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La Pasión de Cristo Vestuario

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La Pasión de Cristo Vestuario

El teatro comunitario de Coyoacán bullía de vida esa tarde de jueves santo. Tú, Ana, habías llegado temprano al ensayo de La Pasión de Cristo, esa obra que cada año llenaba las calles de drama y fe. El aire olía a incienso quemado y a madera vieja del escenario, mezclado con el sudor fresco de los actores que ya calentaban. Tu corazón latía con esa emoción chueca, no solo por las luces y los aplausos, sino por él. Diego, el carnal que interpretaba a Jesús, con esos ojos cafés profundos que te miraban como si ya supiera todos tus pecados.

Entraste al vestuario, ese cuartito angosto al fondo del teatro que todos llamaban la pasión de Cristo vestuario por las pilas de túnicas raídas, coronas de espinas falsas y sandalias polvorientas. La puerta crujió al abrirse, y ahí estaba Diego, de espaldas, quitándose la playera. Su piel morena brillaba bajo la bombilla amarillenta, músculos tensos de tanto cargar cruces de utilería. Olía a jabón de sándalo y a hombre, ese aroma que te hacía apretar las piernas sin querer.

¿Por qué carajos siempre me pasa esto con él? Neta, Ana, contrólate, es solo un ensayo, pensaste, mientras colgabas tu bolso en el perchero.

—Órale, Ana, llegaste tempranito —dijo él, volteando con una sonrisa pícara que le arrugaba las comisuras—. ¿Me ayudas con la túnica? Esta madre se enreda como diablo.

Tú asentiste, acercándote. Tus dedos rozaron su espalda al tomar la tela áspera, y un chispazo te recorrió el cuerpo. La túnica era rugosa, como lino viejo, y al ajustarla sobre sus hombros anchos, sentiste el calor de su piel irradiando. Él se giró despacio, quedando a centímetros. Su aliento mentolado te rozó la cara, y el corazón te tronó en el pecho.

—Gracias, mamacita. Tú siempre tan precisa —murmuró, su voz grave como un tambor taholé.

El vestuario se sentía más chico de repente, el espejo empañado reflejando vuestras siluetas fundiéndose. Afuera, voces lejanas de los otros actores, pero aquí adentro, solo el zumbido del ventilador viejo y vuestras respiraciones aceleradas.

Acto primero del ensayo: la escena de la unción en Betania. Tú eras María Magdalena, la pecadora arrepentida, y él, el Mesías tentado. En el libreto, un beso en la mejilla, pero en tus sueños, mucho más. Mientras os vestíais, las miradas se cruzaron en el espejo. Sus ojos bajaron a tu escote, donde el vestido de lino ceñía tus curvas. Sentiste tus pezones endurecerse bajo la tela fina.

—Diego, ¿nunca te cansas de esto? De cargar la cruz, de ser el bueno —preguntaste, para romper el silencio cargado.

Él se rio bajito, ajustándose la cuerda al cintura. —Neta, a veces sí. Pero verte a ti como Magdalena... eso me da pila. Eres fuego, Ana. Cañona.

Sus palabras te calaron hondo. Te acercaste más, fingiendo acomodar una corona de espinas en el perchero. Vuestros cuerpos se rozaron: su cadera contra la tuya, dura y prometedora. Un jadeo se te escapó, y él lo notó. Su mano grande se posó en tu cintura, suave al principio, como preguntando permiso.

Esto no está en el guion, pensaste, pero tu cuerpo gritaba sí.

La tensión creció como tormenta de verano. Salisteis al escenario, pero el ensayo fue un desastre de tropiezos y risas nerviosas. Cada vez que interpretabais la pasión —tú lavando sus pies, él mirándote con ojos de redención—, el aire chispeaba. Sus dedos en tu pelo, oliendo a romero del aceite de utilería. El público imaginario jadeaba en tu mente.

De vuelta en la pasión de Cristo vestuario, solos al fin. Los demás se habían ido a cenar tamales en el puesto de la esquina. Tú te quitaste las sandalias, los pies doliéndote de tanto caminar sobre tablas ásperas. Diego cerró la puerta con llave, el clic resonando como sentencia.

—Ana, no aguanto más —confesó, voz ronca—. Desde el primer ensayo, te veo y se me para el mundo. ¿Quieres esto tanto como yo?

Tú lo miraste, el pulso martillando en tus venas. —Sí, pendejo. Neta que sí. Bésame ya.

Sus labios cayeron sobre los tuyos como lluvia caliente. Sabían a chicle de tamarindo y deseo puro. Lenguas danzando, húmedas y urgentes. Sus manos grandes te alzaron contra el perchero, túnicas cayendo al suelo como nieve sucia. Sentiste su erección presionando tu vientre, dura como la cruz que cargaba en escena. Olía a sudor masculino, a cuero viejo de los cinturones, a tu propia excitación floral.

Te bajó el vestido de un tirón suave, exponiendo tus senos al aire fresco. Sus labios bajaron, chupando un pezón con hambre. ¡Ay, Dios! Rico, tan rico, gemiste en tu mente. Mordisqueó suave, enviando ondas de placer hasta tu centro. Tus uñas se clavaron en su espalda, arañando piel salada.

Él te cargó hasta el banco largo del vestuario, donde se amontonaban mantos. Te recostó sobre ellos, suaves como nubes pese a la aspereza. Besos bajando por tu vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a tus bragas empapadas. Las quitó con dientes, el roce erizando tu piel.

Su aliento caliente en mi concha... voy a explotar ya, pensaste, arqueándote.

Diego separó tus muslos, besando el interior sensible. Su lengua encontró tu clítoris, lamiendo lento, saboreando tu miel salada. Gemías bajito, mordiendo tu labio para no alertar al mundo afuera. El ventilador zumbaba como testigo, el espejo reflejando tu cara de éxtasis: mejillas rojas, ojos vidriosos.

—Estás deliciosa, Ana. Mojadita pa' mí —gruñó, metiendo un dedo grueso, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hacía ver estrellas.

La intensidad subía. Tú lo jalaste del pelo, urgiéndolo. Él se quitó la túnica de un manotazo, revelando su verga tiesa, venosa, goteando pre-semen. La tomaste en mano, piel aterciopelada sobre acero. La lamiste de abajo arriba, saboreando su esencia salobre, mientras él jadeaba tu nombre como oración.

—Métemela, Diego. Fóllame fuerte —suplicaste, voz entrecortada.

Se posicionó, la punta rozando tu entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Llenándote por completo. El roce era fuego puro, paredes internas apretándolo. Empezó a moverse, embestidas profundas, el banco crujiendo rítmicamente. Sudor goteando de su pecho al tuyo, mezclándose. Olor a sexo crudo, a pasión desatada en la pasión de Cristo vestuario.

Tus caderas se alzaban a su encuentro, clítoris frotándose contra su pubis. Gemidos ahogados, besos salvajes. Sentías cada vena pulsando dentro, cada contracción tuya ordeñándolo. La presión crecía, un nudo apretándose en tu bajo vientre.

—Me vengo, Ana... ¡juntos! —rugió él, acelerando.

Explotasteis al unísono. Tu orgasmo te sacudió como rayo, paredes convulsionando, chorros de placer mojando sus bolas. Él se derramó dentro, caliente y abundante, gruñendo tu nombre. El mundo se disolvió en blanco, solo pulsos y temblores compartidos.

Quedasteis jadeando, enredados en túnicas arrugadas. Su peso sobre ti, protector. Besos suaves ahora, post-orgasmo. El vestuario olía a clímax satisfecho, a promesas mudas.

—Esto fue mejor que cualquier pasión de Cristo —susurró él, riendo bajito.

Tú sonreíste, acariciando su mejilla barbuda. —Y apenas es el principio, carnal. Mañana, después del Viernes Santo...

Salisteis del vestuario renovados, el secreto ardiendo en vuestras venas. La noche mexicana os esperaba, llena de más tentaciones.

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