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Pasión Prohibida Capítulo 9 La Rendición Nocturna

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Pasión Prohibida Capítulo 9 La Rendición Nocturna

La cena familiar en la casa de mis papás en Lomas de Chapultepec estaba en su punto máximo. El aroma del mole poblano flotaba en el aire, mezclado con el humo del carbón de la parrillada y el perfume dulzón de las flores en el centro de la mesa. Todos reían, brindaban con tequila reposado y contaban anécdotas de la boda de mi prima la semana pasada. Pero yo, Ana, solo tenía ojos para él. Diego, mi hermanastro, el wey que había entrado en mi vida hace dos años cuando nuestros viejos se casaron. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía mojarme con solo pensarlo. Neta, era una pasión prohibida, pero ya no podía más.

Estábamos sentados uno frente al otro, nuestras rodillas rozándose por debajo de la mesa de caoba. Cada vez que su pie subía por mi pantorrilla, un escalofrío me recorría la espalda. Pinche Diego, ¿qué te traes? pensaba, mientras fingía escuchar a mi mamá platicar de su club de lectura. Él me guiñaba el ojo, disimulado, y yo sentía el calor subiendo por mi pecho, endureciendo mis pezones bajo el vestido negro ajustado que me había puesto a propósito. Sabía que le encantaba cómo se me marcaba la curva de las nalgas.

Pasión prohibida capítulo 9: esta noche, en la casa de los papás, no hay escapatoria. Lo voy a tener, cueste lo que cueste.

La cena terminó y todos se dispersaron al jardín iluminado por luces de colores. La música de mariachi versionada en cumbia retumbaba suave, invitando a bailar. Mi papá sacó el puro y se fue con sus cuates a la terraza. Mamá arrastró a mi hermanita a la cocina a ayudar con los postres. Diego y yo nos quedamos rezagados, como siempre. ¿Vamos por un trago? me dijo bajito, su voz ronca rozándome el oído como una caricia. Órale, wey, pero no chifles, respondí, mordiéndome el labio.

Nos escabullimos hacia el cuarto de huéspedes en la planta baja, el que da al jardín trasero. La puerta se cerró con un clic suave, y de pronto el mundo se redujo a nosotros dos. El aire estaba cargado del olor a jazmín del jardín y algo más primitivo: nuestro deseo. Él me acorraló contra la pared, sus manos grandes en mi cintura, apretándome con esa fuerza que me volvía loca. Su piel huele a jabón de sándalo y sudor fresco, neta adictivo, pensé mientras levantaba la cara para besarlo.

Sus labios cayeron sobre los míos como un trueno, duros al principio, luego suaves, chupando mi lengua con hambre. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido hasta la cadera, rozando el encaje de mis tangas. Eres tan mojada, Ana... pinche concha rica, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y palpitante a través del pantalón. Mi corazón latía como tambor, el pulso retumbando en mis oídos junto al lejano bullicio de la fiesta.

Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Me quité el vestido de un tirón, quedando en bra y tanga negra, mis tetas talla D saltando libres cuando desabroché el sostén. Mírame, Diego. Esto es tuyo esta noche, le dije empoderada, sintiéndome reina. Él se desvistió rápido, su pecho musculoso brillando bajo la luz tenue de la lámpara, el vello oscuro bajando hasta esa verga chingona, venosa y lista. Qué chingón se ve, todo mío.

Me tumbó en la cama, su cuerpo cubriendo el mío como una manta caliente. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, chupando mis pezones hasta que dolían de placer. ¡Ay, cabrón, qué rico! grité suave, arqueando la espalda. Sus dedos se colaron en mi tanga, abriendo mis labios húmedos, frotando el clítoris hinchado. Estaba empapada, el jugo chorreando por mis muslos. Siento cada roce como fuego, mi piel ardiendo, el aire fresco besando donde él toca. Introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Jadeaba, mis uñas clavándose en su espalda ancha.

Pero quería más. Lo volteé, montándome encima como amazona. Ahorita te voy a cabalgar, pendejo, le dije juguetona, agarrando su verga y guiándola a mi entrada. Deslicé la cabeza por mi raja, untándola de mis jugos, antes de empalarme lento. ¡Dios! La llenura era brutal, estirándome delicioso, cada vena pulsando dentro. Empecé a mover las caderas, arriba abajo, mis tetas rebotando con cada embestida. Él gruñía, manos en mi culo, azotando suave. ¡Chíngame más duro, Ana! ¡Qué panocha tan apretada! El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, chapoteos húmedos mezclados con nuestros gemidos ahogados para no alertar a la familia.

El sudor nos cubría, goteando entre mis pechos, salado en su lengua cuando se incorporó para chuparlos. Olía a sexo puro: mi aroma almizclado, su almizcle masculino, el calor pegajoso. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como ola gigante. Mi vientre se contrae, el placer subiendo por la espina, cada nervio en llamas. Él me levantó las caderas, clavándose más profundo, su verga golpeando mi cervix con precisión. ¡Me vengo, Diego! ¡No pares! Exploto en un grito mudo, mi concha ordeñándolo, espasmos sacudiéndome entera. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, chorreando fuera.

Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y temblorosa. Su corazón tronaba contra mi oreja, rápido como el mío. Besos suaves ahora, lánguidos, saboreando el afterglow. Esto es prohibido, pero qué chido se siente. No puedo dejarlo, pensé mientras trazaba círculos en su pecho. Afuera, la fiesta seguía, risas lejanas como de otro mundo.

¿Qué sigue, mi amor? murmuró él, acariciando mi cabello revuelto. Capítulo 10, wey. Pero neta, esto no para, respondí sonriendo. Nos vestimos despacio, robándonos besos robados, prometiendo más noches así. Salimos por separado, yo con las piernas flojas y el coño palpitando aún, él con esa mirada de lobo satisfecho. La pasión prohibida ardía más fuerte que nunca, y en mi mente, ya escribía el siguiente capítulo de nuestra historia secreta.

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