Jesús Pasión
La noche en el corazón de la Roma, en ese bar escondido con luces tenues y salsa retumbando, fue cuando lo vi por primera vez. Jesús, con esa mirada que te quema por dentro, alto, moreno, con una sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Me llamo Sofía, y neta, desde que crucé la puerta, el aire se sentía cargado, como si el calor de la ciudad se hubiera metido en mis venas. Llevaba un vestido rojo ajustado, de esos que marcan cada curva, y el sudor ya empezaba a perlar mi cuello por la humedad de la noche mexicana.
Estaba bailando sola, moviendo las caderas al ritmo de La Chona, cuando él se acercó. “Órale, mamacita, ¿me das chance de un pasito?” dijo con esa voz grave, ronca, que me erizó la piel. Olía a tequila y a colonia barata, pero de la buena, esa que te envuelve como un abrazo prohibido. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. ¿Qué pedo, Sofía? ¿Ya te estás lanzando? pensé, pero mi cuerpo ya había decidido. Bailamos pegaditos, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome como si fuéramos uno solo. Cada roce de su pecho contra el mío mandaba chispas directas a mi entrepierna.
Charlamos entre tragos de mezcal. Me contó que lo llaman Jesús Pasión, porque donde pone el ojo, pone la pasión, “y contigo, carnala, ya la puse”, soltó con una risa que me mojó las bragas. Neta, el wey era un peligro. Hablaba de su vida en Polanco, de fiestas locas, de mujeres que lo volvían loco, pero sus ojos solo me devoraban a mí. Yo le conté de mi trabajo en una galería de arte, de cómo odiaba la rutina, de cómo necesitaba algo que me prendiera fuego. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Sentía mi corazón latiendo fuerte, el pulso en mis sienes, el calor subiendo por mis muslos.
Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiente. Caminamos por las calles empedradas, riendo como pendejos, hasta su depa en un edificio chido con vista al skyline. Apenas cerramos la puerta, me acorraló contra la pared. Sus labios se estrellaron en los míos, urgentes, hambrientos. Sabían a mezcal y a deseo puro. ¡Qué rico! gemí en mi mente mientras su lengua exploraba mi boca, danzando con la mía en un beso que me dejó sin aliento. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, rozando la piel sensible de mis nalgas. Olía a su sudor mezclado con mi perfume, un aroma embriagador que me nublaba la razón.
Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga sentir viva, pensé mientras él me cargaba hasta la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a anticipación. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. Bajó a mis pechos, liberándolos del brasier negro de encaje. “Qué tetas tan perfectas, Sofía, neta que me vas a matar”, murmuró antes de lamer un pezón, endureciéndolo con su lengua caliente y húmeda. Gemí fuerte, arqueando la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba incipiente contra mi piel suave.
Le arranqué la camisa, mis uñas clavándose en su pecho musculoso, marcado por tatuajes de vírgenes y calaveras, tan mexicano, tan carnal. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. “Ya quiero probarte, Jesús Pasión”, le dije juguetona, y él rio, ese sonido gutural que vibraba en mi clítoris. Se quitó todo, quedando desnudo frente a mí, su cuerpo esculpido por horas en el gym, su pija gruesa y venosa apuntando hacia mí como una promesa. Olía a hombre puro, a testosterona y excitación.
Me puse de rodillas en la cama, tomándola en mi mano, sintiendo su calor palpitante. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, ese gusto almizclado que me volvía loca. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. “¡Así, chula, chúpamela como reina!” La metí en mi boca, succionando profundo, mi lengua girando alrededor del glande mientras él jadeaba. Sentía su pulso en mi garganta, el sabor cada vez más intenso, mis jugos corriendo por mis piernas. Pero no lo dejé acabar; lo empujé sobre la cama, montándome encima.
Me acomodé sobre él, frotando mi coño empapado contra su verga, lubricándola con mis mieles. Lento, Sofía, hazlo durar, me dije, pero la necesidad era brutal. Bajé despacio, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. “¡Ay, wey, qué grande estás!” grité, y él embistió desde abajo, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo y rítmico. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos y el crujir de la cama. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, salado y dulce.
Cabalgaba fuerte, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones hasta que dolía placer. Cambiamos: él encima, misionero profundo, sus ojos clavados en los míos mientras me penetraba sin piedad. Soy tuya, Jesús Pasión, fóllame hasta que olvide mi nombre. Sentía cada vena de su pija rozando mis paredes, el glande golpeando mi cervix, ondas de placer subiendo desde mi útero. Me volteó a perrito, agarrándome las caderas, azotándome suave las nalgas. “¿Te gusta, puta rica?” preguntó, y yo “¡Sí, pendejo, más duro!”. El slap de sus bolas contra mi clítoris me llevaba al borde.
El clímax llegó como un terremoto. Primero yo, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de squirt mojando las sábanas, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en luces blancas. Él se corrió segundos después, llenándome de semen caliente, pulsación tras pulsación, gruñendo como animal. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su peso sobre mí era perfecto, protector.
Después, en la penumbra, fumamos un cigarro en la ventana, viendo las luces de la ciudad. Me acariciaba el pelo, besándome la frente. “Eres increíble, Sofía. Esto no acaba aquí”. Sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Jesús Pasión no era solo un apodo; era él, puro fuego que me había encendido para siempre. Nos dormimos enredados, con el sabor de la noche en la piel y la promesa de más pasiones por venir.