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Pasion Mañanera Irresistible

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Pasion Mañanera Irresistible

El sol de la mañana se colaba por las cortinas entreabiertas de mi departamento en Polanco, tiñendo la habitación de un dorado suave que me hacía cosquillas en la piel desnuda. Me desperté con el calor del cuerpo de Javier pegado al mío, su brazo pesado sobre mi cintura, su respiración profunda rozándome el cuello. Olía a él, a ese aroma masculino mezclado con el jabón de lavanda que usábamos la noche anterior. Qué chido despertar así, pensé, sintiendo ya esa cosquilla familiar entre las piernas.

—Buenos días, muñeca —murmuró con voz ronca, aún medio dormido, mientras su mano bajaba despacio por mi cadera.

Me giré hacia él, mis tetas rozando su pecho peludo, y le di un beso ligero en los labios. Sabían a sueño y a promesas. Javier era mi carnal, mi amor de tantos años, el wey que me hacía vibrar con solo una mirada. Vivíamos juntos en este nido de amor, rodeados de plantas y fotos de nuestros viajes por la costa oaxaqueña. Esa mañana, el tráfico lejano de la Ciudad de México era solo un zumbido distante, como si el mundo nos dejara en paz para disfrutar nuestra pasión mañanera.

¿Por qué siempre me pasa esto con él? Un roce y ya estoy mojada, lista para que me coma entera.

Le sonreí pícara, mordiéndome el labio inferior. —¿Ya traes ganas, cabrón? —le susurré, mientras mi mano se aventuraba bajo las sábanas, encontrando su verga ya semi-dura, palpitante contra mi palma.

Él soltó un gemido bajo, ese sonido gutural que me erizaba la piel. —Siempre contigo, chula. Eres mi vicio matutino.

Sus dedos se colaron entre mis muslos, abriéndome con ternura. Sentí su tacto áspero, calloso de tanto gym, rozando mi clítoris hinchado. Ay, Dios, el calor se extendió por mi vientre como miel caliente. Lo miré a los ojos, cafés y profundos, llenos de ese hambre que compartíamos. Nuestros cuerpos se conocían de memoria, pero cada roce era como la primera vez: fresco, intenso, lleno de chispas.

Me subí encima de él, mis rodillas a los lados de sus caderas, sintiendo el peso de mi culo sobre su abdomen firme. El aire olía a sexo incipiente, a esa humedad dulce que ya emanaba de mí. Javier alzó las manos y amasó mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico. —Qué mamacita tan rica —gruñó, incorporándose para chuparme uno, su lengua caliente y húmeda girando alrededor.

Yo arqueé la espalda, gimiendo bajito, el sonido rebotando en las paredes blancas de la recámara. Mis uñas se clavaron en sus hombros anchos, dejando marcas rojas que sabía que le encantaban. Quiero devorarlo, pensé, mientras bajaba mi mano para guiar su verga hacia mi entrada. Estaba empapada, resbaladiza, lista para él.

Esta pasión mañanera nos une más que cualquier juramento. Es nuestro ritual, nuestro secreto chido.

Despacio, me hundí en él. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Qué delicia! Su grosor me pulsaba adentro, latiendo al ritmo de su corazón acelerado. Empecé a moverme, un vaivén lento al principio, sintiendo cómo sus bolas chocaban contra mi culo con cada bajada. El sudor nos perlaba la piel, y el slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos.

—Más rápido, pendeja mía —me pidió, con esa voz juguetona que me volvía loca, sus caderas embistiéndome desde abajo.

Aceleré, cabalgándolo como una reina, mis tetas botando al ritmo frenético. El placer subía en oleadas, desde mi concha hasta mi pecho, haciendo que mi respiración se entrecortara. Olía a nosotros, a sudor salado y a ese almizcle de excitación que me mareaba. Javier se sentó, envolviéndome con sus brazos fuertes, y me besó con furia, su lengua invadiendo mi boca como su verga invadía mi cuerpo.

Nos volteamos en un enredo de sábanas y risas ahogadas. Ahora él encima, mis piernas abiertas como alas, recibiéndolo profundo. Cada embestida era un trueno en mi interior, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. —Te amo, wey —le confesé entre gemidos, mis manos enredadas en su pelo revuelto.

—Y yo a ti, mi vida. Eres todo para mí —respondió, su frente contra la mía, sudor goteando de su nariz a mi piel.

El clímax se acercaba, esa tensión enroscada en mi vientre lista para estallar. Javier aceleró, sus gruñidos más salvajes, su verga hinchándose dentro de mí. Sentí mis paredes contrayéndose, ordeñándolo, y entonces exploté. Un grito ronco salió de mi garganta, mi cuerpo convulsionando bajo él, olas de placer puro recorriéndome como fuego líquido. Él me siguió segundos después, derramándose caliente dentro de mí con un rugido animal, sus caderas temblando.

Esta es nuestra pasión mañanera, cruda, real, la que nos hace sentir vivos en este pinche mundo loco.

Nos quedamos así, unidos, respirando agitados mientras el sol subía más alto. Su peso sobre mí era reconfortante, protector. Poco a poco, se salió, y un chorrito cálido escapó de mí, manchando las sábanas. No importaba; las lavaríamos después.

Javier rodó a mi lado, jalándome contra su pecho. Su corazón latía desbocado contra mi oreja, y lo besé ahí, saboreando la sal de su piel. —Qué chingón amanecer, ¿verdad? —dijo riendo bajito, su mano acariciando mi espalda en círculos perezosos.

—El mejor, carnal. Contigo todo es perfecto —respondí, cerrando los ojos, inhalando su esencia.

Nos quedamos enredados un rato más, hablando de tonterías: el café que prepararíamos, el cine al que iríamos esa noche, nuestros planes para un fin en la playa de Puerto Vallarta. La habitación se llenó del aroma del amor consumado, dulce y pegajoso. Me sentía plena, empoderada, como si esa pasión mañanera me recargara las pilas para el día.

Al final, nos levantamos, desnudos y sonrientes, caminando a la cocina de la mano. El sol brillaba sobre la ciudad, pero nada comparado con el fuego que ardía entre nosotros. Esto es la vida, pensé, mientras él me servía un café humeante, sus ojos prometiendo más noches y mañanas como esta.

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