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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

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Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de Coyoacán, tiñendo de oro las palmas que la gente agitaba en procesión. Era Domingo de Ramos de la Pasión del Señor, y el aire olía a incienso quemado, a tierra húmeda después de la lluvia matutina y a ese dulzor terroso de las ramas frescas. Lucía caminaba entre la multitud, con su palma trenzada en la mano, el corazón latiéndole con una mezcla de devoción y algo más profundo, más prohibido que no se atrevía a nombrar.

Sus ojos se posaron en él por primera vez cuando la procesión dobló la esquina. Alto, moreno, con una camisa blanca pegada al torso por el sudor, llevaba una cruz de palmas al hombro como si fuera un rey pagano disfrazado de santo. Sus brazos musculosos se flexionaban con cada paso, y cuando volteó, sus ojos negros la atraparon. ¿Quién es este wey? pensó Lucía, sintiendo un calor que subía desde su vientre, ajeno al bullicio de las oraciones y los cantos.

La misa en la iglesia colonial fue un tormento dulce. Se sentó en una banca cerca de la entrada, y él apareció de nuevo, repartiendo bendiciones con el sacerdote. Cada vez que pasaba, su aroma la envolvía: colonia fuerte, mezclada con el sudor masculino y el leve toque de tabaco. Lucía apretó las piernas bajo la falda ligera, imaginando esas manos grandes sobre su piel.

¡Virgen santa, qué pecado! Pero neta, se me antoja como el diablo en cuaresma.
Su respiración se aceleró con el sermón sobre la pasión, pero en su mente, la pasión era otra: labios carnosos devorándola, caderas chocando en la penumbra.

Al final de la misa, cuando la gente salía en tropel, él se acercó. "¿Te puedo ayudar con esa palma, mamacita? Se ve pesada." Su voz era grave, ronca, como un ronroneo que vibraba en el pecho de Lucía. Ella levantó la vista, mordiéndose el labio. "No mames, ¿y tú quién eres, el arcángel gabrielito?" bromeó, pero su coqueteo era puro fuego. Se llamaba Diego, vecino de por allá, devoto como ella, pero con una chispa en los ojos que prometía pecados exquisitos.

Caminaron juntos por las calles angostas, las palmas rozando sus brazos como caricias prohibidas. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y el aire se enfriaba con brisa que erizaba la piel de Lucía. Hablaron de todo: de la procesión, de cómo la fe les calentaba el alma, pero entre líneas, el deseo latía. "¿Sabes? Este día siempre me pone... intenso," confesó él, rozando su mano con la yema del dedo. Ella sintió la electricidad subir por su brazo, endureciendo sus pezones bajo la blusa delgada.

Llegaron a la casa de Diego, una casita colonial con patio empedrado lleno de buganvilias. "Pásale, no seas mala," dijo él, y ella entró, el corazón martilleando. El olor a café recién hecho y a su piel la mareó. Se sentaron en el sofá de mimbre, las palmas olvidadas en una esquina, y la tensión creció como la marea. Sus rodillas se tocaron, y Lucía no se apartó.

Quiero que me toque, que me haga suya aquí mismo. ¿Y si me arrepiento? ¡Al carajo el arrepentimiento, hoy es día de pasión!

Diego se inclinó, su aliento cálido en su cuello. "Desde que te vi en la procesión, no pienso en otra cosa." Sus labios rozaron los de ella, suaves al principio, luego hambrientos. Lucía gimió bajito, abriendo la boca para su lengua, que sabía a menta y deseo puro. Sus manos grandes subieron por sus muslos, arrugando la falda, y ella arqueó la espalda, presionando sus tetas contra su pecho duro.

La llevó al cuarto, la luz de las velas parpadeando como en una capilla secreta. El colchón crujió bajo su peso cuando la tumbó, y él se arrodilló entre sus piernas, besando su ombligo, bajando lento. "Eres chingona, Lucía. Déjame adorarte." Sus dedos desabrocharon su blusón, liberando sus pechos llenos, y chupó un pezón con hambre, haciendo que ella jadeara, clavando las uñas en su nuca. El olor de su excitación llenaba la habitación: almizcle femenino, sudor salado, y el suyo, viril y embriagador.

Lucía lo volteó, queriendo tomar control. "Ahora yo, cabrón." Le quitó la camisa, lamiendo su pecho velludo, bajando hasta el bulto en sus jeans. Lo liberó: su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, y él gruñó, enredando los dedos en su pelo. "¡Órale, qué rica mamada!" Ella lo succionó profundo, garganta contra garganta, el sonido húmedo mezclándose con sus gemidos.

Pero el fuego pedía más. Diego la levantó, pegándola a la pared, sus cuerpos sudados deslizándose. Entró en ella de un empujón suave, consensual, mirándola a los ojos. "¿Sí quieres, mi reina?" "¡Sí, pendejito, fóllame duro!" Gritó ella, y él obedeció, embistiéndola con ritmo salvaje. Cada choque era un estallido: piel contra piel, chapoteo de jugos, sus tetas rebotando, sus bolas golpeando su culo. El olor a sexo crudo impregnaba todo, el aire espeso de gemidos y jadeos. Lucía clavó las uñas en su espalda, sintiendo cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el placer subiendo como una ola.

Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgándolo como una diosa pagana. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra su pubis, mientras él amasaba su culazo.

Esto es la pasión verdadera, no la del sermón. Su verga me llena, me parte en dos de puro gustito.
El clímax la golpeó primero: un espasmo que la hizo gritar, contrayéndose alrededor de él, leche derramándose por sus muslos. Diego la siguió, llenándola con chorros calientes, rugiendo su nombre.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cuarto olía a ellos, a pasión satisfecha. Él la besó la frente, tierno ahora. "Eres mi domingo perfecto." Lucía sonrió, trazando círculos en su pecho.

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor... quién iba a decir que la pasión vendría de un wey como él. Mañana confieso, pero hoy, soy suya.
Afuera, las campanas tañían vísperas, pero en su mundo, el éxtasis perduraba, un eco dulce en la piel y el alma.

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