La Pasion de Cristo Nombre en Ingles Ardiente
Era Viernes Santo en la colonia Roma de la Ciudad de México. El aire estaba cargado de ese olor a incienso quemado que salía de las iglesias cercanas, mezclado con el humo de los puestos de elotes asados que no paraban ni en Semana Santa. Yo, Ana, estaba sola en mi departamentito, con las cortinas corridas para que no entrara el sol culero que pegaba como plomo. Tenía el tele prendido con La Pasión de Cristo, esa película que siempre me ponía la piel chinita. No por lo religioso, neta, sino por la intensidad de ese wey, Jesús, sufriendo, sudando sangre, con los músculos tensos bajo la luz tenebrosa. Mi cuerpo reaccionaba raro, un calor subía desde mi entrepierna, haciendo que mis pezones se endurecieran contra la blusa ligera de algodón.
¿Por qué chingados me excita esto? pensé, mientras me recargaba en el sofá gastado. El sonido de los latigazos resonaba en los bocinas, crujidos secos que me hacían imaginarlos en mi propia piel, no de dolor, sino de placer. Me mordí el labio, sintiendo el sabor salado de mi sudor. Afuera, las procesiones pasaban con sus marchas fúnebres, tambores lejanos que vibraban en mi pecho como un pulso acelerado. Me levanté a servirme un trago de tequila reposado, el cristal frío en mi mano contrastando con el fuego que me ardía adentro. Justo cuando la escena de la crucifixión empezaba, tocaron la puerta. Mierda, ¿quién vergas en Viernes Santo?
Abrí y ahí estaba Marco, mi vecino del piso de arriba, el moreno alto con ojos cafés que siempre me guiñaba el ojo en el elevador. Traía una bolsa con tortas de milanesa y una six de Indio. "¡Ey, Ana! ¿Sola? No mames, en Semana Santa no se hace eso. Te traje esto pa' que no te mueras de hambre viendo tus novelitas religiosas." Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó la nuca. Olía a jabón Axe y a sudor fresco, de esos que invitan a lamer.
"Pasa, wey. Estoy viendo La Pasión de Cristo. ¿Sabes cuál es la pasion de cristo nombre en ingles? The Passion of the Christ, ¿no? Mel Gibson la dirigió, pero neta, esta película me prende cañón." Le dije mientras lo jalaba adentro, cerrando la puerta con el pie. Él se rio, sacudiendo la cabeza, y se dejó caer en el sofá, abriendo una cerveza con un psssht que rompió el silencio solemne de la tele.
"¿Te prende? ¿En serio, Ana? Tú sí estás loca, pero chida. Órale, ponle pausa y dame una torta." Me senté a su lado, tan cerca que su muslo rozaba el mío. El calor de su cuerpo se colaba por mi falda corta, y el roce de su jeans áspero contra mi piel desnuda me hizo apretar las piernas. Comimos en silencio al principio, el crujir de la milanesa, el queso derretido chorreando, sabroso como un beso húmedo. Él me miró de reojo, masticando lento. "¿Qué onda contigo hoy? Te veo... inquieta."
Me sonrojé, pero el tequila me dio valor.
"Es que esa pasión, Marco. Ese sufrimiento intenso, los cuerpos retorcidos... me hace pensar en otras pasiones. Neta, me mojo viendo cómo suda, cómo respira agitado."Él dejó la torta a medias, sus ojos clavados en los míos, brillantes como brasas. El cuarto se sentía más chico, el aire espeso con olor a nuestra excitación naciente, ese almizcle dulce que sale cuando el cuerpo pide guerra.
Se acercó despacio, su mano grande posándose en mi rodilla. "Ana, si quieres pasión, no necesitas una película gringa. Yo te doy la mía, aquí mismo." Su aliento cálido en mi oreja, oliendo a cerveza y chile. No dije nada, solo asentí, y sus dedos subieron por mi muslo, trazando círculos que me hicieron jadear. El tele seguía con los clavos hundiéndose, pero ya no lo oía. Solo sentía su palma callosa rozando mi piel suave, subiendo hasta la orilla de mis panties húmedas.
Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé mientras lo besaba. Sus labios gruesos, ásperos por la barba incipiente, sabían a sal y tomate de la torta. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes en el desierto, húmedas, urgentes. Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco del ventilador. Sus manos las amasaron, pulgares en los pezones duros, tirando suave hasta que gemí contra su boca. "Qué chulas estás, Ana. Siempre quise mamarlas."
Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Su verga ya estaba dura bajo el jeans, un bulto enorme que froté con mi concha empapada. El roce a través de la tela me volvía loca, chispas de placer subiendo por mi espina. "Quítate todo, pendejo. Quiero verte sudar como en la película." Él se rio, pero obedeció, bajándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. Olía a hombre puro, ese olor terroso que me hace saliva la boca.
Me arrodillé entre sus piernas, el piso duro contra mis rodillas, pero no importaba. La lamí desde la base, lengua plana saboreando la piel salada, hasta chupar la punta como lolipop. Él gruñó, manos en mi pelo, jalando suave. "¡Órale, Ana, qué chingona! Sigue, no pares." El sonido de mi boca succionando, babas chorreando, llenaba el cuarto. Afuera, las campanas de la iglesia tañían, marcando el momento como en una procesión erótica.
No aguanté más. Me quité las panties, mojadas como trapo, y me subí encima. Su verga entró despacio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón, qué grande!" gemí, empezando a mover las caderas. El sofá crujía bajo nosotros, sudor goteando entre mis tetas, resbalando hasta unirnos. Él me agarró la cintura, embistiéndome desde abajo, piel contra piel chapoteando con mis jugos.
El ritmo subió, mis uñas clavándose en su pecho velludo, oliendo su sudor mezclado con el mío. Esto es la pasión verdadera, pensé, mientras mi clítoris rozaba su pubis, chispas explotando. Él me volteó, poniéndome a cuatro, y me penetró duro, bolas golpeando mi culo. El espejo del pasillo reflejaba todo: mi cara de puta en éxtasis, tetas bamboleando, su cara tensa de placer. "¡Te voy a llenar, Ana! ¡Dame todo!" rugió, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, concha apretando su verga, chorros calientes bajando por mis muslos.
Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo mi nombre. Nos quedamos pegados, jadeando, el tele ya en créditos. El cuarto olía a sexo crudo, semen y sudor, con el incienso lejano como bendición pagana.
Después, recostados, él me acariciaba el pelo. "Neta, Ana, esa La Pasión de Cristo, nombre en inglés o no, no se compara con esto." Sonreí, besándolo suave.
"Tienes razón, wey. La verdadera pasión es carne y alma, aquí en México, sin cruces ni espinas."Afuera, la noche caía serena, procesiones terminando, pero en nosotros, el fuego ardía quieto, prometiendo más Viernes Santos calientes.