Cañaveral de Pasiones Christian Bach
El viento caliente de Veracruz me acariciaba la piel mientras manejaba por el camino de terracería, rumbo al cañaveral. Recordaba esas noches frente al tele viendo Cañaveral de Pasiones con Christian Bach, esa mujer que desataba huracanes de deseo con solo una mirada. Su personaje, pura fuego y venganza, me había marcado desde chava. Y ahora, aquí estaba yo, Julia, sintiendo que mi propia historia se encendía como en esa telenovela. Mi corazón latía a todo lo que daba, imaginando las manos de Marco esperándome entre las cañas altas.
Estacioné la troca bajo la luna llena, que pintaba todo de plata. El olor a tierra húmeda y caña madura me invadió las fosas nasales, mezclado con el dulzor de la savia que goteaba de los tallos. Bajé, mis sandalias hundiéndose en el lodo suave, y caminé hacia el claro que conocíamos de memoria. Marco ya estaba ahí, recargado en un tronco viejo, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho moreno y sudoroso. Órale, qué chingón se ve, pensé, mientras mi cuerpo se erizaba de anticipación.
—Mamacita, murmuró con esa voz ronca que me ponía la piel chinita, acercándose con pasos lentos. Sus ojos negros brillaban como los de un jaguar en la noche.
Me tomó de la cintura, su calor traspasando mi blusa ligera. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su piel y el leve toque de tequila en su lengua.
Esto es mejor que cualquier telenovela, que cualquier Christian Bach en Cañaveral de Pasiones, me dije mientras sus manos bajaban a mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona.
Nos fuimos dejando caer entre las cañas, el crujido de los tallos rompiéndose bajo nuestro peso como una sinfonía salvaje. El aire estaba cargado de humedad, pegajoso, y cada roce de su cuerpo contra el mío hacía que mi concha palpitara de necesidad. Marco me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al viento fresco que las endurecía al instante.
—Estás más rica que en mis sueños, güey, dijo riendo bajito, mientras lamía mi cuello, bajando hasta un pezón que chupó con devoción. Sentí su barba raspándome la piel, un cosquilleo delicioso que me hacía arquear la espalda.
Mi mente daba vueltas: ¿Por qué nos escondemos así? Somos adultos, pendejos enamorados. Pero el secreto avivaba el fuego. Recordé la escena de Christian Bach en la telenovela, besando a su amante en medio del cañaveral, y quise ser ella, libre y apasionada. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, latiendo en mi mano. La piel suave, venosa, olía a hombre puro, a sudor y deseo acumulado.
Lo empujé contra el suelo, montándome a horcajadas. El lodo tibio se pegaba a mis rodillas, pero no importaba. Froté mi entrepierna contra él, sintiendo su humedad mezclarse con la mía a través de mis calzones. Qué chido, gemí, mientras él me arrancaba la prenda con un tirón experto. Ahora sí, piel con piel, su punta rozando mi entrada húmeda.
El segundo acto de nuestra noche apenas comenzaba. Marco me volteó con gentileza, poniéndome de rodillas entre las cañas. Sus dedos exploraron mi chochito, resbalosos de mis jugos, abriéndome como pétalos de flor bajo la lluvia. Uno, dos, tres dedos, entrando y saliendo con ritmo lento, haciendo que mis caderas se movieran solas. El sonido chuposo de mi excitación llenaba el aire, junto con mis jadeos y el susurro del viento.
—Dame más, cabrón, le supliqué, mi voz quebrada por el placer. Él obedeció, su lengua reemplazando los dedos, lamiendo mi clítoris con vueltas expertas. Saboreaba mi esencia salada-dulce, gruñendo de gusto. Yo agarraba las cañas, el jugo pegajoso manchando mis palmas, mientras oleadas de calor subían desde mi vientre.
Internamente luchaba: No quiero que acabe nunca este paraíso. Pero la tensión crecía, mis muslos temblaban, el orgasmo acechando como tormenta veracruzana. Marco se incorporó, posicionando su pito en mi entrada. Me miró a los ojos, pidiendo permiso con esa ternura que me derretía.
—Sí, métemela toda, consentí, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, caliente, pulsante. Empezamos a movernos, un vaivén sincronizado, el choque de carne contra carne resonando como tambores. Sudor nos cubría, goteando, mezclándose con el olor almizclado de nuestros sexos.
La intensidad subía. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona en cañaveral salvaje. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, rápido, más rápido. Veía su rostro contorsionado de placer, sus gemidos roncos: ¡Qué rico te sientes, Julia!. Mis tetas rebotaban, el viento las azotaba, y yo pellizcaba mis pezones, intensificando todo.
De repente, una ráfaga fuerte dobló las cañas a nuestro alrededor, como si el mismísimo espíritu de Cañaveral de Pasiones aprobara nuestro éxtasis. Marco se sentó, abrazándome fuerte, nuestros pechos pegados, corazones galopando al unísono. Besos salvajes mientras follábamos sentados, profundo, íntimo.
El clímax se acercaba. Sentía el nudo en mi bajo vientre apretarse, mi calentura a punto de estallar. —Córrete conmigo, amor, le rogué. Él aceleró, su verga hinchándose dentro de mí. Grité primero, mi cuerpo convulsionando, jugos inundándolo mientras olas de placer me atravesaban. Él siguió segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar.
Nos quedamos así, unidos, jadeando en la quietud post-tormenta. El cañaveral susurraba arrullos, la luna testigo de nuestro amor. Marco me besó la frente, su semen goteando entre mis piernas, cálido y pegajoso.
—Eres mi Christian Bach personal, mi reina de pasiones, murmuró, acariciando mi espalda.
Reí suave, el afterglow envolviéndonos como niebla dulce. Esto no es telenovela, es nuestra realidad, pensé, mientras nos vestíamos lento, saboreando cada roce final. Caminamos de la mano hacia la troca, el futuro lleno de más noches así, en nuestro cañaveral eterno.
Al día siguiente, el sol quemaba las cañas, pero en mi piel quedaba el fantasma de su toque, el eco de sus gemidos. Sabía que volveríamos, porque las pasiones como las nuestras no se apagan; arden para siempre.