Diario de una Pasion un Año
1 de enero. Este año será diferente, me dije mientras abría una libreta nueva, oliendo a papel fresco y promesas. Me llamo Ana, tengo 28 años y vivo en la Condesa, ese barrio chido de la Ciudad de México donde las cafeterías huelen a café de Chiapas y las calles vibran con risas de jóvenes como yo. Llevo meses sintiendo un vacío, un calor que no se apaga con el trabajo en la revista ni con las salidas con las morras. Hoy vi a Diego por primera vez de cerca. Es el vecino del 5B, alto, con ojos cafés que brillan como el tequila bajo el sol y una sonrisa que me hace apretar las piernas. Lo crucé en el elevador, su colonia invadió el aire, un aroma amaderado y picante que me erizó la piel. "Buenas tardes, vecina", dijo con voz grave, y yo solo atiné a un "qué onda" tartamudo. Neta, mi corazón latió como tamborazo zacatecano. ¿Será él el que encienda este diario de una pasion un año?
¡Ay, wey! ¿Por qué me pongo así? Su mano rozó la mía al salir del elevador, un toque eléctrico que subió por mi brazo hasta el pecho. Quiero más.
15 de febrero. San Valentín y yo sola en mi depa, pero no por mucho. Diego me invitó a un antro en Polanco, "para celebrar el amor con chelas", dijo por WhatsApp. Llegué con mi vestido negro ajustado, el que marca mis curvas como Dios manda. Él estaba guapísimo, camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, olor a jabón y deseo fresco. Bailamos reggaetón, sus caderas pegadas a las mías, sintiendo su dureza contra mi nalga. "Eres una tentación, Ana", murmuró en mi oído, su aliento caliente rozando mi cuello. Me mordí el labio, el sabor salado de mi gloss mezclándose con el sudor. Lo besé esa noche en su puerta, lenguas enredadas, manos explorando. Sus dedos en mi cintura, apretando posesivo pero suave. No pasamos de ahí, pero mi panocha palpitaba toda la noche, húmeda como nunca.
El calor de su boca, el roce de su barba incipiente... neta, Diego, ¿qué me estás haciendo? Este diario ya huele a él.
10 de abril. Pascua y lluvia en la ciudad, pero en mi cama arde el sol. Después de semanas de besos robados en pasillos y mensajes calientes –"pienso en tus tetas, nena"–, por fin cedimos. Lo invité a cenar pozole en mi cocina, el vapor subiendo con olor a hominy y chile, nuestras risas mezcladas con miradas hambrientas. Terminamos en el sillón, él quitándome la blusa con dientes, lamiendo mi piel desde el ombligo hasta los pezones. "Qué rica estás, mamacita", gruñó, y yo gemí cuando su lengua rodeó mi pezón endurecido, el placer como chispas en la sangre. Mis uñas en su espalda, arañando suave, sintiendo músculos tensos bajo la camisa. Bajó su mano a mi entrepierna, dedos hábiles frotando mi clítoris hinchado a través del panty empapado. "Estás chorreando por mí", dijo, y yo solo pude jadear "sí, pendejo, fóllame ya".
Pero esperó, torturándome con besos en los muslos, su nariz inhalando mi aroma almizclado. Cuando por fin me penetró con los dedos, curvándolos adentro, vi estrellas. El sonido de mi humedad, chapoteos obscenos, y sus jadeos roncos. Vine dos veces, temblando, su nombre en mis labios como oración.
Diego es un dios en la cama. Su verga la sentí presionando contra mi pierna, gruesa y caliente. Pronto será mía.
20 de junio. Verano bochornoso, el ventilador zumbando como mis nervios. Hemos follado tres veces ya, cada una más intensa. Hoy en su taller –es diseñador gráfico, carnal–, entre lienzos y computadoras, me puso contra la mesa. Olía a pintura acrílica y a nosotros, sudor mezclándose con feromonas. "Quítate todo, Ana", ordenó con voz juguetona, y obedecí, mis tetas rebotando libres, pezones duros por el aire fresco. Él se desnudó, su verga erguida, venosa, goteando precum que lamí con gusto salado. "Chúpamela, ricura", suplicó, y lo hice, garganta profunda, sus gemidos como música ranchera erótica. El sabor suyo, terroso y adictivo, me volvió loca.
Me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura, y me clavó de un empujón. ¡Órale! Llenándome hasta el fondo, su pubis chocando mi clítoris con cada estocada. El escritorio crujía, papeles volando, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. "Más fuerte, wey, rómpeme", le rogué, y él obedeció, mordiendo mi hombro mientras yo arañaba su culo firme. El orgasmo nos pegó juntos, mi concha ordeñándolo, chorros calientes inundándome. Caímos exhaustos, su semen goteando de mí, olor a sexo puro en el aire.
Este diario de una pasion un año ya no cabe de tanto fuego. ¿Cuánto más aguantaremos?
5 de septiembre. Independencia, grito de Dolores en mi vientre. Después de un pleito tonto –celos por una morra en su trabajo–, hicimos las paces a lo bestia. En el balcón al atardecer, luces de la ciudad parpadeando, él de rodillas lamiéndome la panocha como helado derretido. Su lengua danzando en mi botón, chupando labios hinchados, dedos en mi culo juguetones. "Perdóname, amor, déjame hacerte mía otra vez", murmuró contra mi carne palpitante. El viento fresco en mi piel desnuda, el riesgo de vecinos espiando, todo avivó el fuego. Vine gritando, jugos en su barbilla reluciente.
Lo monté después en la cama, cowgirl puro, sus manos amasando mis nalgas. Rebotaba en su verga, sintiendo cada vena rozando mis paredes, pechos bamboleando ante su cara extasiada. "¡Qué chingona eres, Ana! Córrete en mi pinga", jadeó, pellizcando mis pezones. El clímax fue tsunami, contracciones ordeñándolo, su leche caliente salpicando mi interior mientras rugía mi nombre. Sudor enfriándose en nuestra piel, besos lentos, lenguas perezosas.
Neta, Diego no es solo sexo. Me entiende, me hace reír, me cuida. Este año es nuestro.
31 de diciembre. Nochevieja, cohetes estallando como mis nervios. Un año de esta pasión desbordante, de cuerpos enredados en sábanas revueltas, de desayunos con marcas de mordidas y promesas susurradas. Hoy, en mi cama king size, luces de bengalas tiñendo la habitación de rojo y oro, nos dimos todo. Preliminares eternos: 69 glorioso, yo chupando su verga dura como fierro, él devorando mi concha empapada, dedos en todas partes. Olor a velas de vainilla y nuestro sexo crudo. "Te amo, Ana, este diario de una pasion un año es solo el principio", dijo penetrándome lento, ojos en los míos.
Misionero profundo primero, sus embestidas pausadas rozando mi G, gemidos sincronizados como banda sinaloense. Luego perrito, él jalando mi pelo suave, palmadas en el culo que ardían delicioso, "¡Toma, nena, todo para ti!". El slap-slap de carne, mi clítoris frotando sábanas, el sabor de su beso cuando volteé. Cambiamos a cucharita, su mano en mi botón masturbándome mientras me follaba de lado, susurros "córrete conmigo, mi reina". El orgasmo fue apocalipsis: yo convulsionando, gritando "¡Sí, Diego, lléname!", él explotando dentro, semen caliente rebosando, pulsos interminables.
Quedamos jadeantes, abrazados, piel pegajosa enfriándose, el sabor de lágrimas felices en mis labios. Fuera, el 2024 empieza con fuegos artificiales, pero nuestro clímax fue el verdadero estallido. Este año de pasión nos cambió, nos unió en carne y alma. Mañana escribo el siguiente capítulo.
Fin de año, principio de nosotros. Qué chido fue este viaje.