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Crimen Pasional o Feminicidio de Placer

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Crimen Pasional o Feminicidio de Placer

La noche en el penthouse de Polanco era un remolino de luces neón desde el Paseo de la Reforma. El aire olía a jazmín del jardín colgante y a tequila reposado en los vasos de cristal tallado. Yo, Laura, me recargaba en la barandilla del balcón, con mi vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo. Alejandro me observaba desde el sofá de cuero, sus ojos oscuros ardiendo con esa mezcla de celos y deseo que siempre nos encendía.

¿Por qué carajos me mira así?, pensé, sintiendo el pulso acelerado en mi cuello. Habíamos cenado en un restaurante chido de la colonia, con langosta y mariscos frescos, pero en el camino de regreso, él había soltado lo de siempre: "Ese wey del trabajo te comía con los ojos, nena". Yo reí, pero adentro bullía la chispa. No era pendeja para aguantar reclamos tontos, pero neta, esa tensión me ponía caliente.

Entré al balcón, mis tacones resonando en el mármol pulido. El viento jugaba con mi cabello negro suelto, trayendo el aroma salado de mi perfume mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa. Me acerqué a él, lento, como pantera en cacería. Si quiere crimen pasional, que lo tenga, pero a mi modo, me dije, recordando las noticias que habíamos visto esa mañana: otro caso de crimen pasional o feminicidio en las portadas, un cabrón que mató a su vieja por celos. Qué asco. Yo no iba a ser víctima de eso. Jamás.

—Ven acá, mamacita —gruñó Alejandro, su voz ronca como el rugido de un motor viejo en Insurgentes—. No me ignores.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo la dureza de sus muslos bajo mis nalgas. Mis manos subieron por su camisa de lino, desabotonándola con dedos temblorosos de anticipación. Su piel morena olía a colonia cara y a hombre, ese musk que me volvía loca. Lo besé, duro, mordiendo su labio inferior hasta que gimió.

—Si tanto te jode que me miren —susurré contra su boca, saboreando el tequila en su lengua—, hazme tuya de una vez, pendejo.

Acto primero: la chispa. Sus manos grandes me apretaron las caderas, subiendo el vestido hasta mi cintura. No llevaba calzones, solo encaje rojo que él arrancó con un tirón. El sonido del desgarro fue como un trueno en la habitación silenciosa, solo roto por el tráfico lejano y el zumbido del aire acondicionado. Mi concha ya estaba húmeda, palpitando, el aire fresco lamiendo mi piel expuesta.

Qué rico se siente esto, pensé, mientras él lamía mi cuello, bajando a mis tetas. Sus dientes rozaron mis pezones duros, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris. Gemí bajito, arqueando la espalda, el cuero del sofá crujiendo bajo nosotros. Olía a sexo inminente, a jugos mezclados con sudor. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó dura como fierro. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la rigidez. La apreté, masturbándolo lento, viendo cómo sus ojos se nublaban.

Órale, Laura, no pares —jadeó, su aliento caliente en mi oreja.

Pero yo mandaba. Lo empujé al sofá, montándolo como amazona. Su punta rozó mi entrada, resbalosa, y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome delicioso. Es mío, este placer es mío, repetí en mi mente, mientras empezaba a moverme, cabalgándolo con ritmo mexicano, como cumbia ardiente.

Acto segundo: la escalada. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave, mientras yo rebotaba, mis tetas saltando libres. El slap-slap de mi culo contra sus bolas llenaba la sala, mezclado con nuestros jadeos. Olía a sexo puro: mi humedad chorreando por su verga, su precum salado. Lamí su pecho, mordiendo un pezón, saboreando sal y hombre.

—Más fuerte, chulo —le ordené, clavando uñas en su espalda—. Hazme sentir viva, no como esas pobres en las noticias de crimen pasional o feminicidio. Yo controlo mi pasión.

Él flipó, sus caderas embistiendo arriba, golpeando mi punto G con cada thrust. ¡Ay, cabrón!, grité internamente, el placer subiendo como volcán. Cambiamos: lo tiré al piso, alfombra persa mullida bajo nosotros. Me puse en cuatro, él detrás, agarrándome el pelo como riendas. Entró de un jalón, profundo, su vientre chocando mi culo. El sonido era obsceno, húmedo, el aroma de mi excitación invadiendo todo.

Esto no es crimen, es liberación. Mi cuerpo manda, mi deseo no mata, revive.

Me volteó, piernas sobre sus hombros, penetrándome lento ahora, torturante. Sus ojos en los míos, vulnerables. Te amo, wey, pensé, mientras sus dedos frotaban mi clítoris hinchado, círculos perfectos. La tensión crecía, mi vientre apretándose, pulsos latiendo en oídos. Gemí su nombre, Alejandro, sí, chíngame, voz quebrada. Él gruñía, verga hinchándose más, al borde.

La habitación giraba: luces de la ciudad parpadeando como estrellas, el zumbido del viento, el sabor de su beso salado. Sudor goteaba de su frente a mi boca, tragué, adicta. Sus bolas se tensaban contra mí, mi concha ordeñándolo. No pares, no pares, suplicaba mi mente, uñas arañando su espalda, dejando marcas rojas como trofeos.

Acto tercero: la explosión. El orgasmo me golpeó como tren en Buquebus. Ondas desde mi clítoris, explotando en contracciones que lo apretaban como puño. Grité, ¡Me vengo, cabrón!, cuerpo convulsionando, jugos salpicando sus muslos. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome de chorros calientes, semen espeso mezclándose con mi crema. Colapsamos, entrelazados, pulsos sincronizados latiendo fuerte.

El afterglow fue dulce. Yacíamos en la alfombra, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El aire olía a sexo satisfecho, jazmín y tequila derramado. Besé su frente, sudada, salada.

—Neta, eso fue un crimen pasional —murmuró, riendo bajito—, pero de los buenos. Nada de feminicidio, solo placer puro.

Sonreí, acariciando su cabello revuelto. Exacto, pensé. En nuestro mundo, la pasión no destruía, construía. Empoderaba. Mañana, el sol saldría sobre la ciudad, y nosotros seguiríamos así: intensos, vivos, dueños de nuestro fuego. El deseo lingered, promesa de más noches como esta, sin sombras oscuras, solo luz ardiente.

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