Abismo de Pasión Capítulo 90 El Precipicio del Placer
El sol se hundía en el horizonte de Puerto Vallarta como una bola de fuego ardiente, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Elisa caminaba descalza por la playa privada de su villa, la arena tibia aún conservaba el calor del día, masajeando la planta de sus pies con cada paso. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel sudada por la brisa salada, delineando sus curvas generosas: pechos firmes, caderas anchas que se mecían con naturalidad. Hacía meses que no veía a Marco, su amor intermitente, ese pendejo encantador que siempre volvía cuando el deseo lo quemaba por dentro.
Desde la terraza de la villa, el aroma del mar se mezclaba con el de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Elisa inhaló profundo, sintiendo un cosquilleo en el vientre.
¿Y si esta vez es diferente? ¿Y si caemos de una vez por todas en este abismo de pasión, capítulo 90 de nuestra pinche telenovela personal?pensó, recordando las noches locas, los cuerpos enredados, los gemidos ahogados contra almohadas de plumas.
El sonido de un motor rompiendo la quietud la hizo girar. Ahí estaba él, bajando de su camioneta negra reluciente, con esa camisa guayabera entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho moreno. Marco, alto, musculoso de tanto trabajar en su negocio de yates, ojos negros que devoraban todo a su paso. "¡Órale, Elisa! ¿Qué pedo, mi reina? Te extrañé vergas", gritó con esa voz ronca que le erizaba la piel.
Él corrió hacia ella, la arena volando bajo sus pies. Se fundieron en un abrazo que olía a colonia masculina, sudor fresco y sal marina. Sus manos grandes recorrieron su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con posesión juguetona. "Estás más rica que nunca, mamacita", murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. Elisa sintió el bulto endurecido presionando su vientre, un pulso caliente que aceleró su corazón. Pero se apartó un poco, juguetona. "No tan rápido, wey. Primero cenamos, ¿no? Traje tequila reposado y mariscos frescos".
La noche cayó suave, con grillos cantando y el romper lejano de las olas. En la terraza iluminada por velas, comieron langosta a la diabla, picante que les hacía jadear, y bebieron shots de tequila que quemaban la garganta como fuego líquido. Sus pies se rozaban bajo la mesa de madera, un roce casual que enviaba chispas eléctricas por sus piernas. Marco la miraba fijo, con esa sonrisa lobuna. "Neta, Elisa, cada vez que te vas, me dejas hecho mierda. Sueño con tu boca, con cómo me chupas hasta que no aguanto".
Ella rio, pero el calor subía por su pecho, endureciendo sus pezones bajo el vestido.
Este cabrón sabe cómo encenderme. Su voz, su olor... ya siento la humedad entre mis piernas, traicionera.La conversación fluyó, recordando anécdotas: la vez en la playa de noche, con la luna testigo; el hotel en Mazatlán donde follaron tres veces seguidas. La tensión crecía, invisible pero palpable, como el aire antes de la tormenta. Terminaron la cena y Marco sacó su guitarra. Tocó un bolero ranchero, voz grave entonando "Bésame mucho", mientras ella se mecía a su lado.
De pronto, la atrajo a su regazo. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y limón. Elisa gimió suave, sintiendo la aspereza de su barba contra su mejilla, el latido fuerte de su corazón bajo su palma. Sus manos exploraban: él subiendo el vestido por sus muslos suaves, ella desabotonando su camisa para lamer el salado de su piel. "Te quiero dentro de mí, Marco. Hazme tuya", susurró ella, voz temblorosa de anticipación.
Él la cargó como pluma hasta la hamaca amplia en la terraza, bajo un cielo estrellado. La recostó con gentileza, quitándole el vestido despacio, revelando su cuerpo desnudo bañado en luz lunar: senos plenos con aureolas oscuras, vientre plano, el triángulo negro de vello púbico reluciente de excitación. Marco se desnudó rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm que olía almizclado. "Mírate, qué chingona estás", gruñó, besando su ombligo, bajando por el monte de Venus.
Elisa arqueó la espalda cuando su lengua la tocó ahí, caliente y húmeda, lamiendo los labios mayores hinchados. El sabor salado de su arousal lo volvía loco; chupaba su clítoris con succiones rítmicas, metiendo dos dedos gruesos que curvaba adentro, rozando ese punto que la hacía jadear. "¡Ay, cabrón! ¡Sí, así! ¡No pares!", gritó ella, uñas clavándose en su cuero cabelludo. El viento traía olor a yodo y jazmín, mezclándose con el musk de sus sexos. Sus caderas se movían solas, follando su boca, el placer subiendo en oleadas que contraían su útero.
Pero quería más. Lo empujó hacia arriba, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, estirándola deliciosamente, llenándola hasta el fondo. "¡Qué rico, Marco! Eres tan grande, me rompes", jadeó, mientras cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena pulsando contra sus paredes internas. Él agarraba sus tetas, pellizcando pezones duros como piedras, gimiendo "¡Muévete, mi amor! ¡Fóllame duro!". El sudor les chorreaba, pieles chocando con palmadas húmedas, el sonido obsceno amplificado por la noche quieta.
El ritmo aceleró, brutal, primitivo. Elisa giraba las caderas, moliendo su clítoris contra el hueso púbico de él, chispas de éxtasis estallando.
Esto es el abismo de pasión, capítulo 90. Caemos juntos, sin red, en este precipicio de placer que nos consume.Marco la volteó bocabajo, penetrándola por atrás con embestidas profundas que la hacían gritar. Su mano bajaba a frotar su botón, mientras la otra azotaba juguetona sus nalgas redondas. "¡Ven, Elisa! ¡Córrete conmigo!", rugió, su verga hinchándose.
El orgasmo la golpeó como tsunami: contracciones violentas ordeñando su polla, jugos calientes salpicando sus bolas. Él se vació dentro, chorros espesos bañando su cervix, gruñendo como animal. Colapsaron enredados, pulsos latiendo al unísono, pieles pegajosas de sudor y semen. El aire olía a sexo crudo, a ellos dos fundidos.
Después, en la hamaca meciéndose suave, Marco la besó tierno en la frente. "Neta, mi vida, esto no acaba aquí. Somos eternos". Elisa sonrió, trazando círculos en su pecho, el corazón lleno.
Capítulo 90 cerrado con broche de oro. Pero el abismo nos llama para más.La brisa los arrulló, olas susurrando promesas de futuras noches, mientras las estrellas guiñaban cómplices.