Pasión por las Almas PDF
Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, pegajoso y pesado como un amante insistente. Yo, Ana, sentada en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y una chela fría en la mano, navegaba por foros raros de literatura erótica. No sé qué demonios me jaló a ese link olvidado: pasion por las almas pdf. Lo descargué sin pensarlo dos veces, neta, con esa curiosidad que te pica en el bajo vientre.
Abrí el archivo y ¡órale! No era un pinche manual cualquiera. Hablaba de pasiones que trascienden la carne, de almas que se enredan en un baile eterno de deseo puro. Las palabras se me colaban por los ojos, describiendo toques que encendían el espíritu, besos que sabían a eternidad. Sentí un cosquilleo en la piel, el sudor perlando mi cuello, el aroma de mi propia excitación mezclándose con el jazmín del balcón.
¿Y si el sexo no es solo cuerpos chocando, sino almas devorándose?me repetía en la cabeza mientras mis dedos bajaban solitos por mi panza, rozando el encaje de mis calzones.
Al día siguiente, en el café de la esquina, con su olor a café de olla y pan dulce recién horneado, lo vi. Diego, el carnal que pintaba murales en las paredes de la colonia, con esos ojos cafés que te miran como si ya te conocieran de adentro. Chale, siempre lo había visto de reojo, con su playera ajustada marcando los músculos del pecho, el olor a pintura fresca y tabaco envolviéndolo. Me senté cerca, fingiendo leer mi cel, pero mi mente seguía en ese PDF maldito.
—¿Qué traes ahí, morra? Te veo bien concentrada —me dijo con esa voz ronca, sentándose sin permiso, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. El contacto fue eléctrico, como si chispas saltaran entre nosotros.
Le conté del archivo, de pasion por las almas pdf, de cómo me había puesto la piel chinita. Él sonrió picoso, ese gesto de pendejo sabiondo que me encanta.
—Suena chido. ¿Me lo mandas? A ver si no es puro cuento.
Se lo pasé por Whats, y en minutos ya chateaba: Neta, esto es fuego puro. ¿Café en tu casa pa' platicarlo? Mi corazón latió como tamborazo en mariachi, el pulso acelerado en las sienes. ¿Sería él? ¿El que despertaría esa pasión de almas que el PDF prometía?
Lo esperé en mi sala, luces bajas, velas de vainilla derramando su dulce aroma, la ciudad rugiendo afuera con cláxones y risas lejanas. Llegó con una botella de mezcal ahumado, su camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro en el pecho. Nos sentamos en el sofá, el PDF abierto en mi laptop entre nosotros. Leímos en voz alta, las palabras flotando como humo:
La pasión por las almas nace cuando los cuerpos se rinden, cuando el aliento se mezcla y el alma tiembla al borde del abismo del placer.
Sus dedos rozaron los míos al pasar la página, un toque leve que me erizó toda. Olía a él: tierra mojada después de lluvia, mezclado con el mezcal. Mi respiración se aceleró, pechos subiendo y bajando, pezones endureciéndose contra la tela fina de mi blusa.
—Ana, esto no es solo leer —murmuró, su aliento caliente en mi oreja—. Siento que me estás viendo de verdad, como si ya supieras mi alma.
Me volteé, nuestros labios a centímetros. El deseo era un nudo en mi estómago, caliente y líquido. Lo besé primero, suave, probando el sabor salado de su boca, el toque áspero de su barba incipiente raspando mi piel suave. Él respondió con hambre, lengua invadiendo, manos subiendo por mi espalda, desabrochando mi bra con maestría. ¡Qué chingón se siente esto! pensé, mientras su palma cálida cubría mi teta, pulgar girando el pezón hasta sacarme un gemido ahogado.
Nos paramos, ropa cayendo como hojas secas. Su cuerpo desnudo era una obra maestra: verga dura apuntando al techo, venas pulsantes, glande brillante de anticipación. Yo, expuesta, sentí el aire fresco lamiendo mi coño húmedo, labios hinchados rogando atención. Lo jalé al cuarto, sábanas frescas oliendo a lavanda, ciudad zumbando como banda sonora.
En la cama, no fue salvajismo ciego. Seguimos el PDF en la mente: toques lentos, explorando. Sus labios bajaron por mi cuello, succionando, dejando marcas rojas que ardían dulcemente. Lamidas en las tetas, lengua plana y caliente rodeando aureolas, mordidas suaves que me arquearon la espalda. Carajo, Diego, me estás volviendo loca, jadeé en mi cabeza, mientras mis uñas se clavaban en sus hombros anchos, sintiendo músculos tensos bajo la piel sudorosa.
Él bajó más, nariz rozando mi ombligo, inhalando mi aroma almizclado de mujer en celo. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito, placer explotando como cohete en fiesta patria. Lamía despacio, círculos precisos, chupando labios mayores, metiendo lengua adentro saboreando mis jugos dulces y salados. Mis caderas se movían solas, frotándose contra su cara barbuda, olor a sexo llenando el cuarto, mezclado con nuestro sudor.
—¡No pares, wey! ¡Así, cabrón! —le rogué, voz ronca, piernas temblando.
Me volteó, poniéndome a cuatro, su verga rozando mi entrada, caliente y pesada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el slap de piel contra piel empezando lento, building up. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, bolas golpeando mi clítoris con cada embestida.
El ritmo subió, sudor goteando de su pecho a mi espalda, resbaloso y caliente. Yo empujaba hacia atrás, coño apretándolo como puño, ordeñándolo.
Esto es la pasión por las almas, pendejos, pensé, mientras su mano bajaba a frotar mi botón, ondas de placer subiendo por mi espina.
Me giró de nuevo, cara a cara, piernas enredadas. Lo miré a los ojos, almas conectando de verdad, como prometía el PDF. Besos fieros, lenguas batallando, mientras él me taladraba profundo, próstata golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. El orgasmo me pegó como camión, cuerpo convulsionando, coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por sus huevos. Él gruñó animalesco, verga hinchándose, corriéndose dentro con chorros calientes que pintaban mis paredes internas.
Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos, corazones galopando al unísono. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi latido, mi mano enredada en su pelo húmedo. El cuarto olía a sexo crudo, mezcal y nosotros, perfecto. Afuera, la ciudad seguía su rollo, pero adentro, algo había cambiado. Ese PDF no era solo palabras; era el mapa a esto, a almas enredadas en pasión eterna.
—Neta, Ana, esto fue chingón. Como si nos conociéramos de otras vidas —susurró, besando mi piel salada.
Sonreí, sabiendo que volvería a abrir ese archivo, pero ahora con su calor al lado. La pasión por las almas pdf había despertado algo imparable en mí, en nosotros. Y qué chido se sentía.