Abismo de Pasión Capítulo 156
Ana sentía el pulso acelerado mientras el taxi la dejaba frente a la villa en las afueras de Puerto Vallarta. El sol del atardecer teñía el cielo de naranjas y rosas, y el aroma salino del mar se mezclaba con el dulce perfume de las bugambilias que trepaban por las paredes blancas. Hacía años que no veía a Javier, su amor de juventud, el hombre que la había marcado como un tatuaje indeleble en la piel del alma. ¿Y si ya no soy la misma para él?, pensó, mientras bajaba del auto con el corazón latiéndole en la garganta.
Javier salió a recibirla, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba. Vestía una camisa guayabera blanca entreabierta, dejando ver el vello oscuro de su pecho bronceado. "¡Mamacita! ¡Qué chula traes!", exclamó, abriendo los brazos. Ana se lanzó a ellos, inhalando su olor a colonia fresca y mar, ese aroma que la transportaba directo a sus noches locas de adolescentes en la playa.
"Javi, wey, no mames, sigues igual de guapo", murmuró ella, riendo nerviosa mientras se separaban. Sus ojos se encontraron, y ahí estaba: el abismo de pasión que nunca se había cerrado. Javier la tomó de la mano y la guio adentro, donde el aire acondicionado era un alivio contra la humedad pegajosa del trópico. La villa era un paraíso: piscina infinita con vista al Pacífico, muebles de mimbre y cojines mullidos, velas aromáticas listas para encenderse.
Se sentaron en la terraza con unas chelas frías, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos como un ritmo hipnótico. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de la Ciudad de México, de sus trabajos —ella en diseño gráfico, él en exportaciones de tequila—, pero el aire entre ellos vibraba con lo no dicho. Ana sentía el roce accidental de sus rodillas, el calor de su mirada recorriéndole las curvas bajo el vestido ligero de algodón.
¡Neta, este wey me pone como moto! ¿Por qué carajos lo dejé ir?
"¿Recuerdas aquella vez en la playa de Yelapa?", preguntó Javier, su voz grave como un ronroneo. Ana asintió, mordiéndose el labio. Cómo olvidar: él lamiéndole el cuello salado, sus manos explorando bajo la luna llena. La tensión crecía, un nudo en el estómago que pedía ser desatado.
La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas. Javier encendió las velas, y el aroma a vainilla y jazmín llenó el aire. Puso música ranchera suave, de esas que te hacen sentir el alma mexicana hasta los huesos. "Ven, baila conmigo", dijo, extendiendo la mano. Ana se dejó llevar, sus cuerpos pegándose en un vaivén lento. Sentía su erección presionando contra su vientre, dura y prometedora. ¡Ay, Diosito! El deseo era un fuego que lamía su piel desde adentro.
Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a cerveza y sal. Javier la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al sofá amplio. La recostó con gentileza, sus manos desatando el lazo del vestido. La tela cayó, revelando sus pechos llenos, los pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. "Estás más rica que nunca, mi reina", gruñó él, besando su clavícula, bajando por el valle entre sus senos.
Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito. El roce de su barba incipiente era eléctrico en su piel sensible. Sus dedos se enredaron en el cabello de él, guiándolo más abajo. Javier obedeció, lamiendo su ombligo, mordisqueando la carne suave de su vientre. El olor de su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, invitándolo. "Te quiero probar, nena", susurró, separando sus muslos con devoción.
La lengua de Javier era un instrumento de tortura exquisita: círculos lentos alrededor de su clítoris, succiones que la hacían jadear. Ana sentía las olas de placer rompiendo en su centro, el sonido húmedo de su boca mezclándose con sus gemidos. ¡Qué chingón es este carnal! Sus caderas se movían solas, buscando más, mientras él introducía un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía tan rico.
"Javi... no pares... ¡me vengo!", gritó ella, el orgasmo explotando como fuegos artificiales. Su cuerpo tembló, jugos calientes empapando la boca de él. Javier sonrió, lamiéndose los labios. "Esto es solo el principio, mi amor. Este abismo de pasión capítulo 156 apenas empieza".
Ana lo jaló hacia arriba, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomó en la mano, sintiendo el calor satinado, el pulso acelerado bajo su palma. "Te necesito dentro, wey", rogó, guiándolo a su entrada húmeda. Javier empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. Ambos gimieron al unísono, el estiramiento perfecto, el roce de sus pubes erizado de placer.
Se movieron en sincronía, un ritmo ancestral como las olas del mar. Javier embestía profundo, sus bolas golpeando su culo con un plaf rítmico. Ana clavaba las uñas en su espalda, oliendo el sudor masculino que perlaba su piel. "¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo!", exigía ella, empoderada en su lujuria. Él aceleró, sus gruñidos roncos llenando la noche, mientras ella contraía sus paredes internas, ordeñándolo.
Siento cada vena, cada latido... es mío, todo mío este pinche dios del sexo.
Cambiaron de posición: Ana encima, cabalgándolo como una amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, Javier amasándolas, pellizcando los pezones hasta hacerla gritar. El sonido de carne contra carne era obsceno, delicioso, acompañado por el chapoteo de sus fluidos. Sudor goteaba de sus frentes, mezclándose en besos salados. El clímax se acercaba, una marea imparable.
"¡Me vengo otra vez!", chilló Ana, su coño convulsionando alrededor de él. Javier la siguió segundos después, rugiendo como un león, inundándola con chorros calientes que la llenaron hasta rebosar. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. El aire olía a sexo crudo, a pasión consumada.
En el afterglow, Javier la acunó, besando su frente húmeda. "Esto es nuestro abismo, Ana. Capítulo 156 y contando", murmuró, trazando círculos perezosos en su espalda. Ella sonrió, saciada, el corazón lleno. Al fin, wey, al fin volvimos al paraíso. Afuera, el mar susurraba promesas de más noches así, en este rincón del mundo donde el deseo no conocía fin.
Se quedaron así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, almas reconectadas. Ana sabía que no había vuelta atrás: habían caído de nuevo en el abismo, y qué chido se sentía volar juntos.