Pasion de Gavilanes Capitulo 114 Fuego en la Carne
La noche en la Ciudad de México caía como un manto pesado y húmedo, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Tú estabas recostada en el sofá de tu departamento en la Roma, con las piernas cruzadas sobre las de él, tu carnal, Alex. El aire olía a tacos de la esquina y a jazmín del balcón, mezclado con el sudor ligero que ya perlaba tu piel. La tele zumbaba bajito, y acababan de sintonizar Pasion de Gavilanes capitulo 114. Órale, qué chido, pensaste, porque esa novela siempre te ponía la piel chinita con sus dramas de amores imposibles y venganzas calientes.
En la pantalla, los hermanos Reyes se miraban con ojos de fuego, la tensión sexual saltando como chispas. Gaviota, con su falda ceñida, se acercaba a Franco, y tú sentiste un cosquilleo en el estómago.
¿Por qué carajos esta novela siempre me prende tanto?te dijiste, mientras tu mano rozaba sin querer el muslo de Alex. Él, con su playera ajustada que marcaba los pectorales, volteó a verte con esa sonrisa pícara, de esas que dicen ya valió madres, nena.
"¿Qué onda, mi reina? ¿Ya te calentaste con esta pasión de gavilanes?" murmuró él, su voz ronca como el tráfico de Insurgentes a las diez. Su aliento cálido te llegó al cuello, oliendo a chela Corona y a menta del chicle. Tú reíste bajito, sintiendo cómo tu cuerpo respondía, el calor subiendo desde el vientre. "Neta, Alex, este capitulo 114 está para morirse. Mira cómo se comen con los ojos."
La escena avanzaba: besos robados en la hacienda, manos que exploraban curvas prohibidas. Tú sentiste su dedo trazando círculos en tu rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. El roce era eléctrico, como si tu piel estuviera viva, erizada. El sonido de la novela —gemidos ahogados, música de ranchera sensual— se mezclaba con tu respiración que se aceleraba. Pum pum, tu corazón latía fuerte, y entre las piernas sentías esa humedad traicionera empezando a formarse.
Acto primero de la noche: la chispa. Alex te jaló hacia él, su boca capturando la tuya en un beso que sabía a deseo puro. Lenguas danzando, húmedas y urgentes, el sabor salado de su piel cuando mordisqueaste su labio inferior. "Ven pa'cá, mamacita", gruñó, y tú te subiste a horcajadas sobre sus caderas, sintiendo su verga ya dura presionando contra tu short de algodón. El sofá crujió bajo el peso, y el olor de su excitación —ese almizcle macho— te invadió las fosas nasales.
Pero no era solo físico. En tu mente, las imágenes de Pasion de Gavilanes se entretejían con lo tuyo.
Como si fuéramos ellos, prohibidos, ardientes, sin freno. Tus pechos se apretaban contra su torso, los pezones endurecidos rozando la tela, enviando ondas de placer directo al clítoris. Él metió las manos por debajo de tu blusa, palmas callosas —de tanto gym y trabajo en obra— masajeando tus tetas con esa rudeza tierna que te volvía loca. "Qué ricas estás, wey", jadeó, pellizcando un pezón hasta hacerte arquear la espalda.
La tensión crecía como tormenta en el DF. Tú bajaste las manos a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos. El sonido del metal —clic— fue como un disparo de salida. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. La tocaste, piel aterciopelada sobre acero, y él gimió profundo, un sonido gutural que vibró en tu pecho. Quiero devorarlo, pensaste, mientras lamías la punta, saboreando esa sal amarga que te hacía salivar más.
Él no se quedó atrás. Te quitó el short de un tirón, exponiendo tu panocha depilada, ya empapada. "Mira nada más qué chingona", dijo, hundiendo dos dedos en ti. El squish húmedo de tu excitación llenó el cuarto, junto con tu primer gemido agudo. Los movía en círculos, rozando ese punto que te hace ver estrellas, mientras su pulgar jugaba con tu clítoris hinchado. El placer era una ola creciente, tus caderas moviéndose solas, follando su mano. Sudor corría por tu espalda, goteando entre los senos, y el aire se cargaba de ese olor inconfundible a sexo: almizcle, fluidos, piel caliente.
En el medio del acto, la novela seguía de fondo, ahora en un clímax dramático, pero ya nadie la veía. Tus pensamientos eran un torbellino:
Esto es mejor que cualquier pasion de gavilanes, neta, esto es nuestra pasión. Alex te volteó boca abajo en el sofá, su cuerpo cubriéndote como una manta viva. Besos en la nuca, mordidas en el hombro que dolían rico. Su verga se frotaba entre tus nalgas, untándose de tus jugos, prometiendo invasión. "¿Me la quieres adentro, mi amor?" preguntó, voz entrecortada. "¡Sí, cabrón, métemela ya!" exigiste, empujando el culo contra él.
Entró de un embiste lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena, cada pulso, llenándote hasta el fondo. El dolor placer inicial se convirtió en éxtasis puro cuando empezó a bombear, fuerte y profundo. Plap plap plap, piel contra piel, el sofá temblando, tus gemidos mezclándose con los suyos. "¡Qué apretadita, pinche diosa!" rugía él, una mano en tu cadera, la otra enredada en tu pelo, jalando para arquearte más. Tú sentías el orgasmo construyéndose, como un volcán en Popocatépetl, cada roce de su glande en tu G-point enviando chispas.
La intensidad subía: giró tu cuerpo, ahora misionero, piernas sobre sus hombros para penetrarte más hondo. Sus ojos clavados en los tuyos, sudor goteando de su frente a tu boca —tú lo lamiste, salado y adictivo. El cuarto olía a sexo puro, a corrida inminente. Tus uñas arañaban su espalda, dejando marcas rojas, y él aceleraba, gruñendo como fiera.
Ven conmigo, mi rey, hazme tuya en esta pasion desbocada.
El clímax llegó como trueno. Tú primero, el mundo explotando en blanco, paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando todo. "¡Me vengo, Alex, ay Dios!" gritaste, cuerpo convulsionando. Él te siguió segundos después, hinchándose dentro, eyaculando caliente y espeso, pintando tus entrañas. Gemidos roncos, temblores compartidos, hasta que colapsaron juntos, jadeantes.
El afterglow fue dulce, como postre de cajeta. Él se quedó adentro, suave ahora, besándote la frente. La tele seguía con créditos de Pasion de Gavilanes capitulo 114, pero ya daba igual. Tú acariciaste su mejilla, sintiendo la barba incipiente raspar tu palma. "Qué chingón estuvo eso, mi vida", murmuraste, el cuerpo lánguido, satisfecho. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, secando el sudor, y en tu mente, una paz profunda: esto era amor real, pasión viva, sin novelas que lo igualen.
Se levantaron despacio, riendo por el desmadre en el sofá. Una ducha juntos, agua caliente lavando restos, manos explorando de nuevo pero tiernas. En la cama, envueltos en sábanas frescas, su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón calmarse.
Capitulo 114 de nuestra vida, el mejor hasta ahora. Y así, con su ronquido suave y el aroma de su piel en tus sueños, la noche cerró perfecta.