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Abismo de Pasión Braulio

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Abismo de Pasión Braulio

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de las cabañas playeras. El aire cálido me rozaba la piel como una caricia prometedora, y el sonido de las olas rompiendo contra la arena me hacía sentir viva, lista para soltarme. Yo, Karla, acababa de llegar de un viaje sola, buscando esa chispa que me había faltado en la rutina de la Ciudad de México. El bar al aire libre estaba lleno de risas, copas tintineando y un mariachi lejano que tocaba rancheras con pasión desbordada.

Allí lo vi por primera vez. Braulio. Alto, con la piel morena brillando bajo las luces de neón, su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos negros me atraparon como un imán, profundos, como un abismo de pasión que invitaba a caer sin red. Me servía un tequila reposado en el bar, con una sonrisa pícara que hacía que mi estómago diera un vuelco. "¿Qué le pongo, preciosa?", me dijo con esa voz grave, ronca, que vibraba en mi pecho.

"Lo que me haga olvidar el mundo, guapo", respondí, sintiendo ya el calor subiendo por mis mejillas. Neta, ¿qué me pasaba? Yo no era de las que ligan así de rápido, pero algo en él me desarmaba. Hablamos mientras el hielo se derretía en mi vaso. Era pescador de día, bartender de noche, originario de aquí mismo, con historias de tormentas en alta mar y amores que se iban con la marea. Su risa era contagiosa, profunda, como el trueno lejano.

Este wey es peligro puro, Karla. Pero qué chingón peligro.

La tensión crecía con cada sorbo. Sus dedos rozaron los míos al pasarme la lima, un toque eléctrico que me erizó la piel. Olía a mar, a sudor limpio y a esa colonia barata que volvía loco. Bailamos salsa bajo las estrellas, su mano firme en mi cintura, guiándome con maestría. Sentía su aliento caliente en mi cuello, su cuerpo pegado al mío, duro, listo. "Eres fuego, Karla", murmuró, y yo solo pude apretarme más contra él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre.

La primera noche no pasó de besos robados en la playa. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a tequila y sal. Me devoraba la boca mientras sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gemí bajito, el corazón latiéndome como tambor. Pero nos separamos, jadeantes, prometiendo más. "Mañana, en mi cabaña", dijo, y yo asentí, perdida ya en ese abismo de pasión Braulio.

Al día siguiente, el sol ardía sobre la arena blanca. Caminé descalza hasta su choza de palapas, el corazón en la garganta. Él me esperaba en la puerta, sin camisa, solo con shorts holgados que no ocultaban su paquete generoso. "Pasa, mi reina", dijo, jalándome adentro. El interior era fresco, con hamacas colgando y velas de coco encendidas que llenaban el aire de un aroma dulce, embriagador.

Nos sentamos en la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Hablamos de todo y nada: de cómo el mar te enseña a soltar, de mis sueños de libertad. Pero la mirada de Braulio ardía, devorándome. Se acercó lento, su mano en mi muslo desnudo bajo la falda corta. "Te quiero desde anoche", confesó, su voz temblando de deseo. Yo lo besé primero esta vez, feroz, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sentí su lengua trazando caminos de fuego hasta mis pechos. Me quité la blusa con prisa, liberando mis tetas firmes. Él las tomó en sus manos callosas, del mar, chupando un pezón con hambre mientras pellizcaba el otro. ¡Qué rico, cabrón! gemí, arqueándome. El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con mis jadeos. Olía a su excitación, ese almizcle macho que me mojaba entre las piernas.

No pares, Braulio. Llévame al fondo de ese abismo.

Me recostó despacio, besando mi vientre, lamiendo el ombligo. Sus manos subieron mi falda, bajando mis tangas con dientes. "Estás chingona mojada, Karla", gruñó, oliendo mi concha antes de probarla. Su lengua era experta, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, luego rápidos, metiendo dos dedos gruesos que me abrían como olas. Saboreaba mis jugos con deleite, gimiendo contra mi carne. Yo me retorcía, agarrando las sábanas, el placer subiendo como marea alta. "¡Sí, así, pendejo delicioso!", grité, y él rio contra mí, vibrando todo.

Quería corresponder. Lo empujé sobre la cama, quitándole los shorts. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza roja brillando de precum. Olía a hombre puro, excitante. La tomé en mi mano, masturbándola lento mientras lo miraba a los ojos. "Eres enorme, Braulio". La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal, chupando las bolas pesadas. Él gruñía, sus caderas empujando, follándome la boca con cuidado. El sonido de mi saliva y su piel chocando era hipnótico.

La tensión era insoportable. "Fóllame ya", supliqué, montándome sobre él. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué estirada! Gemí fuerte, sintiendo cada vena pulsando dentro. Cabalgaba lento al principio, sintiendo su grosor rozar mis paredes, sus manos en mis caderas guiándome. El sudor nos unía, resbaloso, el aire cargado de nuestro olor a sexo.

Él se incorporó, volteándome de perrito. Sus embestidas eran profundas, salvajes, el slap-slap de su pelvis contra mi culo resonando. Me jalaba el pelo suave, azotándome la nalga con palmadas que ardían delicioso. "¡Eres mía, Karla! ¡En este abismo de pasión Braulio!", rugió, y yo exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él siguió, gruñendo como bestia, hasta que se corrió dentro, caliente, abundante, marcándome.

Caímos exhaustos, su cuerpo pesado sobre el mío, nuestros pechos agitados. El afterglow era perfecto: suaves besos perezosos, risas compartidas. Olía a nosotros, a sexo consumado, a jazmines y mar. "Quédate esta noche", murmuró, acariciando mi espalda. Yo sonreí, sintiendo paz en sus brazos fuertes.

Pasamos días así, enredados en hamacas, follando al amanecer con el sol pintando nuestras pieles. Cada roce era fuego renovado, cada mirada un llamado al abismo. Braulio me enseñó a surfear, sus manos en mi cuerpo corrigiendo posturas que terminaban en besos salados. Noches de tequila y cuentos, donde su voz me mecía al sueño.

Este hombre no es solo pasión, es hogar en forma de olas.

Pero la vida llama. Regresé a la ciudad con el corazón lleno, promesas de visitas. Ahora, en mi cama solitaria, recuerdo su tacto, su sabor, ese abismo de pasión Braulio que me cambió. Sonrío, sabiendo que volveré. Porque el deseo verdadero no se apaga, solo espera la siguiente marea.

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