Nike Pasión
Entré al gym de Polanco con el sol de la tarde pegándome en la cara, ese calor culero de la Ciudad de México que te hace sudar antes de empezar. Llevaba mis Nike favoritas, unas Air Max negras con detalles rojos que me hacían sentir como una chingona total. Cada paso en la cinta las hacía crujir levemente contra el piso, un sonido que me ponía de buenas. Nike pasión, pensaba yo siempre, porque desde morra me volvían loca esas zapatillas, su olor a goma nueva, la forma en que abrazaban mis pies como un amante posesivo.
Allá, en la zona de pesas, lo vi. Marco, o al menos así se presentó después. Wey alto, moreno, con músculos que no eran de esteroides sino de puro esfuerzo, y unas Nike React imposibles de ignorar: blancas con toques azul eléctrico, relucientes bajo las luces fluorescentes. Sudaba ya, la camiseta pegada al pecho mostrando cada vena, y el aroma de su esfuerzo llegaba hasta mí mezclado con el desinfectante del gym. Mi corazón dio un brinco. Órale, neta que esas Nike me prendieron la mecha.
Me acerqué fingiendo ajustar una máquina cercana. Él levantó la vista, sonrisa pícara, ojos cafés que me escanearon de arriba abajo. “¿Qué onda, reina? ¿Vienes a romperla hoy?”, dijo con ese acento chilango que me derrite. Le contesté con una guiñada: “Síp, wey, pero tus Nike me robaron el show. ¿De dónde las sacaste? Parecen hechas para pecar.” Reímos, y así empezó todo. Hablamos de rutinas, de cómo las Nike eran lo máximo para volar en la pista, pero yo sentía ya esa chispa, ese nike pasión que me subía por las piernas.
¿Por qué carajos me calientan tanto unas simples tenis? Es el contraste, la suciedad del sudor contra lo impecable del diseño, como si prometieran velocidad y después rendición total.
Acto seguido, nos pusimos a entrenar juntos. Él me corregía la postura en las sentadillas, sus manos firmes en mis caderas, el roce de sus dedos enviando corrientes hasta mi entrepierna. Olía a hombre puro: salado, masculino, con un toque de su colonia que se mezclaba con el caucho caliente de las suyas. Yo empujaba las pesas, sintiendo mis pezones endurecerse bajo el bra deportivo, y cada vez que bajaba, mis Nike rozaban las de él, un chispazo eléctrico. “Estás on fire, Ana”, murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a chicle de menta. Mi piel erizó, el gym se volvió un horno privado.
Terminamos exhaustos, jadeando como perros en celo. “¿Tortilla o algo después?”, propuso, pero yo negué con la cabeza, mordiéndome el labio. “Mejor tu casa, wey. Quiero ver cómo se ven esas Nike en acción.” Se le iluminaron los ojos, esa mirada de depredador juguetón. Salimos al coche, el tráfico infernal de Reforma de fondo, pero adentro del auto el aire estaba cargado. Su mano en mi muslo, subiendo lento, mis dedos trazando las líneas de sus Nike en el piso del copiloto. El olor a cuero del asiento y sudor fresco me mareaba de deseo.
Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar chido con ventanales que daban a los árboles. No perdimos tiempo. Me jaló contra la pared apenas cerramos la puerta, sus labios devorando los míos con hambre. Sabían a sal y victoria post-entreno, lengua explorando mi boca como si fuera un territorio nuevo. Gemí bajito, “Puta madre, Marco, tus Nike... no te las quites.” Él rio ronco, “¿Fetichista, eh? Me late.” Sus manos bajaron mi legging, exponiendo mis nalgas al aire fresco, mientras yo palpaba la dureza de su verga presionando contra mí a través del short.
Caímos al sofá, piel contra piel resbalosa de sudor. Lamí su cuello, probando la sal de su piel, bajando hasta los pezones duros que mordisqueé suave. Él gruñó, “Neta, Ana, me traes loco.” Sus Nike aún puestas rozaban mis pantorrillas desnudas, la tela áspera contra mi suavidad, un contraste que me hacía mojarme más. Le bajé el short, liberando su polla tiesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, el pulso acelerado como el mío. “Chúpamela, reina”, suplicó, y yo obedecí, labios envolviéndola despacio, lengua girando en la punta salada de precum. Él jadeaba, dedos enredados en mi pelo, “¡Ay, wey, qué chingón!” El sonido de su placer, gutural y crudo, me encendía.
En mi cabeza: Esto es la nike pasión pura, velocidad hacia el clímax, sin frenos, solo instinto y carne.
Me levantó como si nada, piernas alrededor de su cintura, y me llevó a la cama. El colchón nos recibió blando, sábanas frescas oliendo a suavizante. Se quitó la camiseta, revelando abdomen marcado, y yo tracé cada músculo con uñas, dejando surcos rojos. “Fóllame ya, pendejo”, le exigí juguetona, y él sonrió, “Órale, mi nike reina.” Se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi clítoris hinchado, lubricado por mis jugos. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité de placer, uñas clavadas en su espalda, sintiendo cada vena pulsar dentro.
Empezamos un ritmo brutal, caderas chocando con palmadas húmedas, sudor goteando de su frente a mis tetas. Sus Nike, aún en los pies, presionaban mis muslos, la suela marcada contra mi piel sensible, añadiendo un toque masoquista que me volvía loca. “Más duro, cabrón”, gemía yo, y él obedecía, embistiéndome profundo, bolas golpeando mi culo. El cuarto se llenaba de nuestros olores: almizcle de coño mojado, esperma próximo, goma caliente. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras mi clítoris rozaba su pubis púbico.
La tensión crecía como una tormenta, mi vientre contrayéndose, piernas temblando alrededor de él. “Me vengo, Ana, ¡joder!”, rugió, y eso me empujó al borde. Explosé primero, un orgasmo que me arqueó la espalda, chorros calientes salpicando su abdomen, grito ahogado en su hombro. Él siguió dos estocadas más, hinchándose dentro, y eyaculó fuerte, semen caliente llenándome, goteando fuera mientras colapsaba sobre mí. Pulsos compartidos, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas unidas.
Nos quedamos así un rato, su peso reconfortante, Nike colgando del borde de la cama como trofeos de guerra. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. “Neta que fue épico, wey”, susurré, acariciando su mejilla barbuda. Él besó mi frente, “Tú y tus nike pasión, me conquistaste.” Reímos bajito, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Afuera, la ciudad bullía indiferente, pero adentro, en ese nido de sábanas revueltas, habíamos encontrado nuestro ritmo perfecto.
Más tarde, pedimos unos tacos de suadero por app, comiendo desnudos en el piso, pies entrelazados –sus Nike quitadas al fin, pero el recuerdo intacto. Hablamos de todo: de carreras futuras, de cómo las Nike nos unieron. No era solo sexo; era conexión, esa chispa que prende y no se apaga fácil. Me fui al amanecer, con su número en el celu y una promesa de más entrenos. Caminando a mi coche, mis Nike crujiendo de nuevo, sentí el eco de su pasión en cada paso. Nike pasión, sí, pero ahora con nombre propio: Marco.