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Huye de las Pasiones Juveniles Reina Valera

7514 palabras

Huye de las Pasiones Juveniles Reina Valera

Tú caminas por las calles empedradas del centro de Guadalajara, con el sol de la tarde calentándote la nuca como un beso ardiente. Llevas en la mano tu Biblia Reina Valera, esa edición gastada que te regaló tu abuelita, y repasas en tu mente el verso que siempre te persigue: huye de las pasiones juveniles. Neta, cada vez que sientes ese cosquilleo en el estómago al ver a una morra bien buena, te lo repites como mantra. Eres Alejandro, veinticinco años, chavo decente que trabaja en una tiendita de artesanías y va a misa los domingos. Pero hoy, el aire huele a jazmines y a tortillas recién hechas de un puesto cercano, y tu cuerpo no te hace caso.

De repente, la ves. Está parada frente a una fuente, con un vestido rojo ceñido que marca sus curvas como si fuera una escultura viva. Su piel morena brilla bajo el sol, y su cabello negro cae en ondas hasta la cintura. Te mira con ojos cafés profundos, como pozos de chocolate derretido, y sonríe con labios carnosos que prometen pecados. Órale, wey, piensas, huye de las pasiones juveniles, Reina Valera te lo dice clarito. Pero tus pies no se mueven. Ella se acerca, contoneando las caderas, y el aroma de su perfume —mezcla de vainilla y algo salvaje— te envuelve como una niebla caliente.

—Hola, guapo. ¿Qué lees con tanta devoción? —te pregunta con voz ronca, como si fumara cigarros finos y besara toda la noche.

Le muestras la Biblia, tartamudeando. —Es... es la Reina Valera. Me ayuda a mantenerme en el camino recto.

Ella se ríe, un sonido como cascabeles en la brisa, y extiende la mano. —Yo soy Reina Valera. Neta, mi nombre completo. Mis papás eran bien devotos, pero yo... yo no tanto. ¿Me dejas ver?

Tu corazón late como tamborazo zacatecano. Le das la Biblia, y sus dedos rozan los tuyos. Electricidad pura, un chispazo que sube por tu brazo hasta tu entrepierna. Ella hojea las páginas, deteniéndose en 2 Timoteo. —Huye de las pasiones juveniles... qué poético. Pero ¿y si las pasiones no quieren huir de ti?

No sabes qué contestar. Ella te invita a un cafecito en una terraza cercana. El vapor del café mexicano sube, oliendo a canela y promesas. Hablan de todo: de la vida en GDL, de mariachis en la plaza, de cómo la fe choca con el fuego del cuerpo. Reina te cuenta que es diseñadora de joyería, vive en una casa chida en Providencia, y que odia las reglas que apagan el deseo. Tú sientes su rodilla rozar la tuya bajo la mesa, un toque casual que no lo es. Huye, pendejo, te dices, pero tu verga ya está semi-dura, palpitando contra tus jeans.

El sol se pone, tiñendo el cielo de naranja y rosa, como mejillas sonrojadas. Reina te propone ir a su casa a ver su taller. —Nada raro, carnal, solo joyas. Pero si pasa algo... pues que pase.

Consentido al cien, piensas, y asientes. Caminan juntos, su mano en tu espalda baja, enviando ondas de calor. Su casa es un sueño: paredes blancas, plantas colgantes, música de Carlos Rivera sonando bajito. Huele a incienso y a ella. Te ofrece un mezcal con limón y sal, fresco y ardiente en la lengua.

Esto está mal, Alejandro. Huye de las pasiones juveniles, Reina Valera lo manda. Pero carajo, su boca sabe a tentación.

Se sientan en el sofá de cuero suave, y ella se acerca. Sus labios rozan tu oreja. —Dime, ¿qué pasiones juveniles huyes tú?

Tú la miras, hipnotizado por el escote que deja ver el valle de sus chichis firmes. —Las que me hacen querer comerte entera —confiesas, voz ronca.

Ella gime bajito, un sonido que vibra en tu pecho. —Entonces no huyas. Quédate.

El beso llega como tormenta. Sus labios suaves, húmedos, saben a mezcal y miel. Tu lengua explora su boca, danzando con la suya en un ritmo frenético. Manos por todos lados: las tuyas en su cintura, sintiendo la curva perfecta; las de ella en tu nuca, clavando uñas que pinchan delicioso. El beso se profundiza, mordiscos juguetones, saliva mezclada que gotea por tu barbilla.

La recuestas en el sofá, el cuero cruje bajo su peso. Le quitas el vestido despacio, revelando lencería negra que abraza sus tetas grandes, pezones duros como chiles piquines asomando. Hueles su piel: sudor ligero, perfume y ese almizcle femenino que te enloquece. Bajas la boca a su cuello, lamiendo, mordiendo suave. Ella arquea la espalda, gimiendo ¡ay, wey, qué rico!

Tus manos viajan a sus muslos, abriéndolos. Su panocha está empapada, el tanga chorreando. La tocas por encima, dedos resbalando en su humedad caliente. —Estás cañona —murmuras.

—Métemela ya, no seas mamón —suplica ella, ojos vidriosos.

Pero esperas, torturándola. Le quitas el bra, chupas un pezón, rodando la lengua alrededor mientras pellizcas el otro. Sabor salado, textura aterciopelada. Ella jadea, caderas moviéndose contra tu mano. Introduces un dedo en su concha apretada, caliente como lava, paredes contrayéndose. Otro dedo, bombeando lento, el sonido chapoteante llenando la habitación junto a sus gemidos roncos.

Te desnudas rápido, tu verga saltando libre, venosa y dura como fierro. Ella la agarra, masturbándote con mano experta, pulgar en el glande sensible. Pre-semen brota, lubricando. —Qué verga más chida, papi —dice, lamiendo los labios.

Te arrodillas entre sus piernas, separándolas más. Su clítoris hinchado te llama. Lo lames plano con la lengua, saboreando su jugo dulce-ácido, como tamarindo maduro. Ella grita, manos en tu pelo, empujándote más adentro. Chupas, succionas, metes la lengua en su entrada palpitante. Su cuerpo tiembla, olor a sexo puro invadiendo tus fosas nasales.

—No aguanto, métela —ordena.

Te posicionas, la punta de tu verga rozando sus labios vaginales resbalosos. Empujas lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te envuelve, apretada y húmeda. Carajo, qué paraíso. Llegas al fondo, ella gime alto, uñas en tu espalda. Empiezas a bombear, lento al principio, el slap-slap de carne contra carne, sudor goteando, mezclado con sus jugos.

Aceleras, caderas chocando, tetas rebotando hipnóticas. Ella envuelve piernas en tu cintura, clavándote más profundo. —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!

Cambian: ella encima, cabalgándote como amazona. Sus nalgas redondas suben y bajan, tú las aprietas, sintiendo la carne suave temblar. Le das nalgadas leves, rojas marcas que la excitan más. Sus gemidos suben de volumen, mezclados con los tuyos, la música de fondo ahora un eco lejano.

El clímax se acerca. Su concha se contrae, ordeñándote. —¡Me vengo, Alejandro! —grita, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por tus bolas.

Tú explotas segundos después, semen caliente llenándola en chorros potentes, pulso tras pulso. El mundo se disuelve en blanco, solo sientes su calor, su peso, su aliento jadeante en tu cuello.

Caen juntos, enredados, sudorosos. El aire huele a sexo y mezcal. Ella acaricia tu pecho, besos suaves en tu hombro.

Huye de las pasiones juveniles... pero qué chido no huir —murmuras, riendo bajito.

Reina Valera se acurruca contra ti, su risa vibrando en tu piel. —La Reina Valera dice que algunas pasiones valen la pena, mi amor.

Duermen así, envueltos en sábanas frescas, el corazón latiendo al unísono. Mañana será otro día, pero esta noche, el verso se quedó en el olvido, reemplazado por el recuerdo de su cuerpo perfecto.

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