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Abismo de Pasion Muerte de Paolo

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Abismo de Pasion Muerte de Paolo

La villa en Playa del Carmen olía a sal marina y jazmín fresco, con el ruido constante de las olas rompiendo contra la playa privada. Yo, Sofía, estaba recostada en la hamaca de red, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por el bochorno tropical. Paolo, mi carnal de tantos años, mi pendejo favorito, salió de la casa con un libro viejo en las manos. Neta, se veía cañón con esa camisa blanca desabotonada, dejando ver su pecho moreno y musculoso.

"Mira esto, wey", dijo él, sentándose a mi lado y abanicándome con las páginas amarillentas. "Lo encontré en la librería de antigüedades en la Quinta Avenida. Se llama Abismo de Pasion Muerte de Paolo. Es una leyenda erótica mexicana de los años veinte, pura fantasía prohibida".

Le quité el libro de las manos, curiosa. Las palabras saltaban como chispas: un amante llamado Paolo que se lanza al abismo de pasión con su morra, hasta que la intensidad lo lleva a la muerte extática, la petite mort hecha real en brazos de su amada. El aire se cargó de electricidad. Sentí un cosquilleo en el estómago, un calor que subía desde mi panocha hasta mis pezones, que se endurecieron bajo la tela fina.

¿Y si lo recreamos? ¿Y si nos perdemos en ese abismo juntos?

Paolo me miró con esos ojos negros que me derriten, su mano rozando mi muslo desnudo. "Órale, Sofi, ¿neta lo harías? Sería chingón, ¿no? Como si yo fuera ese Paolo del cuento". Su voz ronca, con ese acento italiano-mexicano que me vuelve loca, me erizó la piel. Asentí, mordiéndome el labio, el deseo ya palpitando entre mis piernas.

La tensión creció mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión. Entramos a la habitación principal, con su cama king size cubierta de sábanas de seda blanca y velas aromáticas de coco encendidas. El olor dulce se mezclaba con el nuestro, ese aroma almizclado de anticipación. Paolo me besó despacio al principio, sus labios suaves probando los míos, lengua danzando con la mía en un sabor a tequila reposado y mar.

Sus manos expertas subieron por mis caderas, quitándome el vestido con un movimiento fluido. Quedé en tanga de encaje negro, mis tetas libres al aire, pezones duros como piedras. "Estás preciosa, mi reina", murmuró, lamiendo mi cuello, mordisqueando esa zona sensible que me hace gemir. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos de su abdomen contra mis palmas, el calor de su piel salada.

Nos tendimos en la cama, cuerpos entrelazados. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, bajando hasta mi culo, apretándolo con fuerza juguetona. "Eres mi vicio, Sofi", dijo, y yo reí bajito, arañando su espalda. Esto es el principio del abismo, pensé, mientras él besaba mi ombligo, bajando más, su aliento caliente sobre mi monte de Venus.

La noche avanzaba, y el deseo se volvía tormenta. Paolo separó mis piernas con ternura, inhalando profundo mi aroma de mujer excitada. "Hueles a pecado, carnala". Su lengua tocó mi clítoris por primera vez, un latigazo de placer que me arqueó la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes de la villa. Lamió despacio, círculos húmedos, chupando mi jugo dulce como miel de abeja silvestre. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave: "¡No pares, pendejo, me estás matando!".

Pero él paró lo justo para quitarse el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, ya dura como hierro, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor palpitante. La masturbé lento, viéndolo jadear, sus ojos cerrados en éxtasis. "Ven, métemela ya", le supliqué, guiándolo a mi entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El plaf de su pelvis contra la mía, el sonido obsceno de piel mojada. Empezamos un ritmo lento, profundo, sus embestidas rozando ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas. Sudábamos, cuerpos brillantes, el olor a sexo llenando la habitación, mezclado con el jazmín que entraba por la ventana abierta.

Esto es el abismo de pasion muerte de paolo, se me cruzó en la mente mientras él aceleraba, follándome más fuerte, mis uñas clavadas en sus nalgas.

El conflicto interno me golpeó entonces: ¿y si es demasiado? ¿Y si nos consumimos de verdad en esta pasión? Paolo lo sintió en mi mirada, se detuvo un segundo, besándome con furia. "Todo está chido, mi amor. Déjate llevar. Somos adultos, esto es nuestro". Sus palabras me empoderaron, el miedo se disolvió en lujuria pura. Volvimos al ritmo, ahora salvaje. Yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, su verga hundiéndose hasta el fondo. Él chupaba mis pezones, mordiendo suave, enviando descargas a mi clítoris.

La intensidad subía como marea. Cambiamos posiciones: él detrás, doggy style, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra jalándome el pelo. "¡Sí, Paolo, así, chíngame duro!". El slap-slap de carne contra carne, mis jugos chorreando por mis muslos, su sudor goteando en mi espalda. Olía a nosotros, a macho y hembra en celo, a coco quemado de las velas.

Mi primer orgasmo llegó como tsunami, contracciones violentas apretando su verga, gritando su nombre al techo. Él no paró, prolongándolo con embestidas precisas. "¡Qué chocha tan rica tienes, Sofi!". Luego me volteó, misionero profundo, mirándonos a los ojos. Sus pensamientos en voz alta: "Esto es el abismo, mi muerte dulce".

La psicología se entretejía: recordé nuestras primeras veces, en la CDMX, robándonos besos en el Metro, ahora aquí, en este paraíso, culminando la leyenda. El conflicto de siempre —mi timidez pasada— se resolvía en esta entrega total. Él jadeaba, al borde: "Me vengo, amor". Yo apreté las piernas alrededor de su cintura: "Dentro, lléname".

Su clímax fue épico, rugiendo como león, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando en la muerte de placer absoluto. Yo lo seguí, segundo orgasmo rasgándome, uñas en su piel, mordiendo su hombro hasta dejar marca. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono, el aire espeso de nuestros gemidos ahogados.

En el afterglow, yacíamos pegajosos, su verga aún semi-dura dentro de mí, goteando. El mar susurraba afuera, fresco brisa secando nuestro sudor. Paolo besó mi frente: "Fuiste mi abismo perfecto, sin muerte real, solo éxtasis". Reí suave, acariciando su cara barbuda.

La muerte de Paolo en la leyenda era solo un símbolo, pensé. Nosotros la hicimos vida, pasión eterna.

Nos duchamos juntos después, agua tibia lavando fluidos, manos explorando de nuevo, pero tiernas. Secos, envueltos en albornoz, brindamos con mezcal ahumado en la terraza, estrellas testigos. El libro olvidado en la mesa, pero su esencia en nosotros. México nos regaló esta noche, con su calor, su ritmo, su pasión sin frenos. Y supe que esto no acababa aquí; el abismo nos llamaba de nuevo, pronto.

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