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La Pasion de Cristo Viacrucis

7141 palabras

La Pasion de Cristo Viacrucis

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de Puebla, convirtiendo el aire en un horno espeso, cargado de incienso y sudor. Yo, Ana, caminaba entre la multitud devota, mi blusa de algodón pegada a la piel por el bochorno, los pezones endurecidos rozando la tela con cada paso. La procesión del Viá Crucis avanzaba lenta, con el Cristo de madera cargado por hombres fuertes, morenos, de músculos tensos bajo las túnicas moradas. Mi mirada se clavó en él: Javier, el chavo que interpretaba a Jesús ese año. Alto, con barba recortada, ojos negros que brillaban como carbones ardientes. Neta, desde la primera estación lo vi y sentí un cosquilleo en el vientre, como si el Espíritu Santo se hubiera equivocado de mensaje.

Él cargaba la cruz con esfuerzo, el sudor le corría por el pecho descubierto, goteando hasta perderse en el borde del taparrabos. Yo mordía mi labio, imaginando el sabor salado de esa piel, el olor a hombre mezclado con tierra y devoción.

¿Qué pendejada, Ana? Estás en misa, rodeada de señoras santurronas
, me dije, pero mis muslos se apretaban solos, buscando alivio en la fricción. Cuando la procesión pasó por mi lado, nuestros ojos se cruzaron. Él sonrió de lado, un guiño travieso que me dejó las rodillas flojas. Órale, qué rico se veía, como un dios pagano disfrazado de santo.

Al final, en la plaza, la gente se dispersó. Yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo. Javier se acercó, quitándose la corona de espinas improvisada, el cabello revuelto pegado a la frente. "¿Qué onda, morra? ¿Te gustó el show?" Su voz grave, con ese acento poblano ronco, me erizó la piel. Olía a sudor fresco, a pino del incienso, a algo salvaje que me hacía babear. "Sí, wey, sobre todo tú cargando esa cruz. Parecías el mero mero." Reí nerviosa, pero él se acercó más, su aliento cálido en mi oreja. "¿Quieres ver cómo cargo otra carga esta noche?" Mi corazón latió como tambor en la catedral. Neta, consentí con un beso robado detrás de la fuente, sus labios firmes, ásperos, saboreando a vino bendito y deseo puro.

Llegamos a mi casa, una colonial chula en el centro, con patio de bugambilias y aire perfumado a jazmín. Cerré la puerta y ya estaba sobre mí, sus manos grandes explorando mi cintura, subiendo por mis costillas hasta ahuecar mis tetas. "Qué chingonas estás, Ana", murmuró, pellizcando suave mis pezones hasta que gimí. Yo le arranqué la túnica, revelando su torso esculpido, vello oscuro bajando hasta el bulto enorme en sus calzones. El tacto de su piel era fuego líquido, caliente, salado bajo mi lengua cuando lamí su pecho. Olía a él, puro macho, con un toque de sudor del día que me volvía loca.

Esto es mi la pasión de Cristo viacrucis, pensé, cada caricia una estación de placer
. Lo empujé al sofá de cuero, que crujió bajo su peso. Me arrodillé entre sus piernas, como María Magdalena ante el Señor, y bajé sus calzones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza roja brillando con precúm. "Chúpamela, morra, como si fuera el Santo Sacramento". Abrí la boca, saboreando su piel suave y salada, el olor almizclado subiéndome a la nariz mientras la chupaba hondo, mi lengua girando alrededor del glande. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo puro ritmo. Sentía su pulso acelerado en mi garganta, mis jugos empapando mis panties.

Primera estación: el beso en el cuello. Javier me levantó, me cargó como a la cruz, sus brazos de hierro apretándome el culo. Me besó el cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Segunda: las manos en mis tetas, masajeando, lamiendo pezones hasta que dolían de placer, mi piel erizada como gallina. "Te voy a follar como nunca, Ana", prometió, su voz ronca. Yo jadeaba, el aire denso con nuestro olor a sexo incipiente, el sonido de respiraciones agitadas rebotando en las paredes.

Me llevó al cuarto, la cama king size esperándonos como un altar. Tercera estación: me quitó la falda, besando mis muslos internos, el aliento caliente haciendo que mi clítoris palpitara. Cuarta: sus dedos separando mis labios, hundiéndose en mi coño chorreante. "Estás empapada, pinche ninfómana", rio juguetón. Gemí cuando tocó mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina. Olía a mi propia excitación, dulce y agria, mezclada con su sudor. Lo monté entonces, quinta estación, frotando mi raja contra su verga dura como cruz de roble.

El build-up era una tortura exquisita. Él me volteó boca abajo, sexta estación: lamidas en mi espalda, mordidas en las nalgas que me hacían arquear. Sentía cada poro de mi piel vivo, el roce de las sábanas frescas contra mis pechos, su peso encima como la carga del mundo.

Mi viacrucis personal, cada roce un latigazo de lujuria
. Me penetró lento, centímetro a centímetro, su verga estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué rica tu verga!" grité, el sonido de carne chocando ya retumbando. Él embestía suave al principio, construyendo, sus bolas golpeando mi clítoris, el sudor goteando de su frente a mi espalda, caliente como cera.

Séptima estación: el ritmo acelera. Javier me voltea de nuevo, misionero profundo, sus ojos en los míos, "Mírame mientras te cojo, Ana". Nuestros cuerpos resbalosos, piel contra piel, el slap-slap húmedo, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Olía a sexo puro, a semen y jugos mezclados, el cuarto un horno de gemidos y jadeos. Octava: yo arriba, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiando. Sentía su verga pulsar dentro, rozando cada pared sensible, mi clítoris hinchado frotando su pubis.

Novena estación: el clímax se acerca. Cambio a perrito, él detrás, jalándome el pelo suave, embistiendo duro pero consensual, yo pidiendo más. "¡Dame verga, Javier, hazme tu puta santa!" El placer subía como marea, mis piernas temblando, el olor a orgasmo inminente. Décima: sus dedos en mi clítoris, frotando circles rápidos. Undécima: yo corro al borde, gritando su nombre. Duodécima: él se corre conmigo, chorros calientes llenándome, mi coño contrayéndose en espasmos eternos.

Colapsamos, cuerpos enredados, el afterglow como paz post-resurrección. Su semen goteaba de mí, cálido, pegajoso, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el resto. "Eso fue mi pasión, Ana. La mejor viacrucis de mi vida", susurró, riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su barba, el corazón lleno.

En este Viá Crucis del placer, encontré mi redención carnal
.

Nos quedamos así hasta el amanecer, Domingo de Resurrección, con el sol filtrándose por las cortinas, pintando nuestras pieles doradas. No hubo culpa, solo satisfacción profunda, un lazo forjado en sudor y éxtasis. Javier se fue prometiendo volver, y yo, Ana, supe que mi fe ahora tenía un nuevo evangelio: el del cuerpo y el deseo.

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