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Pasion Mañanera Desbordante

6758 palabras

Pasion Mañanera Desbordante

Desperté con el sol filtrándose por las cortinas entreabiertas de mi departamento en la Condesa, ese rayito travieso que siempre me roza la piel como una caricia temprana. El aire olía a café recién molido de la cafetera programada y a ese aroma varonil de Javier, mi carnal de tantos fines de semana, que aún dormía a mi lado. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, el vello oscuro brillando con un leve sudor de la noche anterior. Me estiré como gata perezosa, sintiendo las sábanas de algodón egipcio rozar mis pechos desnudos, y un cosquilleo traicionero se encendió en mi vientre. ¿Otra vez? pensé, riendo para mis adentros. Pero era inevitable; Javier tenía ese efecto en mí, como si su mera presencia avivara la pasión mañanera que tanto nos gustaba compartir.

Me giré hacia él, apoyando la cabeza en mi mano, y lo observé. Sus labios entreabiertos, esa mandíbula cuadrada que me volvía loca, y el bulto tentador bajo las sábanas. Extendí la mano con lentitud, rozando su abdomen firme, sintiendo los músculos contraerse bajo mis dedos. El calor de su piel era adictivo, como el sol de mediodía en Acapulco. Abrió los ojos despacio, esos ojos cafés profundos que me miraban con esa picardía mexicana que me deshacía.

—Órale, nena, ¿ya estás en eso tan temprano? —murmuró con voz ronca, esa voz que suena como tequila reposado.

Le sonreí, mordiéndome el labio inferior. —Culpa tuya, wey. Tú y tu olor que me despierta el hambre. Me acerqué más, mi seno rozando su brazo, y el contacto envió chispas directas a mi entrepierna. Su mano grande, callosa de tanto gym, se posó en mi cadera, apretando con esa posesión juguetona que me ponía cardíaca. El corazón me latía fuerte, como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Empezamos con besos suaves, de esos que saben a sueño y promesas. Sus labios carnosos capturaron los míos, la lengua explorando con pereza, saboreando el dulzor residual de mi saliva matutina. Olía a él, a jabón de sándalo y a deseo crudo. Bajé la mano más, encontrando su erección ya dura como piedra volcánica. La envolví con gentileza, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, y él gruñó contra mi boca, un sonido gutural que vibró en mi pecho.

El ambiente se cargaba de tensión, el aire espeso con nuestro calor compartido. Afuera, el claxon de un taxi y el ladrido lejano de un chihuahua rompían el silencio, pero dentro, solo existíamos nosotros. Javier rodó sobre mí, su peso delicioso presionándome contra el colchón, sus caderas encajando perfectas entre mis muslos. Sentí su verga rozar mi humedad creciente, un roce eléctrico que me hizo arquear la espalda.

—Te sientes tan chingona, mi amor —susurró, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel—. Quiero comerte entera.

Me derretí con esas palabras, el vello de mi nuca erizándose. Bajó por mi cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos: pezones endurecidos que chupó con avidez, mordisqueando lo justo para que doliera rico; el ombligo que lamió como postre; hasta llegar a mi monte de Venus, depilado suave para él. El olor de mi excitación lo invadió, almizclado y dulce, y él inhaló profundo, ojos cerrados en éxtasis.

Qué delicia, pensé, mientras sus dedos separaban mis labios, exponiéndome al aire fresco. Su aliento caliente me erizaba, y cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito, agarrando las sábanas.

Era maestro en eso, Javier. Lamía con círculos lentos, succionando suave, alternando con penetraciones de lengua que me hacían jadear. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados, su respiración entrecortada. Mis caderas se movían solas, buscando más, el placer acumulándose como tormenta en el Golfo. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me volvía loca, mientras su boca no descansaba. El orgasmo se acercaba, una ola imparable.

Pero él se detuvo, subiendo con sonrisa lobuna. —Aún no, princesa. Quiero que vengas conmigo. Me volteó boca abajo con facilidad, esa fuerza masculina que me empoderaba en vez de aplastarme. Me puse de rodillas, ofreciéndole mi culo redondo, y él lo acarició, abofeteando leve para ver temblar la carne. El escozor se mezcló con placer, y gemí su nombre.

Se posicionó detrás, la punta de su verga presionando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! grité internamente, el placer rayando en dolor gozoso. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, el sonido de piel contra piel resonando como aplausos en un palenque. Sus manos en mis caderas, guiándome, y yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo desde abajo.

El sudor nos unía, goteando entre nosotros, oliendo a sexo puro, a pasión mañanera desatada. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust, y yo me perdí en sensaciones: el roce interno, el calor irradiando, mis pechos balanceándose pesados. Internal monologue: No pares, amor, rómpeme entera, hazme tuya para siempre.

Cambié de posición, queriendo verlo. Me monté sobre él, empalándome con hambre, mis uñas clavándose en su pecho. Cabalgaba como jinete en charrería, círculos y rebotes que lo hacían maldecir en voz baja. —¡Qué rico te sientes, pinche diosa! exclamó, pellizcando mis pezones. El clímax nos alcanzó juntos: el mío explotó primero, contracciones milking su verga, jugos corriendo por sus muslos; el suyo segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como bestia.

Colapsamos, enredados, respiraciones jadeantes sincronizadas. El sol ya calentaba la habitación, iluminando nuestras pieles brillantes. Besos perezosos, risas compartidas. —Esa fue la mejor pasión mañanera de todas —dijo él, acariciando mi cabello revuelto.

Me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón volver a normal. Afuera, la ciudad despertaba: vendedores de tamales gritando, el aroma del pan dulce colándose por la ventana. Pero nosotros flotábamos en afterglow, satisfechos, conectados más allá de lo físico. Esto es vida, pensé, saboreando el beso salado en su hombro. Javier era mi vicio matutino, mi pasión mañanera eterna.

Nos levantamos eventual, pero el eco de ese éxtasis perduraba en cada roce casual, en cada mirada cargada. Preparando el café, él me abrazó por detrás, sus manos jugueteando inocentes. Sonreí, sabiendo que la próxima mañana sería igual de desbordante. En México, el amor se vive intenso, y nuestra pasión mañanera era prueba viva.

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