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La Pasión de Cristo Repelisplus Carnal

7150 palabras

La Pasión de Cristo Repelisplus Carnal

Era Semana Santa en la Ciudad de México y el calor de abril te tenía sudando en tu depa chido de Polanco. Tú, un wey de veintiocho años que labora en una agencia de publicidad, y tu morra, Karla, una morrita de veintiséis con curvas que volvían loco a cualquiera, decidieron quedarse solos. Nada de familia, nada de procesiones. Solo Netflix no jalaba bien, así que Karla sacó su cel y dijo:

Órale, wey, vamos a ver una peli en Repelisplus, neta que ahí tienen todo.

Tú asentiste, recargado en el sofá de piel negra, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Karla se acurrucó a tu lado, su piel morena oliendo a vainilla de su crema corporal, el shortcito ajustado marcando su nalguita redonda. Buscaste en la app pirata y te topaste con la pasión de cristo repelisplus. El título te llamó la atención, con esa vibe intensa de sufrimiento y éxtasis.

¿La Pasión de Cristo? Suena heavy, carnal. Pero pasión es pasión, ¿no?
pensaste, mientras dabas play. La pantalla del tele grande se iluminó con las escenas áridas del desierto, el sol quemando la piel de Jesús, los latigazos resonando como truenos secos.

Karla se pegó más a ti, su muslo rozando el tuyo, cálido y suave. Sentiste el primer cosquilleo en el estómago, esa tensión que empieza como un susurro. El sudor de los actores en la peli te hacía imaginar el tuyo propio, goteando por la espalda.

La película avanzaba, los clavos hundiéndose, los gemidos de dolor mezclándose con el score dramático. Karla respiraba más rápido, su mano descansando en tu rodilla, los dedos trazando círculos perezosos. Tú volteaste a verla: ojos brillantes, labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando bajo su blusita holgada.

No mames, esta peli nos está prendiendo, murmuraste, y ella soltó una risita ronca, mexicana pura.

El primer acto de deseo se encendió ahí, en el sofá. Tus labios encontraron los de ella, suaves como mango maduro, con sabor a chicle de fresa. La besaste lento, saboreando el calor de su boca, la lengua danzando con la tuya en un ritmo que imitaba el latido de la peli. Sus manos subieron por tu playera, uñas raspando tu pecho, enviando chispas por tu espina.

Apagaste el tele sin pensarlo, pero el eco de los azotes seguía en tu cabeza, transformándose en algo carnal, prohibido pero chingón. Karla se subió a horcajadas sobre ti, sus caderas moliendo contra tu entrepierna ya dura como piedra. Olía a ella, a esa esencia dulce y salada de excitación que te volvía loco.

Acto dos: la escalada. La cargaste en brazos hasta la recámara, sus piernas envolviéndote la cintura, gimiendo bajito contra tu cuello. El cuarto estaba oscuro, solo la luz de la luna colándose por las cortinas, iluminando su silueta. La tiraste suave en la cama king size, las sábanas frescas contrastando con su piel ardiente.

Te quitaste la ropa rápido, verga parada palpitando al aire fresco. Karla se desvistió despacio, provocadora, dejando caer la blusa y revelando sus chichis firmes, pezones oscuros endurecidos como chocolate.

¡Neta, wey, mírate! Estás pa’ comerte entero
, dijo con voz husky, lamiéndose los labios.

Te echaste sobre ella, piel contra piel, el roce eléctrico haciendo que se te erizara el vello. Besaste su cuello, saboreando el sudor salado, bajando por el valle de sus senos. Chupaste un pezón, duro y sensible, mientras ella arqueaba la espalda, un ayyy cabrón escapando de su garganta. Tus manos exploraban, amasando sus nalgas carnosas, dedos hundiéndose en la carne suave.

Ella no se quedaba atrás. Su mano bajó, envolviendo tu verga con dedos calientes, masturbándote lento, el prepucio subiendo y bajando con un sonido húmedo que te hacía jadear. Te quiero adentro, ya, susurró, y tú obedeciste, gateando entre sus piernas abiertas.

La concha de Karla estaba empapada, labios hinchados brillando con jugos, olor almizclado invadiendo tus sentidos. Lamiste despacio, lengua plana recorriendo el clítoris, saboreando su dulzor ácido como tamarindo. Ella se retorcía, manos en tu pelo, empujándote más profundo. ¡Más, pendejo, no pares! gritó, caderas levantándose en oleadas.

La tensión crecía, como la peli que habían dejado atrás. Cada lamida era un latigazo de placer, cada gemido un eco de pasión redentora. Tú sentías tu propia sangre hirviendo, el pulso retumbando en las sienes, el deseo acumulándose como una tormenta en el DF.

La volteaste boca abajo, nalgas en pompa, y entraste de una. Su concha te succionó, apretada y caliente, paredes pulsando alrededor de tu verga. Embestidas lentas al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose, el slap de carne contra carne resonando en la habitación. Sudor goteaba de tu frente al lomo de ella, mezclándose con el suyo.

Esto es la neta pasión, carnal. No hay cruz que iguale este fuego
, pensaste, mientras acelerabas, bolas golpeando su clítoris. Karla volteaba la cara, ojos vidriosos, boca abierta en éxtasis perpetuo. ¡Dame duro, wey! ¡Sí, así!

Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándote como jinete en rodeo. Sus chichis rebotando, pelo negro azotando el aire, uñas clavándose en tu pecho. El olor a sexo llenaba todo, espeso y embriagador, mezclado con el perfume de ella. Tus manos en sus caderas guiaban el ritmo, profundo y feroz.

La intensidad subía, gemidos convirtiéndose en gritos, el colchón crujiendo bajo el peso de la lujuria. Sentías el orgasmo acercándose, una ola imparable, pero aguantabas, queriendo que ella llegara primero.

Y llegó. Karla se tensó, concha contrayéndose en espasmos, un aullido gutural saliendo de su pecho. ¡Me vengo, cabrón! ¡Ay Dios! Su jugo chorreando por tus bolas, caliente y abundante.

Eso te rompió. Empujaste una última vez, profundo, y explotaste dentro de ella, semen caliente llenándola en chorros pulsantes. El placer te cegó, mundo reduciéndose a esa unión, pulsos latiendo al unísono.

Acto tres: el afterglow. Se derrumbaron juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Karla se acurrucó en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel, el corazón de ella martilleando contra el tuyo. El silencio era roto solo por respiraciones calmándose, el zumbido lejano del tráfico en Reforma.

¿Ves? La pasión de cristo repelisplus nos inspiró, wey, dijo ella riendo bajito, besando tu hombro. Tú sonreíste, oliendo su pelo, sintiendo la paz post-sexo como una bendición.

En ese momento, la peli ya no importaba. Habían creado su propia pasión, carnal y redentora, en la intimidad de su mundo. Mañana sería otro día, pero esta noche, el fuego ardía eterno, recordándoles que el verdadero éxtasis nace del deseo mutuo, del toque consensuado que libera el alma.

Y así, envueltos en sábanas revueltas, durmieron, soñando con más noches como esa.

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