Elenco de Pasión Desnuda
En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, el teatro La Pasión bullía de vida esa noche de viernes. Las luces tenues del escenario iluminaban las caras concentradas del elenco, un grupo de actores y actrices que se conocían tan bien como sus propios cuerpos. Yo, Daniela, había entrado a este elenco de pasión hace seis meses, atraída por la promesa de historias que ardían en la piel. Esa noche ensayábamos Amantes Prohibidos, una obra sobre deseos reprimidos que estallaban como volcánes.
Mi personaje, la seductora viuda, tenía que seducir al galán interpretado por Marco, el wey más guapo del grupo. Alto, moreno, con ojos que te desnudaban sin tocarte. Cada vez que nos acercábamos en la escena del beso, sentía su aliento cálido rozando mi cuello, oliendo a menta y a algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia.
Órale, Dani, no seas pendeja, es solo ensayo, me decía yo misma, pero mi pulso se aceleraba como tambores de mariachi.
El director gritó corte y todos aplaudimos, sudados y eufóricos. ¡Netas, qué chido! exclamó Lupita, la co-protagonista, secándose el sudor con una toalla. El elenco se dispersó hacia el camerino, pero Marco me rozó el brazo al pasar. Qué buena química, ¿no? murmuró, su voz grave vibrando en mi pecho. Asentí, tragando saliva, sintiendo el calor subir por mis muslos.
Acto uno: la tensión ya estaba plantada. Me duché rápido en el baño del teatro, el agua caliente cayendo como caricias sobre mi piel olivácea. Me vestí con un vestido negro ajustado, sin bra, solo por joder un poco. Bajé al bar del sótano, donde el elenco de pasión celebraba con tequilas y caguamas. La música de cumbia rebeldía llenaba el aire, mezclada con risas y el aroma a tacos de suadero que alguien había traído.
Marco estaba en una esquina, platicando con los cuates, pero sus ojos me buscaron de inmediato. Me acerqué, coqueteando con una cerveza en la mano. ¿Listo para el gran final de la obra? le pregunté, rozando su pierna con la mía bajo la mesa. Él sonrió, esa sonrisa lobuna que me hacía mojarme. Contigo, siempre, respondió, y su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio, como probando el terreno.
La noche avanzó con shots de tequila reposado, el líquido quemando mi garganta, aflojando nudos. Lupita bailaba pegadita con un extra, pero yo solo veía a Marco. Su olor, mezcla de colonia cara y sudor fresco, me envolvía.
Esto es el elenco de pasión, carnal, aquí todo se permite, pensé, recordando las anécdotas que circulaban: besos robados en el telón, folladas rápidas en el almacén de utilería.
De pronto, él me jaló a bailar. Sus caderas contra las mías, duro ya, presionando. Sentí su verga tiesa a través del pantalón, y un jadeo se me escapó. ¿Quieres ir a algún lado? susurró en mi oreja, mordisqueándola suave. Mi cuerpo gritó sí antes que mi boca. Al rooftop, dije, y subimos las escaleras de metal, el eco de nuestros pasos como latidos acelerados.
Acto dos: la escalada. El rooftop del teatro era un secreto nuestro, con vista a las luces de la Alameda. El viento fresco de la noche mexicana nos golpeó, erizándome la piel. Marco me acorraló contra la pared de ladrillo, sus labios devorando los míos. Sabían a tequila y sal, hambrientos. Sus manos grandes subieron por mis muslos, levantando el vestido, encontrando mi tanga empapada.
Estás chingona de mojada, Dani, gruñó, metiendo dos dedos dentro de mí sin piedad. Gemí alto, el sonido perdido en la brisa. Mi clítoris palpitaba bajo su pulgar, círculos perfectos que me hacían arquear la espalda. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su aroma masculino. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo en mi palma. La apreté, sintiendo el calor pulsante, la gota precúm salada en mi lengua cuando me arrodillé.
Lo chupé despacio al principio, saboreando la piel suave sobre el acero, su gemido ronco como música. ¡Carajo, qué rica boca! exclamó, enredando dedos en mi cabello negro. Me levantó, me volteó contra la barandilla. Su lengua exploró mi cuello, bajando a mis tetas, succionando pezones duros como piedras. Cada lamida enviaba descargas a mi coño, que rogaba por él.
Pero no era solo físico. En mi mente, luchaba:
Esto es más que un polvo, wey. Lo quiero desde el primer ensayo, su forma de mirarme, de hacerme sentir viva. Él lo sentía también, sus besos más profundos, sus caricias tiernas entre las rudas. Me penetró de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Sí, así! grité, mis uñas clavándose en sus hombros tatuados. Embistió rítmico, el slap-slap de piel contra piel compitiendo con el tráfico lejano.
Sudor perlando su pecho, yo lamiéndolo, salado y adictivo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo en una silla vieja del rooftop. Sus manos en mis nalgas, guiándome, profundo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Te voy a venir adentro, ¿está chido? jadeó. ¡Sí, lléname! respondí, mi orgasmo explotando primero, contracciones que lo ordeñaban. Él rugió, caliente chorro dentro de mí, temblando juntos bajo la luna mexicana.
Acto tres: el afterglow. Nos quedamos abrazados, respiraciones entrecortadas calmándose. El viento secaba nuestro sudor, el olor a sexo impregnando el aire. Marco me besó la frente. Eres el fuego del elenco, Dani. No era solo ensayo. Reí bajito, mi cabeza en su pecho, oyendo su corazón galopante ralentizarse.
Bajamos de la mano, el bar ya vacío salvo por un par de cuates dormidos. Lupita nos guiñó el ojo al salir. ¡Saben a lo que saben! bromeó. Caminamos por las calles empedradas, luces de neón reflejándose en charcos. En mi mente, el cierre perfecto: no solo placer, sino conexión. El elenco de pasión no era solo actores; éramos almas que ardían juntas.
Al día siguiente, en ensayo, su mirada prometía más. La obra estrenaría pronto, pero nuestra historia ya había comenzado. Y qué chingón inicio.