Pasión Desnuda en Pasión Motors SA de CV
Ana estacionó su viejo vocho frente al gran letrero luminoso de Pasión Motors SA de CV. El sol de mediodía en la Ciudad de México pegaba duro, haciendo que el asfalto brillara como aceite fresco. Bajó del carro con un suspiro, ajustándose la falda ajustada que le marcaba las curvas. Hacía meses que quería un cambio, algo potente, veloz, que le hiciera sentir viva. Y ese lugar, con su nombre tan sugerente, prometía justo eso.
El showroom era un paraíso de metal y cuero nuevo. Olía a goma quemada mezclada con ese aroma embriagador de interiores impecables. Ana caminó entre los autos relucientes, sus tacones resonando en el piso pulido. Un tipo alto, de piel morena y brazos tatuados bajo la camisa ajustada, se acercó con una sonrisa que le aceleró el pulso.
¡Órale, qué chulada de mujer! ¿En qué te puedo ayudar, reina?dijo él, con voz grave y juguetona.
Ana se mordió el labio, oliendo su colonia fresca, como madera y especias. Javier, leyó en su placa. Neta, está cañón el wey, pensó, mientras él le mostraba un sedán rojo fuego.
—Este bebé tiene un motor que te deja sin aliento —le dijo Javier, abriendo la puerta para que ella se sentara—. Pruébalo, siente cómo ronronea.
Las manos de él rozaron las suyas al entregarle las llaves, un toque eléctrico que le erizó la piel. Ana se sentó en el asiento de piel suave, inhalando el olor a nuevo, a lujo. Javier se subió al lado del piloto, su muslo rozando el de ella accidentalmente. O no tan accidental.
Salieron a la avenida, el motor rugiendo suave. Ana apretaba el volante, sintiendo la vibración subir por sus piernas. Javier la guiaba, su voz un murmullo cálido en su oído.
—Acelera, mami. Déjalo salir.
El carro voló, y con él, algo dentro de ella. Regresaron al lote, pero en lugar de parar en el showroom, Javier la llevó a un rincón apartado del taller, donde los autos en reparación esperaban como testigos mudos.
Acto primero, la chispa. Ana apagó el motor, pero el calor entre ellos no se apagaba. Javier la miró con ojos oscuros, hambrientos.
—Neta, desde que entraste me prendiste, Ana. Eres como este carro: pura potencia contenida.
Ella rio bajito, el corazón latiéndole en el pecho como pistones. ¿Qué chingados estoy haciendo? Pero se siente tan bien...
Él se inclinó, su aliento cálido en su cuello. Ana giró la cara, y sus labios se encontraron en un beso lento, explorador. Sabía a menta y deseo puro. Las lenguas danzaron, suaves al principio, luego urgentes. Manos de Javier en su cintura, atrayéndola más cerca en el espacio confinado del auto.
El cuero crujió bajo ellos. Ana sintió sus pechos apretarse contra el pecho duro de él, los músculos tensos bajo la camisa. Olía a sudor limpio, a hombre trabajado. Ella deslizó las manos por su nuca, enredando dedos en su cabello corto y áspero.
—Javier... aquí no... —murmuró ella, pero su cuerpo decía lo contrario, arqueándose hacia él.
—Shh, reina. Solo nosotros y la pasión. Como dice el nombre de este lugar.
Salieron del carro tambaleantes, riendo como chavos traviesos. Javier la llevó a una oficina trasera en el taller de Pasión Motors SA de CV, un cuartito con escritorio desordenado, posters de autos exóticos y un sofá viejo pero mullido. Cerró la puerta con llave, el clic resonando como promesa.
Acto segundo, la escalada. Se besaron de pie, fieros ahora. Javier le quitó la blusa con manos temblorosas de anticipación, exponiendo su brasier de encaje negro. Qué tetas tan perfectas, pendejo afortunado, pensó él, mientras lamía el valle entre ellas, saboreando la sal de su piel.
Ana jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando el cuarto. Desabrochó la camisa de él, revelando un torso esculpido por horas bajo capós. Tocó sus abdominales, duros como acero templado, bajando hasta el cinturón. El bulto en sus pantalones era impresionante, pulsante bajo la tela.
—Estás mojada ya, ¿verdad? —susurró él, metiendo mano bajo su falda, dedos rozando la humedad a través de las panties.
—Sí, cabrón... me tienes loca —gimió ella, mordiéndole el hombro.
Cayeron al sofá, ella encima. Ana se quitó la falda, quedando en tanga y brasier. Javier se desvistió rápido, su verga erguida, gruesa, venosa, apuntando al techo. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor, el pulso rápido como motor a mil. La lamió desde la base, saboreando la piel salada, el gusto almizclado que le hizo gemir de placer.
Él la volteó, quitándole todo. Besó su vientre suave, bajando a los muslos internos, oliendo su arousal dulce y femenino. Lengua en su clítoris, círculos lentos, luego rápidos. Ana se arqueó, uñas clavadas en sus hombros, el cuarto lleno de sus gemidos ahogados y el chasquido húmedo de su boca.
¡No pares, wey! ¡Así, chingao!
El sudor les perlaba la piel, mezclando olores: sexo crudo, colonia, aceite de motor del taller cercano. Javier subió, posicionándose. Ana abrió las piernas, guiándolo.
—Entra despacio, amor. Quiero sentirte todo.
Él empujó, centímetro a centímetro, llenándola. Ambos gruñeron, el estiramiento perfecto, el roce interno enviando chispas. Se movieron lento al principio, sincronizados, piel contra piel resbalosa. El sofá crujía rítmicamente, como un pistón bien aceitado.
Ana clavó miradas en sus ojos, viendo el fuego allí. Esto es puro, neta. No hay juegos, solo nosotros. Aceleraron, embestidas profundas, sus pechos rebotando, manos explorando: nalgas apretadas, espaldas arqueadas. Él chupaba sus pezones, duros como balines, mordisqueando suave.
La tensión crecía, coiling como resorte. Ana sentía el orgasmo aproximarse, un nudo apretado en el bajo vientre. Javier sudaba, gruñendo en su oído:
—Ven conmigo, reina. Déjalo salir.
Acto tercero, la liberación. Ana explotó primero, un grito sofocado, paredes internas contrayéndose alrededor de él, jugos calientes empapando. Javier la siguió, embistiendo fuerte, eyaculando dentro con un rugido gutural, llenándola de calor líquido.
Se quedaron unidos, jadeando, cuerpos temblorosos. El aire denso con olor a sexo satisfecho, corazones latiendo al unísono. Javier besó su frente, suave, tierno.
—Eres increíble, Ana. ¿Te late el carro? Porque yo quiero que te lleves más que eso.
Ella rio, acariciando su mejilla barbuda. Pasión Motors SA de CV... qué apropiado. Aquí encontré mi motor.
Se vistieron despacio, robándose besos perezosos. Salieron del taller tomados de la mano, el sol ya bajando, tiñendo el lote de naranja. Ana firmó los papeles del sedán rojo, pero sabía que regresaría. No por el carro, sino por él. Por ellos.
En el nuevo auto, camino a casa, sintió el ronroneo del motor entre sus piernas, un eco del placer reciente. Sonrió, ventana abajo, viento enredando su pelo. La vida acelera cuando menos lo esperas.