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Esmeralda Pimentel en Abismo de Pasión

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Esmeralda Pimentel en Abismo de Pasión

La noche en el rooftop de un lujoso hotel en Polanco ardía con el bullicio de la élite mexicana. Luces neón parpadeaban sobre la ciudad infinita, y el aroma a tequila reposado y jazmín flotaba en el aire cálido. Tú, un productor de cine independiente con ojos que devoraban todo, estabas recargado en la barandilla, sintiendo el viento juguetón rozar tu piel, cuando la viste entrar. Esmeralda Pimentel, la reina de las telenovelas, con un vestido negro ajustado que abrazaba sus caderas como un amante posesivo. Su cabello suelto caía en ondas oscuras, y sus labios rojos prometían pecados inolvidables.

Tus miradas se cruzaron como un rayo. Ella sonrió, esa sonrisa coqueta que había visto mil veces en la tele, pero ahora era real, electrizante. Te acercaste, el corazón latiéndote como tambor en fiesta. Órale, este vato está cañón, pensaste tú, mientras el olor de su perfume, mezcla de vainilla y algo salvaje, te invadía las fosas nasales.

—Qué chido verte aquí, Esmeralda —dijiste, extendiendo la mano. Ella la tomó, su piel suave y cálida enviando chispas por tu espina dorsal.

—Llámame Esme, guapo. ¿Y tú eres...?

—Alejandro. Pero puedes decirme Alex, como quieras.

Charlaron de todo: de rodajes locos en Acapulco, de la adrenalina de las cámaras, de cómo la vida real supera cualquier guion. Ella reía, un sonido ronco y sensual que vibraba en tu pecho. Cada roce accidental —su mano en tu brazo, tu dedo rozando su copa— avivaba la tensión. El deseo crecía lento, como el calor de un buen mezcal bajando por la garganta.

Este hombre me prende como nadie. Quiero sentir sus manos por todo mi cuerpo, perderme en él, pensó Esmeralda, mordiéndose el labio mientras te miraba de reojo.

La fiesta seguía, pero para ustedes el mundo se reducía a esa burbuja. Bailaron pegados, sus senos rozando tu torso, el sudor perlado en su cuello brillando bajo las luces. Sentías el latido de su corazón acelerado contra el tuyo, el roce de sus muslos contra los tuyos. No seas pendejo, te dijiste, invítala a irte.

—¿Vamos a algún lado más privado? —preguntaste, voz ronca.

Ella asintió, ojos brillantes de promesas. —Sí, llévame. Quiero un abismo de pasión de verdad.

En el elevador a su suite presidencial, no aguantaron. Sus labios chocaron contra los tuyos, urgentes, hambrientos. Sabían a margarita y fuego, su lengua danzando con la tuya en un duelo delicioso. Tus manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo la tela delgada. Ella gimió bajito, un sonido que te endureció al instante. El ding del elevador los separó, jadeantes, riendo como chiquillos traviesos.

La puerta de la suite se cerró con un clic suave. La habitación era un paraíso: cama king size con sábanas de seda negra, vistas panorámicas de la Reforma iluminada, velas aromáticas esparciendo olor a canela y deseo. Esmeralda te empujó contra la pared, desabotonando tu camisa con dedos ansiosos. —Qué rico hueles, carnal —susurró, lamiendo tu cuello, saboreando la sal de tu piel.

Tú no te quedaste atrás. Bajaste el zipper de su vestido, que cayó como cascada revelando un conjunto de encaje rojo que apenas contenía sus pechos perfectos. Los besaste, chupando un pezón endurecido, sintiendo su textura aterciopelada en la lengua. Ella arqueó la espalda, gimiendo fuerte: —¡Ay, sí, así! Me traes loca, pendejito sexy.

La cargaste a la cama, sus piernas envolviéndote la cintura. El colchón se hundió bajo su peso, y el aire se llenó del aroma almizclado de su excitación. Le quitaste las bragas despacio, admirando su concha depilada, ya húmeda y reluciente. Estás chingona, murmuraste, antes de hundir la cara entre sus muslos. Tu lengua exploró sus pliegues, saboreando su néctar dulce y salado, lamiendo su clítoris hinchado. Ella se retorcía, uñas clavándose en tu cuero cabelludo, jadeos convirtiéndose en gritos: —¡No pares, cabrón! ¡Más fuerte!

El build-up era exquisito, tortuoso. Tus dedos se unieron a la fiesta, curvándose dentro de ella, rozando ese punto que la hacía temblar. Su cuerpo se tensaba, pulsos acelerados latiendo contra tu boca.

Esmeralda Pimentel en abismo de pasión, eso soy yo ahora, cayendo sin frenos, pensó, mientras el orgasmo la barría como ola en Playa del Carmen.
Gritó tu nombre, jugos inundando tu barbilla, cuerpo convulsionando en éxtasis puro.

Pero no era el fin. Te quitaste la ropa rápido, tu verga dura y palpitante saltando libre. Ella la miró con hambre, arrodillándose para mamártela. Sus labios la envolvieron, calientes y húmedos, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. Sentías el calor de su boca, el roce de sus dientes juguetones, sus manos masajeando tus huevos. Qué chido, reina, gemiste, cogiéndole el pelo suave.

La tumbaste boca arriba, posicionándote entre sus piernas abiertas. Entraste lento, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolverte como guante de terciopelo. —¡Qué grande, amor! Lléname —suplicó ella, caderas subiendo a tu encuentro. Empezaste a bombear, primero suave, saboreando cada embestida, el slap de piel contra piel, sus gemidos mezclándose con los tuyos. El sudor los unía, resbaloso y caliente.

La intensidad creció. La volteaste a cuatro patas, admirando su culo redondo, dándole nalgadas suaves que la hacían jadear de placer. Entraste profundo, golpeando su próstata interna, manos en sus tetas rebotando. —¡Cógeme duro, Alex! ¡Hazme tuya! —gritaba, empalándose en ti. El cuarto olía a sexo crudo, a pasión desatada. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, pechos saltando, cabello azotando tu cara. Sus paredes internas te ordeñaban, llevándote al borde.

El clímax llegó como terremoto. Tú primero, gruñendo, llenándola con chorros calientes que la hicieron contraerse. Ella lo siguió, orgasmo múltiple sacudiéndola, uñas arañando tu pecho, grito ahogado en tu boca. Colapsaron juntos, entrelazados, pulsos sincronizados latiendo fuerte. El afterglow era dulce: besos perezosos, caricias en la piel empapada, risas compartidas.

Acostados, mirando las estrellas urbanas por la ventana, ella trazó círculos en tu pecho. —Esto fue mejor que cualquier telenovela. Esmeralda Pimentel en abismo de pasión, como si fuera el título de mi vida ahora.

Tú sonreíste, oliendo su cabello. —Y yo quiero la secuela, preciosa.

Durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de sus cuerpos resonando en la noche mexicana. Mañana vendrían más rodajes, más luces, pero esta pasión era suya, eterna en el abismo.

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