Ardores Ocultos en la Parroquia de la Pasión
Entré a la Parroquia de la Pasión con el sol del mediodía filtrándose por los vitrales coloridos, pintando el piso de rojo y dorado como si el mismísimo diablo hubiera derramado su sangre ardiente. El aire estaba cargado de incienso dulce, ese olor que te envuelve como un abrazo pecaminoso, y el eco de las oraciones murmuradas por las señoras devotas me hacía sentir fuera de lugar. Hacía años que no pisaba este pueblo en el corazón de México, pero algo me jalaba de vuelta, como un imán en la entrepierna.
Yo, Ana, con mis treinta y tantos, vestida con un huipil ligero que se pegaba a mis curvas por el calor húmedo, me senté en una banca de madera pulida. El tacto áspero de la superficie me raspaba las piernas desnudas, enviando chispazos directos a mi piel sensible. Ahí lo vi: Javier, el güey que me había robado el aliento en la prepa. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía travesuras. Ahora era el encargado del mantenimiento de la parroquia, con camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes y velludos. Neta, qué chulo se ve, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tambor de fiesta patronal.
¿Por qué carajos vengo a misa si lo que quiero es confesar pecados que ni he cometido todavía? Ese hombre me mira y siento que me desnuda con los ojos.
La misa terminó y la gente salió en tropel, charlando de chismes y tamales. Yo me quedé rezagada, fingiendo arreglar mi rebozo. Javier se acercó, limpiándose el sudor de la frente con un trapo viejo. Olía a hombre de trabajo: tierra, sudor salado y un toque de colonia barata que me mareaba.
—Órale, Ana, ¿eres tú? ¡Qué sorpresa, carnala! ¿Qué te trae por acá?
Su voz grave retumbó en mi pecho, vibrando hasta mi ombligo. Le sonreí, coqueta, sintiendo el calor subir por mis muslos.
—Vine a visitar a la familia, pero neta, la Parroquia de la Pasión siempre me ha llamado. ¿Sigues aquí, Javier? Pensé que ya andabas de conquistador por la capital.
Se rio, esa carcajada ronca que me hacía cosquillas en el vientre. Me tomó del brazo para guiarme al jardín trasero, donde las bugambilias rojas trepaban las paredes como venas hinchadas de deseo. El sol calentaba las piedras, y el zumbido de las abejas se mezclaba con el canto lejano de un gallo.
Ahí empezó todo. Caminamos entre las jardineras, rozándonos los dedos como por accidente. Su piel era cálida, callosa por el trabajo, y cada roce era como una chispa en pólvora seca. Hablamos de viejos tiempos: fiestas en el zócalo, besos robados detrás del mercado, promesas de amor eterno que se evaporaron como tequila en la noche.
—Siempre fuiste la más guapa, Ana. Y mira nomás cómo sigues poniéndome como pendejo.
Sus palabras me encendieron. Lo miré a los ojos, oscuros como pozos de chocolate derretido, y sin pensarlo, lo jalé hacia mí. Nuestros labios chocaron, suaves al principio, probando sabores: el suyo a café con piloncillo, el mío a chicle de tamarindo. Su lengua invadió mi boca, danzando con la mía en un ritmo frenético, mientras sus manos grandes me apretaban la cintura, hundiendo los dedos en mi carne blanda.
El beso se volvió salvaje. Gemí contra su boca, sintiendo mi chichi endurecerse bajo el huipil, y un calor líquido entre las piernas que me hacía apretar los muslos. Javier gruñó, presionando su dureza contra mi vientre. ¡Qué verga tan dura, cabrón! pensé, mientras el olor de nuestras excitaciones se mezclaba con las flores: almizcle salado y jazmín dulce.
Me llevó a una salita abandonada al fondo del jardín, un cuartito polvoriento con velas apagadas y bancos viejos. Cerró la puerta con un clic que sonó como sentencia de placer. Ahí, en la penumbra perfumada a cera vieja y madera húmeda, nos devoramos.
Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su piel sabe a sal y sol, y mi cuerpo grita por más.
Acto dos: la escalada. Javier me quitó el huipil con manos temblorosas, exponiendo mis senos llenos, pezones oscuros y tiesos como botones de chile. Los lamió despacio, su lengua áspera trazando círculos que me arrancaban jadeos. —Qué ricos chichis, Ana, siempre soñé con morderlos, murmuró, succionando uno mientras pellizcaba el otro. El dolor placentero me hacía arquear la espalda, mi piel erizándose como gallina en tormenta.
Yo no me quedé atrás. Le bajé los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante como corazón de toro. La tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, y la masturbe lento, sintiendo el precum resbaloso en mi palma. Él jadeaba, —Chíngame, güey, no pares, mientras yo me arrodillaba en el piso fresco, oliendo su masculinidad cruda.
Lo chupé con ganas, labios estirados alrededor de su grosor, lengua girando en la cabeza sensible. Saboreaba su esencia salada, amarga como mezcal añejo. Javier enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, gimiendo ronco. Qué delicia verte así, mi reina. Mi chochito palpitaba, empapado, rogando atención.
Me levantó como pluma, recostándome en un banco acolchado con cojines viejos. Sus dedos exploraron mi entrepierna, separando labios hinchados, frotando mi clítoris endurecido. Estás chorreando, Ana, neta estás en pasión pura. Metió dos dedos gruesos, curvándolos dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la salita, chapoteos obscenos mezclados con mis gemidos ahogados.
La tensión crecía como tormenta de verano. Sudábamos juntos, piel resbaladiza chocando, corazones latiendo al unísono. Él se posicionó entre mis piernas abiertas, su verga rozando mi entrada ardiente. —Dime que sí, carnala. —Sí, Javier, chíngueme ya, no aguanto.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, profundo, hasta el fondo. Grité de placer, uñas clavadas en su espalda musculosa. Empezó a moverse, embestidas lentas que se volvieron furiosas, piel contra piel en palmadas rítmicas. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, deseo animal. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él me besaba el cuello, mordiendo suave.
El clímax se acercaba. Sentía el orgasmo bullir en mi vientre, como volcán en erupción. Más rápido, pendejo, dame todo. Javier aceleró, gruñendo, su verga hinchándose dentro de mí. Explosamos juntos: yo convulsionando, olas de placer cegador sacudiendo mi cuerpo, él derramándose caliente, profundo, marcándome con su leche espesa.
Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados en el banco, respiraciones entrecortadas calmándose como lluvia que cesa. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa enfriándose en la brisa que entraba por una rendija. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el sudor compartido.
En la Parroquia de la Pasión, encontré mi propia pasión. No es pecado si el alma lo pide a gritos.
Javier me acarició el pelo, susurrando —Esto no termina aquí, Ana. Vuelve mañana, que la parroquia nos guarda más secretos. Sonreí, sintiendo un cosquilleo nuevo entre las piernas. Salimos al jardín al atardecer, el cielo teñido de pasión roja, como si la iglesia misma aprobara nuestro fuego.
Me fui caminando ligera, el cuerpo zumbando de satisfacción, sabiendo que la Parroquia de la Pasión ya no era solo un templo de Dios, sino el mío de placeres carnales. Y qué chingón se sentía.