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La Pasión de Cristo Última Cena

6641 palabras

La Pasión de Cristo Última Cena

La noche de Jueves Santo envolvía la antigua hacienda en las afueras de Oaxaca con un velo de misterio. El aire olía a jazmín fresco y a velas de cera de abeja encendidas, que parpadeaban sobre la larga mesa de madera tallada. Tú, Javier, actor aficionado con el cuerpo esculpido por horas en el gimnasio, te sientas a la cabecera como el centro de todo. Frente a ti, Ana, tu amante de ojos negros y curvas que quitan el aliento, arregla los platos con pan ázimo y copas de vino tinto mexicano, su vestido blanco ceñido al busto generoso y las caderas anchas que te vuelven loco.

Órale, qué chula se ve esta noche, piensas mientras la miras mover las nalgas con gracia felina. Habían planeado esto semanas atrás: una versión privada de la pasión de cristo última cena, no la de los curas tiesos, sino la suya, cargada de fuego y deseo. Nada de sermones, solo cuerpos que se buscan en la penumbra sagrada.

Maestro —dice ella con voz ronca, arrodillándose a tus pies como una discípula devota—. Esta es tu última cena conmigo. ¿Me darás tu cuerpo antes de la traición?

El corazón te late fuerte, el pulso acelerado en las sienes. El vino sabe a moras maduras en tu lengua, y el calor de su aliento cerca de tus muslos despierta a tu verga, que se endurece bajo la túnica improvisada de lino blanco.

¿Será pecado esto? No, wey, es puro amor carnal, bendecido por los dioses antiguos que México todavía recuerda.

Ana sube la mano por tu pierna, sus uñas pintadas de rojo rozando la piel sensible del interior del muslo. El roce es eléctrico, como un trueno lejano en la sierra. Tú agarras su barbilla, levantándola para mirarla a los ojos, pupilas dilatadas por la calentura compartida.

—Toma, discípula mía —susurras, ofreciéndole el pan—. Rompe conmigo este pacto de carne y sangre.

Ella muerde el pan con labios carnosos, dejando migajas que caen sobre su escote. Luego, moja sus dedos en el vino y te los acerca a la boca. Tú chupas, saboreando el dulce ácido mezclado con su sal natural. El aroma de su piel, jabón de lavanda y algo más profundo, almizclado, te invade las fosas nasales.

La tensión crece como la marea en la costa del Pacífico. Tus manos encuentran los tirantes del vestido, bajándolos despacio. Sus pechos saltan libres, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco y tu mirada hambrienta. Qué tetas tan ricas, mamacita.

—Desnúdame, Ana. Hazme como a tu Cristo, expuesto para la pasión.

Ella obedece, quitándote la túnica con reverencia. Tu verga erguida salta al aire, venosa y palpitante, goteando ya el presagio de tu leche. Ana gime bajito, un sonido gutural que reverbera en tu pecho.

Acto primero cerrado, pasáis a la mesa. La madera fría contra tu espalda desnuda contrasta con el calor de su cuerpo encima. Sus caderas se mecen, frotando su panocha húmeda contra tu dureza. El sonido es obsceno: chup chup de jugos mezclados, olfateados en el aire cargado.

En el medio del relato, la intensidad sube como el volcán Popocatépetl en erupción. Ana se incorpora, quitándose el vestido por completo. Su cuerpo moreno brilla bajo las velas, sudor perlando la curva de su vientre, el triángulo negro de vello púbico reluciente de excitación. Tú la volteas sobre la mesa, platos volcados con estruendo, vino derramándose como sangre simbólica.

¡Fóllame, mi Señor! —grita ella, abriendo las piernas. Sus labios mayores hinchados, el clítoris asomando como una perla rosada.

Tú te arrodillas, lengua ávida lamiendo desde el ano hasta el botón del placer. Sabe a mar, a sal y miel salvaje. Ana arquea la espalda, uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas rojas que arden deliciosamente. Qué sabor, pinche delicia mexicana.

Esto es mejor que cualquier misa. Su concha es mi hostia, su grito mi amén.

La devoras con hambre de lobo, dedos metiéndose en su interior resbaladizo, curvándose para tocar ese punto que la hace temblar. Ella cabalga tu cara, caderas girando, gemidos convirtiéndose en alaridos que espantan a los grillos afuera. El olor a sexo impregna todo, almizcle animal mezclado con cera quemada.

Pero no la dejas correrse aún. Te levantas, verga en mano, rozándola contra su entrada. —Pídemelo, puta santa.

¡Métemela toda, Cristo mío! Dame tu pasión.

Empujas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes te aprietan como un puño de terciopelo caliente. El estiramiento, el roce, te arranca un gruñido. Completamente dentro, os quedáis quietos, jadeando, pulsos latiendo en sincronía. Luego, el ritmo: lento al principio, como una procesión, luego furioso, carne contra carne, plaf plaf plaf resonando en la hacienda vacía.

Ana te araña la espalda, piernas envueltas en tu cintura, talones clavándose. Sudor gotea de tu frente a su boca abierta, ella lo lame con deleite. Internalizas el conflicto: ¿es blasfemia? No, es liberación, amor en su forma más pura y sucia.

Cambias posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona en yegua salvaje. Sus tetas rebotan hipnóticas, tú las agarras, pellizcando pezones hasta que grita ¡ay, cabrón!. El clímax se acerca, ovillos en el estómago, bolas apretadas.

En el final, el éxtasis estalla. Ana se tensa primero, concha convulsionando alrededor de tu verga, chorros calientes mojando vuestros sexos unidos. —¡Me vengo, amor! ¡La pasión de cristo última cena! —aúlla, invocando el nombre de su fantasía compartida.

Tú la sigues, bombeando profundo, semen brotando en chorros espesos que la llenan hasta rebosar. El mundo se reduce a blanco, al latido compartido, al olor de semen y sudor.

Caéis exhaustos sobre la mesa desordenada, cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose. El viento nocturno entra por las ventanas abiertas, refrescando la piel ardiente. Ana te besa el pecho, lengua lamiendo el sudor salado.

—Fue perfecto, mi Cristo —murmura, ojos brillantes—. La pasión de cristo última cena que soñé.

Tú la abrazas, mano acariciando su nalga suave. El afterglow es dulce, como mezcal reposado. Reflexionas en silencio: en México, la fe y el deseo siempre bailan juntos, en fiestas y camas secretas. Esta noche, habéis creado vuestro propio evangelio erótico, eterno en memorias y promesas de más.

Las velas se apagan una a una, dejando solo la luna testigo de vuestro amor consumado.

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