La Pasión Ardiente en Iztapalapa
Las calles de Iztapalapa vibraban con el ajetreo del atardecer, ese calor pegajoso que se te pega a la piel como un amante insistente. Yo, Ana, caminaba por el mercado de la colonia Agrícola, con el olor a elotes asados y chiles rellenos flotando en el aire, mezclándose con el sudor de la gente y el humo de los taqueros. Tenía veintiocho años, curvas que no disimulaba con mi falda ajustada y blusa escotada, y un pinche día de mierda en la oficina que me tenía harta. Pero algo en el ambiente me hacía sentir viva, como si la ciudad misma me estuviera coqueteando.
Ahí lo vi. Marco, con su camiseta negra pegada al pecho musculoso por el sudor, vendiendo artesanías en un puesto improvisado. Sus ojos cafés profundos se clavaron en los míos mientras yo pasaba fingiendo interés en unas pulseras. Chingao, qué güey tan perrón, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur. Me acerqué, oliendo su colonia barata mezclada con hombre puro, ese aroma terroso que te hace mojar sin permiso.
—Órale, preciosa, ¿te late alguna? —me dijo con esa sonrisa pícara, voz grave como el retumbar de un tambor en las fiestas patronales.
Le seguí la corriente, compré una pulsera de jade falso y charlamos. Resulta que era carnal de un amigo mío del barrio, carpintero de oficio, treinta y pico, soltero y con un tatuaje de águila en el brazo que pedía a gritos que lo lamieras. La plática fluyó como tequila en sobremesa: de la vida en Iztapalapa, de cómo la pasión aquí te agarra desprevenido, de esas noches en que el calor te hace soñar con cuerpos enredados. Sentí su mirada recorriéndome las tetas, y yo la mía bajando a ese bulto que ya se marcaba en sus jeans.
La pasión en Iztapalapa no avisa, te cae encima como tormenta de verano, me dije, el pulso acelerándose.
Al rato, me invitó a unas cheves en su taller cerca del Cerro de la Estrella. No lo pensé dos veces. Caminamos juntos, rozándonos los brazos "sin querer", el sol poniéndose tiñendo todo de rojo pasión. Su taller era chido: herramientas oliendo a metal y madera fresca, un colchón viejo en una esquina que gritaba úsame. Sacó unas coronas frías de la hielera, chocamos botellas y el frío del vidrio contra mi palma caliente me erizó la piel.
—Sabes, Ana, en este barrio la gente se guarda mucho, pero cuando explota... uf —dijo, acercándose tanto que sentí su aliento con sabor a cerveza y menta en mi cuello.
Lo miré fijo, el corazón latiéndome en la concha. Ya valió, hoy me lo chingo. Le puse la mano en el pecho, sintiendo los pectorales duros bajo mis dedos, el latido fuerte como tambores de concheros. Él no se hizo de rogar: me jaló de la cintura, labios chocando en un beso hambriento. Su lengua invadió mi boca, saboreando a sal y deseo, mientras sus manos grandes me amasaban las nalgas por encima de la falda. Gemí bajito, el sonido perdido en su boca, el mundo reduciéndose a ese taller caluroso.
Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis chichis al aire, pezones duros como piedras. Los chupó con hambre, succionando fuerte, tirando con los dientes lo justo para doler rico. Yo arqueé la espalda, oliendo su pelo mojado de sudor, mis uñas clavándose en su espalda. Puta madre, qué bien mama este cabrón, pensé, las piernas temblándome. Bajé la mano a su verga, dura como fierro dentro del pantalón, la apreté y él gruñó contra mi piel, vibración que me recorrió entera.
Lo empujé al colchón, quitándole la ropa con dientes y manos. Su cuerpo era un mapa de músculos trabajados, piel morena brillando de sudor, verga gruesa erguida pidiendo guerra. Me arrodillé, oliendo ese musk masculino que me volvía loca, lamí la punta despacio, saboreando la gota salada de pre-semen. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo: —¡Así, mi reina, chúpamela rica! —Lo hice, tragándomela hasta la garganta, sintiendo las venas pulsando contra mi lengua, sus bolas pesadas en mi mano.
Pero quería más. Me quité la tanga empapada, montándome en él a horcajadas. Su verga rozó mi raja húmeda, resbalosa de jugos, y nos miramos con esa complicidad de animales en celo. —Métemela ya, Marco, no mames —le rogué, voz ronca. Él embistió de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Grité, el dolor placer mezclándose, paredes de mi coño apretándolo como guante.
Nos movimos en ritmo frenético, piel contra piel chapoteando sudor, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sus manos en mis caderas guiándome, yo rebotando fuerte, tetas saltando, pezones rozando su pecho velludo. El olor a sexo crudo llenaba el taller: mi humedad, su sudor, madera y metal. Gemía su nombre, él el mío, palabras sucias saliendo solas: —¡Qué rica verga tienes, pinche semental! —¡Córrete en mi verga, Ana, dame todo!
La tensión crecía como volcán, mi clítoris frotándose contra su pubis con cada bajada, chispas de placer subiendo por mi espina. Sentía su verga hinchándose más, palpitando dentro, y supe que estaba cerca.
Esto es la pasión en Iztapalapa pura, cruda, sin frenos, flash en mi mente mientras el orgasmo me partía en dos. Grité largo, coño convulsionando ordeñándolo, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, clavándome profundo, semen caliente inundándome, chorros y chorros hasta rebosar.
Colapsamos enredados, pechos agitados, piel pegajosa de fluidos y sudor enfriándose al aire nocturno. Su mano acariciaba mi espalda perezosa, besos suaves en mi frente. Afuera, Iztapalapa seguía su fiesta: risas lejanas, música de cumbia retumbando, cohetes estallando como ecos de nuestro clímax.
—Eso estuvo chingón, carnal —murmuró él, voz satisfecha.
Yo sonreí, cuerpo lánguido, corazón lleno. En este barrio, la pasión te encuentra cuando menos te lo esperas, y te deja marcado para siempre. Nos quedamos así un rato, hablando pendejadas, planeando la próxima. Porque en Iztapalapa, una vez que prende la chispa, el fuego no se apaga fácil.