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Personajes del Diario de una Pasion

7059 palabras

Personajes del Diario de una Pasion

Era una noche calurosa en la Condesa, de esas que te pegan el vestido al cuerpo con el sudor y te hacen antojarte de algo fresco, algo que te quite el calor de adentro. Yo, Ana, sentada en mi balconcito con vista a los árboles iluminados, tomé mi libreta nueva. Diario de una pasión, le escribí en la primera página con letra cursiva, como si fuera un secreto que nadie más iba a leer. Neta, llevaba meses sin acción, trabajando como loca en la agencia de publicidad, rodeada de pendejos que no me prendían ni tantito. Pero esa noche, algo me dijo que iba a cambiar.

Me puse un vestido negro ajustado, tacones que me hacían sentir diosa, y salí al bar de la esquina, el que siempre tiene música ranchera moderna y chelas heladas. El aire olía a tacos al pastor y a jazmín de los jardines. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con barba de tres días y ojos que te desnudan con una mirada. Estaba con unos cuates, riendo fuerte, con una camisa blanca que se le pegaba al pecho sudado. Órale, carnal, pensé, este güey es de los personajes que merecen estar en mi diario de una pasión.

Me acerqué a la barra, pedí un michelada con sal gruesa y limón bien exprimido. Él se dio cuenta al instante, se paró a mi lado y dijo: "¿Qué hace una chava tan chida sola por acá?" Su voz era grave, como ronroneo de motor. Le sonreí, juguetona: "Buscando inspiración para mi diario". Charlamos de todo: de la ciudad que no duerme, de cómo el tráfico te hace odiar la vida, de sueños locos. Su mano rozó la mía al pasarme la sal, y sentí un chispazo, como corriente eléctrica bajando por mi espina.

Primer personaje: Diego, el que huele a colonia barata y deseo puro. Hoy solo platicamos, pero ya me imagino sus manos en mi piel.

Al día siguiente, me mandó mensaje: "¿Café? No mames, no puedo dejar de pensar en tus ojos". Quedamos en una cafetería en Roma, con aroma a café de chiapas recién molido y pan dulce calentito. Llevaba jeans que le marcaban todo y una sonrisa pícara. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa. Hablaba con las manos, gesticulando, y cada vez que se reía, su aliento cálido me llegaba al cuello. Neta, Ana, contrólate, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba: pezones duros contra el bra, un calorcito entre las piernas que me hacía cruzarlas fuerte.

La plática escaló rápido. "¿Qué escribes en ese diario tuyo?", preguntó, inclinándose. Le conté un poquito, de mis fantasías, de cómo los personajes del diario de una pasión son los que me hacen vibrar. Él se mordió el labio: "Pues yo quiero ser uno, carnala. Uno principal". Salimos caminando por las calles empedradas, el sol pegando duro, sudor perlando su frente. De repente, en un callejón sombreado, me jaló contra la pared. Su boca en la mía, urgente, lengua explorando, sabor a café y menta. Sus manos en mi cintura, bajando a mis nalgas, apretando firme. Gemí bajito, el corazón latiéndome en la garganta, el mundo reduciéndose a su cuerpo duro contra el mío.

Pero nos frenamos, riendo nerviosos. "No aquí, pendejo", le dije, jadeando. "Vamos a mi depa", propuso. Llegamos a su lugar en Polanco, un loft chido con ventanales enormes, vista al skyline, olor a madera y sándalo de su vela encendida. Puso música, algo de Natalia Lafourcade suave, y nos servimos tequilas reposados, el líquido quemando dulce la garganta.

Segundo día con Diego. Sus besos saben a promesas. Mañana lo invito a mi cama. Este personaje va a protagonizar mi diario de una pasión por semanas.

La tensión creció como tormenta. Nos besamos sentados en el sofá de piel suave, sus dedos enredados en mi pelo, tirando suave para arquear mi cuello. Lamía mi piel, mordisqueando el lóbulo de la oreja, enviando ondas de placer directo a mi centro. "Te quiero toda", murmuró, voz ronca. Le quité la camisa, admirando su torso definido, vello oscuro bajando al ombligo. Mis uñas rasguñaron su espalda, sintiendo músculos tensos bajo la piel caliente.

Me cargó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi vientre, bajando lento. El aroma de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Sus labios en mis muslos internos, lengua trazando círculos cada vez más cerca. Cuando llegó a mi clítoris, chupó suave, alternando con lamidas largas. "¡Ay, güey, no pares!", grité, arqueándome, manos en su cabeza, empujándolo más. Dos dedos dentro, curvados, tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mi panocha, mis gemidos altos, su respiración agitada: todo un concierto erótico.

Lo volteé, queriendo mi turno. Su verga dura, gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La olí, a hombre puro, y la lamí desde la base, saboreando la gota salada en la punta. La chupé profundo, garganta relajada, mirándolo a los ojos. Él gruñía: "Eres una diosa, Ana, neta". Lo monté despacio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El roce interno, su pubis contra mi clítoris, perfecto. Cabalgaba fuerte, pechos rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él me sujetaba las caderas, embistiendo arriba, piel contra piel chapoteando.

La intensidad subió. Cambiamos: yo de perrito, él atrás, una mano en mi pelo, la otra en mi clítoris. Cada estocada profunda, golpeando mi culo, ondas de placer acumulándose. "Ven conmigo, mi reina", jadeó. El orgasmo me explotó, contracciones fuertes ordeñándolo, grito ahogado en la almohada. Él se corrió segundos después, caliente dentro, cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos abrazados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. El cuarto olía a sexo, a nosotros. Besos suaves en la frente, caricias perezosas. "Eres el mejor personaje del diario de una pasión que he escrito", le susurré, riendo bajito.

Fin del tercer día. Diego no es solo un polvo; es fuego que prende mi alma. ¿Cuánto durará esta historia? Ojalá para siempre.

Despertamos enredados, sol filtrándose por las cortinas. Preparamos desayuno: chilaquiles con huevo y crema, café negro humeante. Hablamos de futuro, de viajes a la playa en Oaxaca, de noches como esta. No era solo físico; había conexión, risas, miradas que decían todo. Salimos a caminar por el parque, manos entrelazadas, el mundo más vivo, colores más brillantes.

Semanas después, mi libreta rebosaba páginas. Diego, el protagonista indiscutible, pero con cameos de recuerdos pasados. Cada noche, al escribir, revivía sensaciones: el sabor de su piel salada, el pulso acelerado bajo mi palma, gemidos compartidos en la oscuridad. Esta pasión no era fugaz; era profunda, como raíces en tierra fértil mexicana.

Y así, entre personajes del diario de una pasión, encontré no solo placer, sino un amor que ardía lento y eterno.

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