un tirón que rasgó la tela. El aire fresco besó mi coño empapado, labios hinchados rogando atención. Su aliento caliente ahí abajo me hizo arquear.

"Mírate, toda chorreante por mí, ¿verdad que sí?"
Su lengua entró en juego, lamiendo lento, saboreando mis jugos. Sentí cada pliegue explorado, el clítoris succionado hasta que vi estrellas. Gritos salían de mi garganta, ¡chinga!, el placer building como una tormenta.

Pero no lo dejé terminar. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga en mi entrada, resbaladiza, la froté primero, torturándolo. Poder compartido. Bajé despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándome hasta el fondo. Ambos jadeamos, el sonido de piel húmeda chocando empezando el ritmo.

Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sus manos amasándolas. Sudor nos cubría, salado en mi lengua cuando lo besé. Olía a sexo puro, a nosotros fusionados. Más rápido, carnal. Él embestía desde abajo, golpeando mi G, placer coiling como resorte.

"¡Ven, Valeria, córrete en mi verga!"
Sus palabras me catapultaron, el orgasmo explotando en olas, coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando.

No paró, volteándome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. El slap slap slap llenaba la habitación, mixto con mis alaridos. Sentí su mano en mi pelo, jalando suave, el dominio perfecto. Sí, así, pónele. Otro clímax me sacudió, visión borrosa, cuerpo temblando.

Acto tres: la liberación. Él se tensó, gruñendo mi nombre, corriéndose dentro, caliente y espeso, llenándome. Colapsamos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era consuelo, no carga. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, el skyline testigo mudo. Su dedo trazaba mi espina, enviando cosquillas post-orgasmo.

"Esto fue mejor que cualquier fusión, ¿no, reina?"
Reí bajito, oliendo su cuello. Pasión y poder, equilibrados al fin. En ese momento, supe que capítulo 60 era solo el principio de nuestra saga eterna, llena de fuego y entrega mutua. El poder ya no era lucha, sino unión ardiente.

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