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Pasion de Gavilanes Capitulo 8 Fuego en la Sangre

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Pasion de Gavilanes Capitulo 8 Fuego en la Sangre

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas. Ana se recostó en el sofá de cuero viejo pero mullido de la sala principal rodeada del aroma a madera de encino y jazmín del jardín. Encendió la tele con el control remoto su dedo índice rozando el botón con una lentitud deliberada. Pasión de Gavilanes capítulo 8 esa era la entrega que esperaba con ansias toda la semana. La pantalla cobró vida con las voces apasionadas de los hermanos Reyes y las Elizondo el drama envuelto en celos venganzas y un deseo que ardía como chile serrano en la lengua.

Ana de treinta y dos años dueña de esta hacienda heredada de su familia tenía la piel morena curtida por el sol mexicano y unos ojos negros que prometían tormentas. Vestía un camisón de algodón blanco que se adhería a sus curvas generosas por el calor pegajoso de la noche. Mientras veía cómo Juan Delgado besaba a Norma con furia contenida un calor familiar se encendió en su vientre bajo.

¿Por qué carajos esa novela me pone así de caliente cada vez?
pensó mordiéndose el labio inferior el sabor metálico de su propia sangre mezclándose con la saliva.

El teléfono vibró en la mesita de noche. Era Miguel su amante intermitente un vaquero alto de hombros anchos y manos callosas que olía a tierra húmeda y sudor varonil. Habían empezado como vecinos de la hacienda pero una noche de tormenta con relámpagos iluminando el cielo se habían entregado el uno al otro en el granero. Neta Miguel me tiene bien clavada se dijo Ana mientras leía su mensaje: Wey ¿ya viste el capítulo? Esa pasión de gavilanes me recuerda a nosotros. Sonrió con picardía respondiendo: Ven pa'cá cabrón y hagamos nuestro propio capítulo 8.

Quince minutos después el motor de su camioneta retumbó en el patio de grava. Ana se levantó el corazón latiéndole como tambor de mariachi en las costillas. Abrió la puerta principal y ahí estaba él con su camisa a cuadros desabotonada hasta el pecho vello oscuro brillando bajo la luz del porche. Olía a tabaco y a la brisa nocturna cargada de eucalipto. Órale qué chingón se ve este pendejo pensó ella mientras lo jalaba adentro cerrando la puerta con un pie.

—Ana preciosa —murmuró él su voz grave como trueno lejano rozando su mejilla con labios ásperos—. Esa novela me dejó con el miembro parado como estaca.

Pasión de gavilanes capítulo 8 siempre hace eso wey —rió ella presionando su cuerpo contra el de él sintiendo la dureza de su erección contra su vientre—. Pero la nuestra va a ser mejor sin venganzas solo puro desmadre placentero.

Se besaron con hambre sus lenguas danzando un tango húmedo y salvaje. El sabor de su boca era a tequila reposado y menta fresca el de ella a fresas maduras del huerto. Las manos de Miguel subieron por su espalda arañando levemente la tela del camisón hasta encontrar los cordones que lo ataban. Lo desató con dedos temblorosos dejando que cayera al suelo revelando sus senos plenos pezones endurecidos como piedras de obsidiana.

Acto primero concluía con esa promesa de fuego. Ana lo guio al sofá donde la novela aún murmuraba en la tele de fondo los gemidos de los protagonistas un eco perfecto para su propia sinfonía naciente.

Miguel la tumbó con gentileza pero firmeza sus ojos devorándola como coyote a liebre.

Este hombre me hace sentir reina del mundo
reflexionó ella mientras él besaba su cuello inhalando el perfume de su piel mezclado con el sudor incipiente. Sus labios bajaron trazando un camino de fuego por su clavícula lamiendo el valle entre sus pechos. Ana arqueó la espalda un gemido escapando de su garganta ronco y animal. Tocó su cabello revuelto enredando dedos en mechones húmedos tirando suavemente para guiarlo más abajo.

—Chúpame las tetas Miguel no seas mamón —susurró ella con voz entrecortada.

Él obedeció succionando un pezón con avidez la lengua girando en círculos húmedos mientras su mano libre exploraba su muslo interno rozando el calor húmedo entre sus piernas. Ana sintió el pulso acelerado en su clítoris latiendo al ritmo de su respiración jadeante. El aire se llenó del olor almizclado de su excitación mezclado con el cuero del sofá y el jazmín que entraba por la ventana entreabierta.

Pero no era solo físico. Ana luchaba internamente con el miedo a la rutina a que esta pasión se enfriara como café olvidado. Miguel no eres solo un revolcón eres el que me hace vibrar pensó mientras lo empujaba hacia arriba para desvestirlo. Le quitó la camisa revelando un torso musculoso marcado por el trabajo en el rancho cicatrices leves como mapas de aventuras pasadas. Sus manos bajaron al cinturón desabrochándolo con torpeza ansiosa liberando su verga erecta venosa y palpitante. La tomó en su mano el calor y la suavidad de la piel sorprendiéndola siempre.

—Métetela en la boca reina —gruñó él ojos semicerrados de placer anticipado.

Ana se arrodilló el piso de loseta fría contra sus rodillas un contraste delicioso con el fuego de su piel. Lo lamió desde la base hasta la punta saboreando la sal de su pre-semen el aroma terroso invadiendo sus fosas nasales. Lo engulló centímetro a centímetro gimiendo vibraciones que lo hicieron jadear cabrón qué rico. Él enredó dedos en su cabello guiándola con ritmo creciente pero siempre atento a sus señales mutuo consentimiento en cada movimiento.

La tensión escalaba como tormenta en el horizonte truenos lejanos convirtiéndose en rayos cercanos. Se levantaron tropezando entre risas y besos hasta el dormitorio iluminado por la luna llena. Cayeron en la cama king size sábanas de lino crujiendo bajo su peso.

El clímax se acercaba inexorable. Miguel se posicionó entre sus piernas abriéndolas con ternura besando el interior de sus muslos el vello púbico húmedo reluciendo. Su lengua encontró su centro lamiendo pliegues hinchados succionando el clítoris con maestría. Ana gritó placer olas de éxtasis recorriendo su espina dorsal uñas clavándose en sus hombros. ¡Sí así no pares wey! exclamó piernas temblando.

Él subió colocándose en su entrada frotando la punta contra su humedad. —Dime que la quieres Ana —pidió voz ronca.

¡Métemela ya Miguel fóllame como en pasión de gavilanes! —suplicó ella envolviendo piernas alrededor de su cintura.

Entró despacio centímetro a centímetro estirándola llenándola por completo. El roce era exquisito fricción perfecta sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. Empezaron un ritmo lento profundo acelerando gradualmente camas retumbando contra la pared sonidos húmedos de carne contra carne gemidos entremezclados. Sudor perlaba sus cuerpos brillando bajo la luna olor a sexo crudo impregnando el aire. Ana sintió el orgasmo construyéndose una espiral apretada en su núcleo explotando en estrellas detrás de sus párpados gritando su nombre mientras él la seguía corriéndose dentro con un rugido gutural llenándola de calor líquido.

Acto tercero el afterglow. Yacían enredados respiraciones calmándose pulsos enlenteciéndose. Miguel besó su frente suave inhalando su aroma post-coital.

Esto es más que pasión es hogar
pensó Ana acariciando su pecho escuchando el latido constante de su corazón.

—Qué chido fue nuestro capítulo 8 ¿verdad? —murmuró él sonriendo perezoso.

—El mejor wey y quiero más capítulos contigo —respondió ella besándolo tierno promesa de futuras noches ardientes.

La hacienda dormía en paz solo el susurro del viento y sus suspiros residuales rompiendo el silencio emocional cierre perfecto a su pasión desatada.

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