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Pasión Cap 53 El Reencuentro Prohibido

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Pasión Cap 53 El Reencuentro Prohibido

El sol de Cancún se ponía como un fuego naranja sobre el mar Caribe, tiñendo las olas de un brillo que parecía prometer secretos. Ana caminaba por la playa del resort, con la arena caliente aún quemándole las plantas de los pies a pesar del atardecer. Llevaba un bikini rojo que abrazaba sus curvas como una segunda piel, y el viento salado le revolvía el cabello negro hasta la cintura. Hacía meses que no veía a Javier, su ex que en realidad nunca dejó de ser su todo. Pasión Cap 53, pensó, como si su vida fuera una novela erótica serializada, y este fuera el capítulo donde todo explotaba de nuevo.

Lo vio de lejos, recostado en una hamaca, con el torso moreno brillando de sudor y aceite, los músculos definidos por años de surfear esas mismas olas. Sus ojos cafés la atraparon al instante, como siempre. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, ese que subía hasta sus pechos y se instalaba entre sus piernas. Neta, wey, ¿por qué me pones así todavía?, se dijo, acelerando el paso.

¡Ana, mi reina! ¿Qué pedo, carnala? Pensé que no venías
, gritó él, levantándose con esa sonrisa pícara que la desarmaba.

Ella se acercó, oliendo su aroma a sal, coco y hombre. Sus cuerpos se rozaron en un abrazo que duró demasiado, las manos de Javier bajando por su espalda hasta rozar el borde de sus nalgas. El corazón de Ana latía como tamborazo en una fiesta de pueblo.

—Vine por ti, pendejo. No mames, ¿creíste que te iba a dejar ir tan fácil?

Se sentaron en la hamaca, con cervezas frías en la mano, hablando de todo y nada. El sol se hundió, dejando un cielo estrellado que parecía cómplice. Javier le contó de sus viajes por la Riviera Maya, ella de su trabajo en la CDMX, pero entre líneas, la tensión crecía. Sus rodillas se tocaban, y cada roce era eléctrico. Ana sentía el calor de su piel, el pulso acelerado bajo la yema de sus dedos cuando le acomodó un mechón de pelo.

Quiero besarte ya, cabrón, pensó ella, mordiéndose el labio. Pero esperó, dejando que la noche los envolviera con su brisa húmeda y el sonido rítmico de las olas rompiendo en la orilla.

La cena en el restaurante del resort fue un juego de miradas y pies entrelazados bajo la mesa. Javier pedía tacos de mariscos con esa voz ronca que le erizaba la piel, y Ana respondía con risas que ocultaban su deseo creciente. El vino tinto sabía a frutas maduras y promesas, calentándole la sangre. Cuando bailaron salsa en la terraza, sus cuerpos se pegaron como imanes. Las caderas de él contra las de ella, el sudor mezclándose, el ritmo de la música guiando sus movimientos como un amante invisible.

Siempre has sido mi debilidad, Ana. Tu culo bailando así me vuelve loco
, le susurró al oído, su aliento caliente contra su cuello.

Ella giró, presionando sus pechos contra su pecho duro. Siento tu verga dura contra mí, qué chido. Sus manos exploraron bajo la camisa de él, sintiendo los abdominales contraídos, el vello áspero que le raspaba las palmas. La música subió de volumen, pero su mundo se reducía a ese roce, al olor almizclado de su excitación mezclándose con el jazmín del jardín.

Subieron a la suite en silencio, el ascensor oliendo a su perfume y anticipación. Apenas cerraron la puerta, Javier la empujó contra la pared, besándola con hambre. Sus labios eran suaves pero urgentes, la lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y sal. Ana gimió, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros. Él bajó las manos, desatando el bikini, liberando sus senos llenos que él devoró con besos húmedos, chupando los pezones hasta endurecerlos como piedras.

Qué rico sabes, mi amor. Tus tetas son perfectas
, murmuró, mientras ella le bajaba el short, liberando su verga gruesa y palpitante. La tomó en la mano, sintiendo su calor, las venas hinchadas, el líquido preseminal que la lubricaba. Es tan grande, neta lo extrañé.

Se tumbaron en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y lavanda. Javier besó su vientre, bajando lento, torturándola con la barba raspando su piel sensible. Llegó a su concha, ya mojada, hinchada de deseo. Lamida tras lamida, su lengua experta explorando los pliegues, succionando el clítoris con maestría. Ana jadeaba, las caderas elevándose, el sonido de su boca chupando obsceno y delicioso en la habitación iluminada por velas.

¡Ay, Javier, no pares! Me vengo, cabrón
.

El orgasmo la sacudió como una ola gigante, su cuerpo temblando, el sabor salado de su propia excitación en el aire. Pero no pararon. Ella lo volteó, montándolo a horcajadas, guiando su verga dentro de ella. Lentamente al principio, sintiendo cada centímetro estirándola, llenándola. Qué gusto, tan profundo. Empezó a cabalgar, los senos rebotando, sus gemidos mezclándose con los gruñidos de él. Javier la agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano para más placer.

La intensidad subió. Él la puso a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada, el sonido de carne contra carne resonando, sus bolas golpeando su clítoris. Sudor goteando, olores a sexo puro impregnando todo. Ana gritaba de placer, esto es pasión cap 53, el clímax perfecto, mientras él la volteaba de nuevo, mirándola a los ojos, penetrándola profundo en misionero. Sus cuerpos sincronizados, pulsos latiendo al unísono.

Vente conmigo, Ana. Lléname de ti
.

El segundo orgasmo la partió en dos, contracciones apretando su verga, ordeñándolo. Javier se corrió con un rugido, chorros calientes inundándola, su semen espeso mezclándose con sus jugos. Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas, corazones galopando. El aire olía a ellos, a pasión consumada.

Después, en la afterglow, se ducharon bajo la lluvia tropical de la regadera, jabón de coco resbalando por sus cuerpos. Javier la enjabonó con ternura, besos suaves en la nuca. Esto no es solo sexo, es nuestro, pensó Ana, mientras se secaban con toallas mullidas.

En la cama, envueltos en las sábanas, hablaron del futuro. No más rupturas tontas, promesas susurradas con la luna entrando por la ventana. Javier le acarició el cabello, ella apoyó la cabeza en su pecho, oyendo su corazón calmarse.

Pasión Cap 53 termina así, pero hay más capítulos, mi vida
, dijo él, riendo bajito.

Ana sonrió, sabiendo que era verdad. El deseo no se acababa; solo se transformaba, listo para el siguiente encuentro. La noche los arrulló con olas lejanas, y durmieron entrelazados, satisfechos, completos.

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