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Pasiones Desatadas del Elenco de Tierra de Pasiones

7195 palabras

Pasiones Desatadas del Elenco de Tierra de Pasiones

El sol de la costa caribeña caía a plomo sobre el set de Tierra de Pasiones, esa telenovela que tenía a medio México enganchado con sus dramas de amor y venganza. Tú eras parte del elenco de Tierra de Pasiones, interpretando a Rodrigo, el galán ranchero con ojos de fuego y un pasado tormentoso. Cada día, al llegar al estudio improvisado en esa playa de Quintana Roo, sentías el calor pegajoso del aire salobre mezclándose con el olor a mar y sudor fresco de los cuerpos trabajando bajo las luces.

Daniela, tu coestrella, la que daba vida a Valeria, la apasionada heredera de la hacienda, era un huracán de curvas y sonrisas picas. Alta, con piel morena que brillaba como el aceite de coco bajo el sol, y unos labios carnosos que prometían pecados. La primera vez que ensayaron la escena del beso robado, su aliento cálido te rozó la boca, oliendo a menta y deseo contenido. ¿Qué carajos me pasa con esta mujer? pensaste, mientras tu verga se endurecía bajo los pantalones ajustados del traje de época.

—Órale, Rodrigo, no te pongas tan tieso, carnal —te dijo ella entre risas, guiñándote el ojo mientras el director gritaba "¡corte!". Su mano se demoró un segundo de más en tu pecho, sintiendo los latidos acelerados. El elenco de Tierra de Pasiones era un nido de chismes: romances fugaces, celos en los camerinos, pero tú y Daniela siempre habían jugado al filo, coqueteando sin cruzar la línea. Hasta ese día.

Después de la toma, el equipo se dispersó hacia las sombrillas para hidratarse con aguas de coco heladas. Tú te quedaste rezagado, fingiendo revisar el guion, pero en realidad observando cómo el viento jugaba con el vestido ligero de ella, marcando sus caderas anchas y el vaivén de sus tetas firmes. Ella se acercó, con una cerveza fría en la mano.

—Wey, ¿qué onda? Te vi todo nervioso en la escena. ¿O es que mi beso te prendió la mecha? —preguntó con esa voz ronca, típica de chilanga que te volvía loco.

Te reíste, sintiendo el pulso en las sienes. —Neta, Dani, eres un peligro. Si no fuera por las cámaras, ya te habría comido a besos aquí mismo.

Ella se mordió el labio, el sabor salado del mar en su piel tentándote. —Pues las cámaras no están ahora, pendejo. ¿Qué esperas?

La tensión había estado creciendo semanas. En los ensayos, sus roces accidentales: su muslo contra el tuyo en el sofá del camerino, el perfume de jazmín de su cabello invadiendo tus sentidos cuando se inclinaba a leer líneas. Noches en vela imaginándola desnuda, su coño húmedo apretándote, mientras el sonido de las olas de fondo te mecía en fantasías. El elenco murmuraba, pero nadie sabía lo cerca que estaban de explotar.

La llevaste de la mano hacia una cabaña abandonada al borde del set, usada para props. El interior olía a madera vieja y salitre, con rayos de sol filtrándose por las rendijas, pintando su piel en oro. Cerraste la puerta de tabla, y el mundo exterior —gritos del equipo, risas lejanas— se apagó como un suspiro.

—Dani, neta que te deseo desde el primer día —confesaste, tu voz grave temblando. Tus manos subieron por sus brazos, sintiendo la suavidad sedosa, el calor que irradiaba de ella como un horno vivo.

Ella te empujó contra la pared, sus uñas arañando tu camisa. —Pues haz algo, Rodrigo. O mejor dicho, hazme tuya. He soñado con tu verga dura follándome toda la noche.

¡La chingada, esta mujer me va a matar de placer!

Sus bocas chocaron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a cerveza y sal, succionando, mordiendo. Tus manos bajaron a su culo redondo, amasándolo con fuerza, sintiendo cómo se arqueaba contra ti. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en tu pecho, mientras desabrochaba tu camisa, lamiendo el sudor de tu cuello, saboreando la sal de tu piel.

La tumbaste en un colchón viejo cubierto de sábanas polvorientas, pero qué importaba. Le arrancaste el vestido, revelando unas tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Los chupaste con hambre, succionando fuerte, oyendo sus jadeos entrecortados: "¡Sí, cabrón, así! ¡Muérdeme!". El olor de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, haciendo que tu pija palpitara dolorida contra los jeans.

Daniela te volteó como gata en celo, desabrochando tu cinturón con dientes. —Quiero verte toda la verga, wey —gruñó, liberándola. Gruesa, venosa, goteando precum. La miró con ojos hambrientos antes de engullirla, su boca caliente y húmeda deslizándose hasta la garganta. El sonido chupante, obsceno, te volvió loco; tus caderas se movían solas, follando su cara mientras ella gemía alrededor de tu carne, saliva escurriendo por tu saco.

No aguantaste más. La pusiste a cuatro patas, admirando su culo alzado, el coño depilado reluciendo de jugos. Rozaste la punta contra sus labios hinchados, sintiendo el calor abrasador. —Pídemelo, nena —exigiste, voz ronca.

—¡Métemela ya, pendejo! ¡Fóllame duro! —suplicó ella, empujando hacia atrás.

Embististe de un golpe, enterrándote hasta el fondo. ¡Qué estrecha, qué mojada! Sus paredes te apretaban como guante de terciopelo, succionándote. El slap-slap de carne contra carne resonaba en la cabaña, mezclado con sus gritos: "¡Más! ¡Ay, sí, carnal!". Sudor chorreaba por vuestros cuerpos, oliendo a sexo puro, a pasión desbocada. Le jalaste el pelo, arqueándola más, mientras tu otra mano pellizcaba su clítoris hinchado, sintiendo cómo temblaba.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, tetas rebotando hipnóticas. Tus manos en sus caderas, guiándola, oyendo el chapoteo de sus jugos en tu verga. Esto es el paraíso, wey, pensaste, mientras ella se corría primero, su coño convulsionando, ordeñándote, gritando tu nombre —o el de tu personaje, qué más daba— con voz quebrada.

La volteaste de nuevo, misionero feroz, piernas sobre tus hombros, penetrándola profundo. Sus ojos clavados en los tuyos, llenos de fuego. —Córrete dentro, amor. Lléname —jadeó.

El orgasmo te golpeó como ola gigante, chorros calientes inundándola, mientras ella arañaba tu espalda, prolongando el éxtasis con contracciones deliciosas.

Se derrumbaron jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El sol se ponía afuera, tiñendo la cabaña de rosas y naranjas, mientras el rumor del mar los arrullaba. Daniela trazaba círculos en tu pecho con la uña, su aliento cálido en tu oreja.

—Eso fue chingón, Rodrigo. Pero no le digas al elenco de Tierra de Pasiones, ¿eh? Nuestro secreto.

Tú sonreíste, besando su frente húmeda, oliendo el jazmín mezclado con semen y ella. —Nuestro, nena. Pero mañana en el set, esa escena del beso va a ser épica.

Se rieron bajito, sabiendo que la pasión no acababa ahí. Tierra de Pasiones no era solo ficción; entre el elenco, ardía de verdad. El deseo se había liberado, dejando un afterglow que prometía más noches robadas, más pieles en llamas. Afuera, el equipo llamaba, pero por un momento eterno, solo existían vuestros latidos sincronizados y el eco de placer en el aire salado.

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