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Frases de la Pelicula Diario de una Pasion en Nuestra Piel

6878 palabras

Frases de la Pelicula Diario de una Pasion en Nuestra Piel

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y jazmín fresco, con esa brisa tibia que se cuela por las ventanas abiertas de nuestra cabaña frente a la playa. Yo, Ana, de veintiocho años, recostada en la hamaca de la terraza, sentía el corazón latiéndome fuerte mientras veía a Luis, mi carnal de toda la vida, salir de la regadera con solo una toalla alrededor de la cintura. Sus músculos bronceados por el sol brillaban con gotas de agua que resbalaban lentas, como promesas. Neta, cada vez que lo miro así, se me hace agua la boca.

¿Por qué carajos me pongo tan caliente con él todavía? pensé, mientras mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera de algodón. Habíamos llegado esa tarde de la Ciudad de México, escapándonos del jale y la rutina, solo para nosotros. Cenamos mariscos frescos en un restaurante chido con vista al Pacífico, y de postre compartimos un tequila reposado que nos dejó la lengua suelta y las miradas cargadas de deseo.

Luis se acercó, sonriendo con esa picardía que me desarma. —Órale, mami, ¿ya estás lista pa’l desmadre? dijo, su voz ronca como el oleaje rompiendo en la orilla. Me jaló hacia él, y sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a tequila y sal. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en construcción pero tiernas conmigo, se deslizaron por mi espalda, apretándome contra su pecho duro. Sentí su verga endureciéndose bajo la toalla, presionando mi vientre, y un calor líquido se extendió entre mis piernas.

Nos besamos como si el mundo se acabara esa noche, lenguas enredadas, respiraciones jadeantes mezclándose con el rumor de las olas. Es como si fueras la única que existe, recordé de repente una de las frases de la película Diario de una pasión, esa que tanto me gustaba. La había visto mil veces, y siempre me ponía romántica y cachonda al mismo tiempo. Rompí el beso para susurrarle al oído:

—Es como la lluvia, no se detiene... así es nuestro amor, Luis.

Él se rio bajito, ese sonido grave que me eriza la piel. —Neta, Ana, tú y tus frases románticas. Pero me prenden fuego, ¿sabes? Me cargó en brazos como si no pesara nada, llevándome adentro de la cabaña iluminada solo por velas de coco que parpadeaban sombras sensuales en las paredes de madera. Me tendió en la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. La toalla cayó al suelo, revelando su pinga erecta, venosa, lista para mí. La mía palpitaba, húmeda, ansiando su toque.

Acto primero de nuestra noche: exploración lenta. Sus dedos trazaron mi clavícula, bajando por el escote hasta liberar mis chichis grandes y firmes. Las lamió con devoción, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando chispas de placer directo a mi clítoris. Gemí, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes como un eco erótico. Qué rico se siente su boca, caliente y húmeda, como si me devorara entera. Bajó más, desabrochando mis shorts vaqueros con dientes, besando cada centímetro de piel expuesta. El aroma de mi excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclándose con su sudor masculino.

Le separé las piernas con las mías, rozando su verga contra mi muslo interior. —Te quiero dentro, pero despacito, carnal, le rogué, mi voz temblorosa. Él obedeció, deslizando dos dedos en mi panocha empapada, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Entraba y salía rítmicamente, lubricados por mis jugos, mientras su pulgar masajeaba mi botón hinchado. El slap slap de la humedad era música obscena, y yo me retorcía, clavándole las uñas en los hombros.

Pero no era solo físico; en mi mente bullían recuerdos. Habíamos empezado como amigos en la prepa, peleando como en la peli, pero nuestro amor era eterno, como el de Noah y Allie. Si me amas, ven y cógeme como si fuera la última vez, pensé, adaptando otra frase. Le susurré:

—Prométeme que seremos así siempre, como en Diario de una pasión.

Luis levantó la vista, ojos oscuros ardiendo. —Te lo juro por mi madre, Ana. Eres mi todo. Su boca reemplazó los dedos, lengua plana lamiendo mi raja de abajo arriba, chupando mi clítoris con succión perfecta. Saboreaba mis fluidos como néctar, gruñendo de placer. Yo temblaba, caderas elevadas, el orgasmo construyéndose como una ola gigante. No pares, wey, no pares. Exploté en su boca, gritando su nombre, jugos salpicando su barbilla mientras ondas de éxtasis me recorrían desde el útero hasta las yemas de los dedos.

Él se incorporó, lamiéndose los labios. —Estás riquísima, mami. Ahora te toca a ti. Me puse de rodillas, adorando su verga con la mirada: gruesa, cabezona, goteando precum salado. La tomé en mi mano, masturbándolo lento mientras lamía sus huevos pesados, aspirando su olor almizclado a hombre excitado. Lo engullí centímetro a centímetro, garganta relajada por práctica, hasta que mis labios besaron su pubis. Él jadeaba, manos en mi pelo, follando mi boca con embestidas controladas. El glug glug de saliva y su gemido ronco me volvían loca de nuevo.

Transición al clímax: lo empujé sobre la cama, montándolo a la inversa. Su verga se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. ¡Qué chingón se siente, como si fuéramos uno solo! Cabalgué duro, nalgas rebotando contra sus muslos, chichis saltando. Él agarraba mis caderas, guiándome, pulgares presionando mi ano para más placer. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose con sonidos húmedos, el aire cargado de nuestro aroma sexual.

Cambié posición: él encima, misionero profundo. Nuestros ojos conectados, susurrando más frases adaptadas.

—Quédate conmigo esta noche... y todas las noches, amor.

—Siempre, Ana. Siempre, gruñó, acelerando el ritmo. Su verga golpeaba mi G-spot sin piedad, bolas azotando mi perineo. Sentía su pulso latiendo dentro, mis paredes contrayéndose alrededor. El orgasmo nos alcanzó juntos: yo chillando, él rugiendo, semen caliente inundándome mientras yo ordeñaba cada gota con espasmos. Colapsamos, entrelazados, pulsos sincronizados, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, el mar cantando de fondo, tracé círculos en su pecho. Esto es lo que soñé toda mi vida, pensé, recordando las frases de la película Diario de una pasión que nos unían más. Luis me besó la frente.

—Te amo, pendejita mía. Mañana repetimos, ¿va?

Sonreí, saboreando su piel salada. Sí, carnal. Por siempre.

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