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El Hombre de Mi Vida Mi Pasión Prohibida

7237 palabras

El Hombre de Mi Vida Mi Pasión Prohibida

Todo empezó en esa fiesta en Polanco, con las luces tenues del antro iluminando cuerpos que se movían al ritmo de la cumbia rebajada. Yo, Ana, casada desde hace cinco años con un tipo bueno pero soso, como pan sin sal. Mi vida era una rutina de oficina en Reforma, tacos al pastor de la esquina y noches solitarias mientras él roncaba a mi lado. Esa noche, él apareció como un relámpago en mi cielo nublado. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin tocarte. Se llamaba Diego, el carnal de mi esposo, el que siempre andaba de viaje por negocios en Monterrey. Prohibido total, neta. Pero mis ojos no se despegaban de su camisa ajustada, marcando el pecho que gritaba ven y tócame.

—Órale, cuñada, ¿qué onda? —me dijo acercándose, su voz grave como el tequila reposado que olía en su aliento—. Te ves chingona esta noche.

Mi piel se erizó al sentir su mano rozar mi cintura para saludar. Un toque inocente, pero mi cuerpo lo sintió como fuego. ¿Por qué carajos me pasa esto con el cuñado? pensé, mientras bailábamos pegaditos por la fuerza de la pista. Su sudor se mezclaba con el mío, ese olor macho a colonia y deseo puro. Mis pezones se pararon contra el vestido rojo que me había puesto para sentirme viva. Él era el hombre de mi vida, mi pasión prohibida, aunque ni yo misma lo admitiera aún.

¿Qué estoy haciendo? Es el hermano de mi marido, pendeja. Pero su mirada me quema, me dice que quiere comerme entera.

La fiesta terminó tarde, y en el Uber de regreso, él insistió en acompañarnos. Mi esposo, ya pedo, se durmió de inmediato en el asiento trasero. Diego y yo, adelante, con sus dedos rozando mi muslo "por accidente". El roce era eléctrico, mi concha palpitaba como tambor de banda. Llegamos al depa en Lomas, y mientras ayudaba a mi viejo a la cama, Diego me esperó en la sala, sirviéndose un trago de mi mezcal favorito.

—Ana, neta que te extraño en las carnitas de los domingos —dijo, sus ojos clavados en mis labios—. ¿Sabes? Siempre he pensado que eres la chava más rica del pedo.

Me acerqué, hipnotizada por su aroma. Nuestros cuerpos se pegaron en un abrazo que duró demasiado. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa y lista. ¡Ay, wey, esto está mal pero se siente tan chido! Mi mano bajó sola, apretando esa paquete que prometía placeres olvidados.

Acto uno cerrado, pero la tensión solo empezaba. Los días siguientes fueron un martirio dulce. Mensajes codificados: "Cuñada, ¿traes antojo de mole?" Significaba ven y fóllame. Yo respondía con fotos sutiles de mis tetas bajo la blusa, mordiéndome el labio en el espejo del baño de la oficina. Él mandaba audios con su voz ronca: "Pienso en ti chingándome toda la noche". Mi rutina se volvió un infierno de deseo. En la cama con mi esposo, cerraba los ojos e imaginaba a Diego lamiéndome la panocha, su lengua juguetona saboreando mis jugos dulces como tamarindo.

Una tarde de lluvia en la Ciudad, mi marido se fue a un congreso en Guadalajara. Diego "casualmente" apareció en mi puerta, empapado, con una botella de Don Julio y esa mirada de lobo hambriento.

—No aguanto más, Ana. Eres mi pasión prohibida, la que me hace pajearme pensando en tus curvas.

Lo jalé adentro, cerrando la puerta con llave. Nuestros labios chocaron como tormenta. Su boca sabía a menta y tequila, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Manos por todos lados: las suyas amasando mis nalgas firmes, las mías desabotonando su playera para lamer su pecho salado. Olía a lluvia y hombre puro, ese musc que te hace arrodillarte.

Lo empujé al sofá de la sala, donde tantas veces vi tele aburrida. Me quité el vestido de un tirón, quedando en calzones de encaje negro y bra sin nada. Sus ojos se devoraron mis tetas grandes, pezones duros como piedras de obsidiana.

Chíngame, Diego. Hazme tuya —le rogué, voz entrecortada.

Se arrodilló, bajando mis calzones lento, oliendo mi aroma de excitación. Qué rico huele mi concha cuando estoy cachonda, pensé mientras su nariz rozaba mis labios hinchados. Su lengua entró como rayo, lamiendo mi clítoris con vueltas expertas. Gemí fuerte, agarrando su pelo negro. El sonido de mi humedad chupada por su boca era obsceno, jugos corriendo por sus labios. Sentí el primer orgasmo venir como ola en Acapulco, mi cuerpo temblando, piernas flojas.

Pero no paró. Me levantó como pluma, llevándome a la recámara. Ahí, en la cama de mi matrimonio, me abrió de piernas. Su verga saltó libre, venosa y cabezona, goteando pre-semen. La probé de inmediato, mamándola profunda, saboreando su sal marina. ¡Qué verga más rica, wey! Gruesa pa' romperme. Él gruñía, empujando mis tetas contra su pelvis.

—Eres una puta deliciosa, cuñada. Mi hombre de mi vida no te merece.

Me volteó boca abajo, metiéndomela de un jalón. ¡Ay, cabrón! Llenó mi panocha hasta el fondo, estirándome delicioso. El slap-slap de sus bolas contra mi culo resonaba, mezclado con mis gritos: "¡Más duro, pendejo! ¡Chíngame como perra!". Sudor nos cubría, pieles resbalosas chocando. Olía a sexo crudo, a deseo acumulado. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en charrería, mis caderas girando, clítoris frotando su pubis. Él pellizcaba mis pezones, mandándome al segundo clímax. Grité su nombre, contrayendo alrededor de su verga.

La intensidad subió. Me puso contra la pared, piernas enredadas en su cintura, embistiéndome salvaje. Sentía cada vena pulsando dentro, mi G-spot explotando. "¡Me vengo, Diego! ¡Lléname!" Él rugió, descargando chorros calientes en mi interior, semen espeso mezclándose con mis jugos, chorreando por mis muslos.

Caímos exhaustos en la cama, respiraciones agitadas, cuerpos pegajosos. Su mano acariciaba mi vientre, besos suaves en el cuello. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada.

Esto es prohibido, pero él es el hombre de mi vida. ¿Qué sigue? No sé, pero por primera vez me siento viva, empoderada, dueña de mi placer.

Los días después fueron de besos robados en el coche, folladas rápidas en moteles de la Roma. Sabíamos el riesgo: mi esposo sospechaba algo, pero el lazo con Diego era más fuerte. No era solo sexo; era conexión, risas compartidas con tacos de suadero en la calle, confidencias bajo las estrellas de Chapultepec. Mi pasión prohibida me transformó: dejé el trabajo soso, empecé un negocio de ropa erótica inspirado en mis fantasías con él.

Una noche, en la playa de Puerto Vallarta, bajo la luna llena, lo miré y supe. —Diego, eres todo para mí. No importa el pedo familiar, lo enfrentaremos juntos.

Me tomó ahí, en la arena tibia, olas lamiendo nuestros pies. Su verga entró suave esta vez, amorosa, mientras el Pacífico susurraba aprobación. Gemidos mezclados con el mar, orgasmos eternos. Al amanecer, abrazados, olía a sal y felicidad.

Ahora vivo sin culpas. Mi pasión prohibida se volvió mi realidad. Y qué chido se siente ser dueña de mi deseo.

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