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Las 24 Horas de la Pasion de Jesus Libro de Fuego Eterno

6586 palabras

Las 24 Horas de la Pasion de Jesus Libro de Fuego Eterno

Yo era Jesús, un tipo común de veintiocho años, de esos que trabajan en una oficina chida en Polanco, pero con el alma de un aventurero. Mi morra, Ana, era una bomba de veintiséis, con curvas que te dejaban con la boca abierta y unos ojos negros que prometían pecados deliciosos. Habíamos rentado una cabaña frente al mar en Mazatlán para unas vacaciones a todo dar. El sol pegaba duro esa tarde cuando llegamos, el aire cargado de sal y yodo, y el sonido de las olas rompiendo como un latido constante.

Ana me jaló adentro, su vestido ligero pegándose a su piel sudada por el calor. Órale, Jesús, mira lo que encontré en una tiendita de antigüedades en la ciudad, dijo con esa voz ronca que me ponía cachondo al instante. Sacó un librito viejo, encuadernado en cuero gastado, con letras doradas desvaídas: Las 24 horas de la pasion de jesus libro. Lo abrí con curiosidad, oliendo a papel antiguo y misterio. No era la biblia ni nada de eso; eran páginas llenas de relatos sensuales, como si alguien hubiera reescrito la pasión en clave de deseo carnal. Cada hora describía un acto de entrega total, de cuerpos entrelazados en éxtasis.

Mi rey, ¿y si lo vivimos? Veinticuatro horas de pura pasión, siguiendo este pinche libro como guía. Nada de prisas, solo nosotros, el mar y este fuego que nos quema por dentro.
Sus palabras me cayeron como tequila en ayunas. La miré, su pecho subiendo y bajando, los labios entreabiertos. Neta, no pude resistir. La besé ahí mismo, en la sala con vista al Pacífico, saboreando su boca dulce como mango maduro. Sus manos se colaron bajo mi camisa, arañando suave mi espalda. El deseo ya ardía, pero acordamos empezar despacio. Eran las seis de la tarde. Hora uno: el despertar de los sentidos.

Nos fuimos a la terraza, el sol tiñendo el cielo de naranja y rosa. Ana se quitó el vestido, quedando en tanga negra y nada más. Su piel bronceada brillaba con sudor fino, oliendo a coco de su crema. Yo me desvestí lento, sintiendo el viento marino lamiendo mi verga que ya se paraba dura como piedra. Ven, amor, murmuró, recostándose en la hamaca. Le besé el cuello, bajando por sus tetas firmes, chupando los pezones rosados que se endurecieron en mi boca. Ella gemía bajito, ¡Ay, wey, qué rico! Sus dedos enredados en mi pelo, guiándome. Lamí su ombligo, su vientre plano, hasta llegar a su monte de Venus. El olor de su excitación me volvía loco, almizclado y salado. Hora dos: la exploración mutua.

Nos dimos la vuelta en un 69 perfecto sobre la hamaca que se mecía con las olas. Su concha depilada, hinchada y húmeda, rozaba mi nariz. La abrí con la lengua, saboreando su jugo dulce y ácido, lamiendo el clítoris como si fuera un dulce de tamarindo. Ana tragó mi verga entera, succionando con hambre, su saliva caliente chorreando. No mames, Jesús, estás tan duro... te quiero adentro ya, jadeó entre chupadas. Pero el libro mandaba ritmo: nada de penetración aún. Mis bolas se tensaban, el pulso latiendo en mis sienes. Tocábamos, olíamos, probábamos. El sol se metía, la noche caía con grillos y rompiente del mar. Horas tres a seis: juegos de manos y bocas, edging puro que nos tenía al borde.

En la recámara, con velas de vainilla encendidas, el aire espeso de nuestros alientos. Ana me untó aceite de coco, sus palmas resbalando por mi pecho, abdomen, hasta masajear mi verga con twists expertos. Yo le devolví el favor, metiendo dos dedos en su interior resbaladizo, curvándolos para golpear ese punto que la hacía arquearse.

¡Pinche Jesús, me vas a matar de gusto! Neta, este libro es lo máximo, nos está volviendo locos.
Sudábamos como en sauna, pieles pegajosas chocando. Hora siete: la primera unión. La puse en cuatro, el espejo reflejando su culo redondo. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome como guante caliente. ¡Chingón, amor, cógeme fuerte! Empujé, el slap de carne contra carne mezclándose con sus gritos. Olía a sexo puro, a mar y sudor. Nos corrimos juntos, mi leche llenándola mientras ella temblaba, uñas clavadas en las sábanas.

Pero no paramos. El libro era insaciable. Hora ocho a doce: recuperación con besos lentos, frutas del mercado –fresas en su coño, mango en mi polla–, charlas susurradas sobre sueños sucios. ¿Sabes qué, güey? Este las 24 horas de la pasion de jesus libro es nuestro evangelio ahora, reí yo, lamiendo jugo de su piel. La tensión crecía de nuevo, psicológica y física. Yo luchaba internamente:

¿Cuánto más aguanto sin explotar? La quiero eternamente así, entregada, mía.
Ella confesaba: Tú me haces sentir reina, poderoso, no un pendejo cualquiera.

Madrugada, horas trece a dieciocho: intensidad brutal. En la playa privada, arena tibia bajo nosotros, luna llena iluminando. La cogí de lado, su pierna sobre mi hombro, penetrando profundo mientras olas nos salpicaban. El agua fría contrastaba con el calor de su interior. Gemidos ahogados por el viento, ¡Más, cabrón, dame todo! Le mordí el hombro suave, ella me arañó el pecho. Sudor salado en labios, corazón retumbando como tambores huicholes. Paradas para respirar, abrazos apretados donde sentía su pulso en mi cuello. Conflicto interno: el cansancio físico versus el hambre insaciable. Pequeñas resoluciones en miradas que decían te amo más que ayer.

Al amanecer, horas diecinueve a veintitrés: lentitud exquisita. Regresamos a la cama, cuerpos exhaustos pero vivos. Misionero profundo, ojos en ojos, besos que sabían a sal, semen y ella. Sus tetas rebotando suaves, mis embestidas circulares rozando su G-spot. Estoy cerca otra vez, Jesús... juntos, ¿va? El clímax se construyó como ola gigante: temblores, contracciones, gritos roncos. Eyaculé dentro, olas de placer sacudiéndome, mientras ella se deshacía en espasmos, uñas en mi espalda dejando marcas rojas.

Hora veinticuatro: el afterglow. Desnudos enredados, el sol naciente calentando la sábana revuelta. Olía a nosotros, a sexo consumado. Ana acarició el libro sobre mi pecho.

Pinche aventura, amor. Las 24 horas de la pasión de Jesús... nuestro libro eterno.
Reí bajito, besando su frente. Sentí paz profunda, conexión que va más allá de la carne. El mar cantaba arrullo, promesas de más noches así. Éramos libres, empoderados en nuestro deseo mutuo. Nada más importaba.

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