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Abismo de Pasion Cap 8

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Abismo de Pasion Cap 8

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo el arena de un dorado que parecía lamer la piel. Yo, Ana, caminaba descalza sintiendo la arena tibia colarse entre mis dedos, el salitre del mar pegándose a mi piel morena. Hacía una semana que no veía a Javier, mi carnal, mi todo. Ese pendejo me había dejado con las ganas en nuestra última noche, prometiendo volver para hundirnos juntos en este abismo de pasion cap 8 que ya todos en el blog esperaban. Neta, cada vez que pensaba en él, mi cuerpo se encendía como fogata en noche de Día de Muertos.

Lo vi de lejos, recargado en una palmera, con su camisa guayabera abierta dejando ver ese pecho chulo y tatuado. Sus ojos cafés me devoraban mientras me acercaba, el viento trayendo su olor a loción de coco y hombre. "Órale, ricura", murmuró cuando estuve cerca, su voz ronca como el rugido del mar. Me jaló por la cintura, sus manos grandes y callosas apretándome las nalgas por encima del pareo. Sentí su verga ya dura contra mi vientre, y un escalofrío me recorrió la espina.

"No seas pendejo, Javier, aquí en la playa todos nos ven", le dije riendo, pero mi voz salió entrecortada. Él solo sonrió, esa sonrisa de diablo que me deshacía. "Que miren, mi reina, que sepan lo que es un abismo de pasión". Sus labios rozaron mi cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera.

Nos fuimos caminando hacia el hotel boutique en la zona hotelera, el sol poniéndose tiñendo el cielo de rojos y naranjas. En el lobby, con su piso de mármol fresco y el aroma a jazmín flotando, nos registramos rápido. El elevador fue nuestra primera batalla: Javier me acorraló contra la pared, sus manos subiendo por mis muslos, rozando el encaje de mi tanga. "Te extrañé tanto, Ana, tu piel, tu sabor", gruñó mientras mordisqueaba mi oreja. Yo gemí bajito, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. El ding del elevador nos sacó del trance, pero la tensión ya era un nudo en mi estómago.

¿Por qué este cabrón siempre sabe cómo voltearme como tortilla? Cada toque es fuego, cada mirada un imán. Este abismo de pasión cap 8 va a ser el que nos trague del todo.

La suite era un paraíso: balcón con vista al Pacífico, cama king size con sábanas de hilo egipcio, velas ya encendidas oliendo a vainilla y canela mexicana. Javier cerró la puerta y me volteó contra ella, besándome con hambre. Sus labios gruesos devoraban los míos, su lengua explorando mi boca como si fuera un tesoro azteca. Saboreé el tequila en él, salado y dulce. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo la dureza palpitante. "Quítatelo todo, mi amor", ordené, y él obedeció, quedando en boxers que apenas contenían su pollón erecto.

Me desaté el pareo, quedando en bikini rojo que resbaló al suelo. Él jadeó, sus ojos recorriendo mis curvas: pechos firmes con pezones duros como piedras de obsidiana, caderas anchas listas para él. Me cargó como pluma hasta la cama, tirándome con gentileza salvaje. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. El roce de su barba incipiente en mi piel suave era eléctrico, enviando chispas a mi clítoris hinchado.

"Dime qué quieres, Ana", susurró, su aliento caliente sobre mi concha. "Tu lengua, pendejo, hazme volar", respondí arqueándome. Su boca se hundió ahí, lamiendo con maestría. Sentí su lengua plana recorriendo mis labios mayores, chupando el néctar que ya brotaba. El sabor de mí en su boca, el sonido húmedo de sus succiones, el olor almizclado de mi arousal mezclado con el mar... todo era un torbellino. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su cara. "¡Qué rico, Javier, no pares!"

Él introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar masajeaba mi clítoris. Mi cuerpo temblaba, el sudor perlando mi piel, el corazón retumbando en mis oídos. Esto es el abismo, cayendo sin fondo, pura pasión que quema. Intenté contenerme, pero las olas de placer me barrieron. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió en dos, mi concha contrayéndose alrededor de sus dedos, jugos empapando las sábanas.

Javier subió, besándome para que probara mi esencia en sus labios. "Aún no acabamos, mi reina". Se quitó los boxers, liberando su verga venosa, gruesa y lista. La rocé con mi mano, sintiendo el calor, las venas pulsantes bajo la piel aterciopelada. La masturbé lento, viendo cómo su rostro se contraía de placer. "Métemela ya, carnal", supliqué.

Se posicionó, frotando la cabeza contra mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El ardor inicial dio paso a plenitud total. Sus embestidas empezaron suaves, profundas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación como ritmo de cumbia sensual. Sudor goteaba de su frente al valle de mis pechos, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Aceleró, sus manos agarrando mis caderas, clavándome más hondo. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, mis uñas arañando su espalda. "Más fuerte, Javier, rómpeme". Él gruñó, poseyéndome con furia amorosa. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con vainilla de las velas. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, su glande golpeando mi cervix con precisión divina.

En este abismo de pasión cap 8, nos perdemos. Su cuerpo sobre el mío, pesos perfectos, almas entrelazadas. Neta, esto es vida.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas directas a mi coño. Cabalgué duro, mis caderas girando, sintiendo cómo sus bolas chocaban contra mi culo. Él se incorporó, chupando mis pechos mientras yo rebotaba. El placer subía de nuevo, una marea imparable. "Vente conmigo, Ana", jadeó, y obedecí. Mi segundo orgasmo fue explosivo, mi concha ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo convulsionando bajo el mío.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El mar cantaba afuera, olas rompiendo como aplausos a nuestro amor. "Eres mi abismo, Javier, mi pasión eterna", murmuré contra su pecho, oliendo su sudor varonil.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos, pero no el fuego. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, risas compartidas. Secos, envueltos en albornoz, pedimos room service: tacos de mariscos y mezcal. Comimos en el balcón, estrellas saliendo, brisa fresca secando nuestro pelo.

"¿Qué sigue en nuestro abismo de pasión cap 8?", pregunté juguetona. Él sonrió, jalándome a su regazo. "Todo, mi amor. Mañana y siempre". Sentí su verga endureciéndose de nuevo contra mí, promesa de más noches en este vórtice. Mi corazón, lleno, latió con paz ardiente. Aquí, en Puerto Vallarta, habíamos caído hondo, pero juntos, el abismo era hogar.

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