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Pasión Prohibida Capítulo 31 Parte 2

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Pasión Prohibida Capítulo 31 Parte 2

La noche en Guadalajara se sentía pesada, cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como un amante insistente. Yo, Ana, había cruzado la ciudad en mi coche viejo pero confiable, el corazón latiéndome a mil por hora. Diego me esperaba en su departamento en Providencia, ese lugar chido con vista a la catedral iluminada. Nuestra pasión prohibida ya era legendaria entre nosotros, como una novela que no terminaba de escribirse. Cada encuentro era un capítulo nuevo, y esta noche era el capítulo 31 parte 2, el que prometía romper todas las barreras que aún nos separaban.

Estacioné en el sótano, el olor a concreto húmedo y escape de autos invadiéndome las fosas nasales. Subí las escaleras de dos en dos, mis tacones resonando como tambores en mi pecho. ¿Y si mi esposo se enteraba? ¿Y si mi familia, con sus chismes eternos, olía algo? Pero nada de eso importaba ahora. Solo Diego. Su puerta se abrió antes de que tocara, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía.

—Órale, mi reina, ¿ya no aguantabas más? —susurró, jalándome adentro con un brazo fuerte alrededor de mi cintura.

Su aroma, mezcla de colonia cara y sudor fresco del gimnasio, me envolvió como un abrazo. Cerró la puerta con un clic que sonó definitivo, y de inmediato sus labios encontraron los míos. Besos urgentes, hambrientos, con ese sabor a tequila reposado que siempre compartíamos. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa ajustada. Él gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi boca.

Nos movimos hacia la sala, tropezando con el sofá de piel suave. La ciudad brillaba afuera por las ventanas enormes, luces neón parpadeando como testigos mudos. Lo empujé contra la pared, mis uñas arañando ligeramente su cuello. Esto es nuestro, pendejo, solo nuestro, pensé, mientras su lengua exploraba mi boca con maestría. El calor entre mis piernas ya era insoportable, un pulso ardiente que demandaba atención.

Acto primero de nuestra noche: la anticipación. Diego me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. Me llevó a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me dejó caer con gentileza, sus ojos oscuros devorándome entera. Vestía un vestido rojo ceñido, elegido para provocarlo, y él lo sabía.

—Quítamelo tú —le ordené, la voz ronca de deseo.

Sus dedos temblorosos bajaron la cremallera, el sonido metálico rasgando el silencio. El vestido cayó, revelando mi lencería negra de encaje, comprada en esa tiendita secreta de Andares. Jadeó, sus manos grandes acariciando mis curvas, desde los hombros hasta las caderas. Tocó mi piel con reverencia, como si fuera porcelana fina. Sentí cada roce como electricidad, pezones endureciéndose al instante bajo el sujetador.

Me incorporé para desabotonar su camisa, besando cada centímetro de pecho que aparecía. Su piel salada en mi lengua, el vello oscuro rizado bajo mis labios. Olía a hombre puro, a esfuerzo y pasión contenida. Bajé los pantalones, liberando su erección dura, palpitante. Qué chingón estás, Diego, pensé, mientras lo tomaba en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada.

Nos tumbamos, cuerpos entrelazados. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando escalofríos por mi espina. Lamía mi clavícula, chupando hasta dejar marcas rosadas que ocultaría mañana. Gemí, arqueándome, mis manos enredadas en su cabello negro revuelto. El aire se llenó de nuestros jadeos, del crujir de la cama, del zumbido lejano del tráfico en López Mateos.

La tensión crecía como una tormenta. Sus dedos se colaron bajo mi panty, encontrando mi humedad.

—Estás chorreando, mi amor —murmuró contra mi piel, voz grave y juguetona.
Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos con ritmo experto. Grité bajito, caderas moviéndose solas, persiguiendo el placer. El sonido húmedo de mi excitación era obsceno, delicioso. Él aceleró, pulgar en mi clítoris, círculos perfectos que me volvían loca.

Pero no quería correrme aún. Lo detuve, rodando para ponerme encima. Besé su torso, bajando lento, torturándolo. Su polla en mi boca, salada y caliente, lo hizo gruñir como animal. La chupé profunda, lengua girando en la cabeza sensible, manos masajeando sus bolas pesadas. Él se retorcía, maldiciendo en voz baja: —Neta, Ana, me vas a matar, güey.

Acto segundo: la escalada. Volví arriba, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. Nuestros ojos se clavaron, diciendo todo sin palabras. Esta pasión prohibida capítulo 31 parte 2 era el clímax de meses de espera, de mensajes codificados, de miradas robadas en fiestas familiares. Mi esposo en un viaje de negocios, su novia imaginaria para despistar. Nada importaba.

Me posicioné, bajando despacio sobre su verga dura. El estiramiento delicioso, llenándome por completo. Ambos gemimos fuerte, un sonido gutural que rebotó en las paredes. Empecé a moverme, vaivén lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus manos en mis nalgas, guiándome, apretando carne suave. El slap slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos.

Aceleré, cabalgándolo como amazona. Pechos rebotando, él los atrapó, chupando pezones con hambre. Mordidas suaves, lamidas que me hacían gritar. ¡Más, cabrón, dame más! pensé, mientras él embestía desde abajo, profundo, golpeando ese punto que me deshacía. El olor a sexo impregnaba la habitación, almizcle dulce de mi arousal mezclado con su esencia masculina. Jadeos entrecortados, maldiciones cariñosas: —¡Qué rico te sientes, pinche diosa!

Cambié de posición, él encima ahora, misionero intenso. Piernas en sus hombros, penetrándome hasta el fondo. Cada estocada un trueno, mi clítoris rozando su pubis. Lágrimas de placer en mis ojos, uñas clavadas en su espalda. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. El clímax se acercaba, tensión en espiral, músculos apretados.

—Córrete conmigo, Ana, neta, no aguanto —gruñó, voz quebrada.

Acto tercero: la liberación. Aceleró, salvaje, posesivo pero tierno. Mi orgasmo explotó primero, olas y olas de éxtasis, paredes contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre. Él siguió, unos embistes más, y se vino dentro, caliente, abundante, marcándome como suyo. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

El afterglow fue puro paraíso. Yacimos ahí, respiraciones calmándose, su cabeza en mi pecho. Acaricié su cabello húmedo, besando su frente. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho, a promesas. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, indiferente.

Esto es más que pasión prohibida, pensé. Es amor, cabrón, amor de verdad. Hablamos susurros, planes para el próximo capítulo, risas sobre lo cerca que estuvimos de ser descubiertos. Su mano trazaba círculos en mi vientre, suave, posesiva. Me sentía empoderada, mujer completa, dueña de mi deseo.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso en curvas y músculos. Besos lentos bajo el chorro, risas cuando el shampoo me entró en los ojos. Salimos envueltos en toallas, pidiendo tacos por app —carnitas con todo, porque en México el sexo pide comida chida.

Comimos en la cama, desnudos, compartiendo bocados, dedos lambidos juguetones. Su mirada, llena de ternura y lujuria renovada, prometía más. Pero esta noche era cierre perfecto. Me vestí a regañadientes, él ayudándome con el vestido, besos en cada cierre.

En la puerta, abrazo final, largo, intenso.

—Hasta el próximo, mi reina. Capítulo 32 te espera.
Bajé las escaleras flotando, el cuerpo zumbando de satisfacción, el alma en paz. Nuestra historia continuaba, prohibida pero imparable, como el pulque que quema dulce en la garganta.

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