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Pasión en Inglés con Traductor Google

6893 palabras

Pasión en Inglés con Traductor Google

Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en la Condesa, ese barrio chido de la Ciudad de México donde todo huele a café recién molido y a jazmines en las tardes. Trabajo en una agencia de marketing digital, pero mi vida amorosa era un pinche desierto hasta que descargué esa app de citas gringas. Ahí lo encontré: Alex, un güey de treinta y dos, rubio, ojos azules como el mar de Cancún, arquitecto de Nueva York en viaje de negocios. Su perfil decía looking for passion, y yo, neta, me picó la curiosidad. Busqué pasión en inglés traductor Google y me salió "passion". ¡Qué simple y qué caliente sonaba!

Empezamos a chatear. Él escribía en inglés perfecto, yo respondía con mi español chaparro mezclado con traducciones locas. "Hola handsome, quiero passion contigo", le mandé una noche, usando el traductor que a veces la caga cañón. Él contestó: "Passion? Oh baby, I love that. Tell me more." Me reí sola en mi depa, con el ventilador zumbando y el olor a tacos de suadero subiendo desde la calle. Mi corazón latía fuerte, imaginando sus manos grandes en mi cintura.

¿Y si este gringo me hace volar? Neta, hace rato que no siento este cosquilleo en el estómago.
Le conté de mis gustos: bailar salsa en cantinas, comer chilaquiles con mucho chile, y él me describió Nueva York, pero siempre volvíamos a lo carnal. "Your body sounds delicious", traduje yo, y le mandé una foto en bikini de mi última vacación en Puerto Vallarta. La tensión crecía con cada mensaje. Una semana después, me invitó a su hotel en Polanco. "Ven esta noche, mi reina. Passion awaits."

Llegué al lobby del hotel con el estómago revuelto de nervios y emoción. Vestida con un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas, tacones altos y el perfume de vainilla que me hace oler a postre mexicano. El aire acondicionado era helado, contrastando con el calor que subía por mi piel. Lo vi esperándome en el bar, con camisa blanca arremangada, mostrando brazos fuertes y tatuajes sutiles. "Ana, you're even hotter in person", dijo, besándome la mejilla. Su aliento olía a whisky suave, y su colonia, un aroma amaderado y fresco, me invadió los sentidos. Nos sentamos, pedimos margaritas con sal gruesa que crujía al morder el vaso. Hablábamos torpe: yo sacaba el celular para traducir, él reía con esa sonrisa pícara.

"Pasión en inglés es passion, ¿verdad?", le dije juguetona, mientras mi pie rozaba el suyo bajo la mesa. Él asintió, ojos clavados en mis labios.

Pinche güey, me mira como si ya me estuviera desnudando. Siento mi piel erizándose, mis pezones endureciéndose contra el brasier.
La charla escaló rápido. Me contó de su divorcio reciente, cómo extrañaba el fuego en la cama. Yo confesé que los morros mexicanos a veces son muy mansos, que antojo de un hombre que me tome con fuerza. Su mano cubrió la mía, pulgar acariciando mi palma, enviando chispas por mi espina. "Vamos a mi habitación", murmuró, voz ronca. Subimos en el elevador, solos, y ya no aguanté: lo besé. Sus labios eran firmes, su lengua invadió mi boca con sabor a tequila y deseo puro. Presioné mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su erección dura contra mi vientre. El ding del elevador nos separó, pero el fuego ya ardía.

En la suite, luces tenues, vista a las luces de la ciudad parpadeando como estrellas. Cerró la puerta y me acorraló contra la pared, manos en mi culo, amasándolo con ganas. "Eres deliciosa, Ana", gruñó en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Olía a su sudor limpio mezclado con mi perfume, embriagador. Le quité la camisa, besando su pecho velludo, lamiendo un pezón salado. Él desabrochó mi vestido, que cayó al piso como una cascada negra. Solo en lencería roja, me miró hambriento. Sus dedos trazaron mi espina, bajando hasta mis nalgas, apretando. "Dios, qué chingón tu cuerpo", dije yo, usando mi slang mexicano para hacerlo reír. Me cargó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente.

Ahí empezó el verdadero desmadre. Se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, inhalando mi aroma íntimo. "Hueles a miel y pecado", tradujo él riendo, pero neta lo dijo perfecto. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento, círculos que me hicieron arquear la espalda. Gemí fuerte, "¡Ay, wey, no pares!" Mis manos en su pelo rubio, jalando suave. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, mezclado con mis jadeos. Sentía mi humedad empapando las sábanas, pulsos latiendo en mi centro. Él metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me volvió loca.

¡Madre santa, este gringo sabe! Mi cuerpo tiembla, el orgasmo se acerca como tormenta en el desierto.
Exploté gritando su nombre, piernas temblando, olas de placer recorriéndome desde el útero hasta las yemas de los dedos.

No me dejó descansar. Me volteó boca abajo, besando mi nuca, lamiendo sudor salado de mi espalda. Su verga, dura como piedra, rozaba mis nalgas. "Quiero entrar en ti, mi pasión mexicana", susurró, y yo, empoderada, le dije: "Fóllame duro, papi". Se puso condón –siempre seguro, qué responsable– y empujó lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome. ¡Qué grosor, qué largo! Empezó moviéndose, primero gentil, luego bestial. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mis tetas rebotando con cada embestida. Olía a sexo puro, a fluidos y deseo. Giré la cabeza para besarlo, mordiendo su labio inferior. Él me jaló el pelo suave, arqueándome más, tocando ángulos profundos que me hacían ver estrellas.

Cambié posiciones como en esas pelis pornos chidas: lo monté, cabalgándolo con ritmo de cumbia. Mis caderas girando, sintiendo su pubis rozando mi clítoris. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado al lamerlo. "¡Más rápido, Ana! You're my fire", jadeaba él. Yo aceleré, uñas en su pecho, dejando marcas rojas. El segundo orgasmo me pegó como rayo, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. Él gruñó, tensándose, y se vino dentro del condón, cuerpo convulsionando contra el mío. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas sincronizadas con el zumbido del minisplit.

Después, en el afterglow, yacimos desnudos, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Le acariciaba el pelo, oliendo su champú fresco. "Gracias por traducir la pasión, Google", bromeé, y él rio, besando mi piel. Hablamos de volver a vernos, quizás en Nueva York o aquí en México. No era amor, pero fue conexión pura, fuego que quema y deja huella. Me fui al amanecer, piernas flojas, sonrisa pendeja en la cara, sabiendo que esa noche cambió mi app de citas para siempre.

Neta, la pasión no necesita palabras perfectas; el cuerpo habla todos los idiomas.

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