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Pasion y Poder Completa

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Pasion y Poder Completa

Ana caminaba por los pasillos relucientes del rascacielos en Polanco, con el taconeo firme de sus Louboutins resonando como un desafío. El aroma a café recién molido y madera pulida llenaba el aire, mezclado con el perfume sutil de las flores frescas en los jarrones de cristal. Era la dueña de su imperio publicitario, una mujer de treinta y cinco años que había construido todo desde cero, con uñas y dientes, como decía su abuela. Hoy, la junta con Diego Salazar, el magnate inmobiliario que controlaba media Ciudad de México, era crucial. Quería su cuenta, y no aceptaría un no por respuesta.

Entró a la sala de juntas, y ahí estaba él, recargado en la cabecera de la mesa de caoba, con una camisa blanca impecable que se ajustaba a su torso musculoso. Sus ojos oscuros la escanearon de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus caderas envueltas en una falda lápiz negra. Qué chulo, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Diego era poder puro: alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y una sonrisa que prometía tanto dominar como rendirse.

Señora Ana López, dijo él con voz grave, como terciopelo rasgado, extendiendo la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo en sus obras, y el contacto envió una descarga eléctrica directo a su centro.

Llámame Ana, respondió ella, sentándose frente a él, cruzando las piernas con deliberada lentitud. Olía a sándalo y tabaco fino, un olor que la mareaba.

La presentación fluyó como un río: gráficos en la pantalla gigante, proyecciones de campañas que harían explotar sus torres de lujo. Pero debajo de las palabras, había tensión. Cada mirada que cruzaban era un pulso acelerado, un roce invisible. Ana sentía su poder, pero también el de él, atrayéndola como imán.

¿Y si lo pierdo todo por un capricho? No, yo controlo esto. Yo decido.

Al final, Diego firmó el contrato con un movimiento fluido de pluma. —Excelente trabajo, Ana. ¿Cenas para celebrarlo?

Ella sonrió, el corazón latiéndole en la garganta. —Órale, va. En el rooftop del Four Seasons.

La noche cayó sobre la ciudad como un manto de luces neón y estrellas borrosas por la contaminación. En el rooftop, el viento jugaba con el cabello suelto de Ana, trayendo el olor salado del sudor de la cocina y el dulzor de las velas aromáticas. Pidieron tequilas reposados, el líquido ámbar quemando sus gargantas como fuego líquido. Conversaron de todo: de la neta de la política mexicana, de cómo Diego había levantado su primer edificio en Iztapalapa con puro huevos, de los sueños de Ana por expandirse a Guadalajara.

Tú eres pasion y poder completa, murmuró él de pronto, sus dedos rozando los de ella sobre la mesa. El mundo se detuvo. Ana sintió el calor subirle por el cuello, el pulso en sus venas como un tamborazo en una fiesta de pueblo.

¿Y tú qué? ¿El rey que manda? —retó ella, juguetona, usando ese tono coqueto que reservaba para cerrar tratos imposibles.

Él rio, una risa profunda que vibró en su pecho. —Pruébame.

El ascensor del hotel era un confesionario de acero y espejos. Apenas se cerraron las puertas, Diego la acorraló contra la pared, su cuerpo grande presionando el de ella. Ana jadeó, inhalando su aliento a tequila y menta. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando como espadas en duelo. Manos explorando: las de él subiendo por sus muslos, arrugando la falda; las de ella enredándose en su cabello negro, tirando con fuerza.

Estás mojada ya, ¿verdad, mamacita? —susurró él contra su oreja, mordisqueándola. El sonido de su voz ronca la hizo temblar.

Cállate y muéstrame ese poder tuyo, exigió ella, arañando su espalda a través de la camisa.

La suite era un paraíso de lujo: sábanas de hilo egipcio, vistas al Reforma iluminado, el aroma a jazmín del baño contiguo. Se desnudaron con urgencia, ropa cayendo al piso como hojas secas. El cuerpo de Diego era una escultura: pectorales duros, abdomen marcado por horas en el gym, y esa verga erecta, gruesa, palpitante, que la hizo salivar. Ana era curvas perfectas: senos plenos con pezones oscuros endurecidos, caderas anchas invitando a ser tomadas.

Se tumbaron en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo su peso combinado. Diego la besó despacio ahora, trazando un camino de fuego por su cuello, lamiendo el sudor salado de su clavícula. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido amortiguado por la alfombra persa. Sus manos bajaron a sus senos, amasándolos con rudeza gentil, pellizcando pezones hasta que ella gritó de placer.

Sí, así, cabrón, dame todo. Yo mando también.

Él descendió, lengua experta lamiendo su ombligo, luego más abajo, hasta su coño depilado y reluciente de jugos. El primer toque de su boca fue eléctrico: labios suaves chupando su clítoris hinchado, lengua girando en círculos lentos. Ana se retorció, uñas clavadas en las sábanas, oliendo su propia excitación almizclada mezclada con el aftershave de él. —¡Más, pendejo, no pares! —gruñó, empujando sus caderas contra su cara.

Diego obedeció, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para golpear ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su chupeteo llenaba la habitación, junto con sus gemidos ahogados. Ana sintió la presión crecer, como una ola en el Pacífico mexicano, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, chorros calientes empapando la boca de él.

Pero no era suficiente. Ella lo volteó con fuerza sorprendente, montándolo como amazona. Su verga la llenó por completo, estirándola deliciosamente, el roce de venas contra sus paredes internas enviando chispas. Cabalgó con ritmo salvaje, senos rebotando, sudor perlando su piel morena. Diego gruñía, manos en sus nalgas, azotándolas suave para marcar territorio. —Eres fuego puro, Ana. Pasion y poder completa.

El vaivén se aceleró, piel contra piel chapoteando, respiraciones entrecortadas. Ana sintió otro clímax acercándose, apretando sus músculos internos alrededor de él. —Córrete conmigo, mi rey, jadeó.

Él obedeció, embistiéndola desde abajo con furia, su semilla caliente inundándola en pulsos potentes. Gritaron juntos, el eco rebotando en las ventanas. Colapsaron, entrelazados, el corazón de ambos latiendo al unísono, piel pegajosa y sonrisas satisfechas.

Después, en la penumbra, con el skyline parpadeando afuera, Ana trazó círculos en su pecho velludo. El olor a sexo impregnaba el aire, dulce y primitivo. —Esto fue... neta, increíble, murmuró ella.

Y apenas empieza, respondió él, besándola la frente. En ese momento, Ana supo que su poder no era solo negocio. Era esto: la entrega mutua, el equilibrio perfecto entre pasion y poder completa.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches como esta en el horizonte de la ciudad que nunca duerme.

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