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Como Mantener la Llama de la Pasion Viva

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Como Mantener la Llama de la Pasion Viva

Me llamo Ana, tengo treinta y cinco años y vivo en una casa bonita en la colonia Roma de la Ciudad de México. Mi marido, Javier, y yo llevamos diez años casados, y aunque lo amo con todo mi corazón, últimamente la rutina nos ha estado comiendo vivos. ¿Cómo mantener la llama de la pasión viva? me preguntaba yo misma mientras veía cómo él llegaba del trabajo, agotado, besándome en la frente como si fuera mi carnal en vez de mi hombre. Esa noche, decidí que ya era suficiente. Neta, no iba a dejar que el pinche tedio nos apagara.

Preparé todo con esmero. Puse velas de vainilla y canela por toda la sala, el aroma dulce invadiendo el aire como un susurro caliente. En la cocina, el mole poblano burbujeaba suave, su chocolate amargo mezclándose con el picor de los chiles, y abrí una botella de tequila reposado, ese que sabe a roble y tierra húmeda. Me puse un vestido rojo ajustado que me marca las curvas justito, sin bra, para que mis pezones se adivinen bajo la tela fina.

Si no lo enciendo yo, ¿quién?
pensé, mirándome en el espejo, pasando las manos por mis caderas anchas, sintiendo ya el cosquilleo en la piel.

Javier entró a las ocho, con su camisa azul desabotonada en el cuello, el olor a sudor limpio del día pegado a él. Sus ojos cafés se abrieron grandes cuando me vio. "Órale, mi amor, ¿qué traes?" dijo, dejando su mochila en el suelo con un golpe sordo. Sonreí, caminando despacio hacia él, mis tacones repiqueteando en el piso de madera. Lo abracé fuerte, presionando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su pecho firme subir y bajar rápido. "Hoy vamos a recordar cómo mantener la llama de la pasión viva, carnal", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo suave.

Nos sentamos a cenar bajo la luz tenue. El mole humeaba en los platos, su calor subiendo en espirales que olían a fiesta familiar pero con un toque nuestro, íntimo. Él comía despacio, mirándome con esa hambre que no era solo por la comida. "Estás preciosa, Ana. Neta, me vas a matar", murmuró, su voz ronca rozando mis sentidos como terciopelo áspero. Yo reí bajito, pasando mi pie descalzo por su pantorrilla bajo la mesa, subiendo lento hasta su muslo. Su piel se erizó bajo mis dedos, y vi cómo tragaba saliva, el pulso latiéndole en el cuello. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, calentándome el vientre, preparándome.

Después de la cena, puse música suave, un bolero ranchero que mi abuelita ponía para mis papás: la guitarra llorando notas calientes, la voz grave envolviéndonos. Lo tomé de la mano, tirando de él hacia la recámara. "Ven, pendejo, no seas menso", le dije juguetona, y él rió, ese sonido profundo que me hace vibrar por dentro. La habitación olía a jazmín del jardín que entra por la ventana abierta, mezclado con nuestro sudor anticipado. Las sábanas blancas crujían bajo nosotros cuando lo empujé a la cama, montándome a horcajadas sobre sus caderas.

Sus manos grandes subieron por mis muslos, ásperas de tanto trabajo en la constructora, pero qué chingón se siente esa rudeza. Deslicé el vestido por mis hombros, dejándolo caer como una cascada roja. Mis tetas quedaron libres, pesadas, los pezones duros apuntando a él como balas. Javier jadeó, "Mamacita, estás de fuego", y se incorporó para chupar uno, su lengua caliente y húmeda girando, enviando rayos de placer directo a mi entrepierna. Gemí alto, arqueando la espalda, el sonido rebotando en las paredes como un eco sucio. Olía a su aliento con tequila, a mi piel salada, a la humedad que ya empapaba mis calzones.

Me bajé de él solo para quitarle la camisa, besando cada centímetro de su pecho moreno, lamiendo el rastro de vello negro que baja hasta su ombligo. Sus abdominales se contrajeron bajo mi boca, duros como piedra caliente. "Te extrañé así, mi reina", gruñó, sus dedos enredándose en mi pelo largo, tirando suave para guiarme más abajo. Desabroché su pantalón, liberando su verga tiesa, gruesa, latiendo contra mi palma. La tomé, sintiendo su calor pulsante, la vena hinchada bajo mi pulgar. La olí, ese olor almizclado a hombre puro, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada que brotaba.

Él se retorció, "¡Ay, cabrona, me vas a volver loco!", y yo sonreí con la boca llena, chupando más hondo, mi lengua jugando alrededor del glande sensible. El sonido húmedo de mi boca en él, sus gemidos roncos, el roce de sus caderas contra mi cara... todo me encendía más. Me empapé tanto que mis jugos corrían por mis muslos. Me quité los calzones de un jalón, trepándome de nuevo sobre él. Froté mi clítoris hinchado contra su verga, resbalosa, el placer eléctrico subiendo por mi espina como chispas.

Pero no quería apresurar. Como mantener la llama de la pasión viva no es solo follar duro; es saborear cada segundo. Lo besé profundo, nuestras lenguas enredándose en un baile salvaje, saboreando mole y tequila en su saliva. Sus manos amasaron mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, separándolas para rozar mi ano con la yema, un toque prohibido que me hizo temblar. "Te quiero adentro, Javier, ya", supliqué, mi voz quebrada por la necesidad.

Me penetró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso de su verga llenándome hasta el fondo. Gemí contra su boca, mis paredes apretándolo como un puño caliente. Empezamos a movernos, yo cabalgándolo fuerte, mis tetas botando con cada rebote, slap-slap de piel contra piel. Sudor nos pegaba, resbaloso, oliendo a sexo puro, a pasión desatada. Él me sujetó las caderas, embistiéndome desde abajo, profundo, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "¡Sí, así, mi amor, más duro!" grité, uñas clavándose en su pecho, dejando marcas rojas.

La tensión crecía, mis músculos temblando, el orgasmo acechando como una ola gigante. Él aceleró, gruñendo como animal, "Me vengo, Ana, no aguanto". Yo apreté más, girando las caderas, y exploté primero: un grito gutural saliendo de mi garganta, mi coño convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojándonos. Él se vino segundos después, caliente, espeso, llenándome hasta rebosar, su cuerpo rígido bajo el mío.

Caímos jadeantes, enredados en las sábanas revueltas. Su semen goteaba entre mis piernas, cálido y pegajoso, mezclándose con mis jugos. Lo besé suave, sintiendo su corazón martillando contra mi mejilla. "Gracias por recordarme cómo mantener la llama de la pasión viva", murmuró él, acariciando mi espalda con ternura. Yo sonreí en la oscuridad, el jazmín aún flotando, el eco de nuestros gemidos desvaneciéndose. Mañana sería otro día de rutina, pero noches como esta nos salvarían. Neta, la pasión no se apaga si la avivas con ganas.

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