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Novela de Pasión y Poder Capítulos Completos

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Novela de Pasión y Poder Capítulos Completos

Ana López caminaba por el salón de cristal del hotel en Polanco con la seguridad de quien domina el tablero de ajedrez corporativo. Su vestido rojo ceñido acentuaba cada curva de su cuerpo atlético, el aroma de su perfume de jazmín flotando como una promesa en el aire cargado de risas y copas tintineantes. Era la dueña de la cadena de hoteles más exitosa de la Ciudad de México, y esta noche, en la gala anual de empresarios, todos los ojos estaban sobre ella. Pero solo uno la hacía sentir ese cosquilleo traicionero en la piel: Diego Salazar, el macho alfa de la industria inmobiliaria, con su traje negro impecable y esa sonrisa lobuna que gritaba poder.

Qué buena noche para cerrar tratos, ¿no, Ana? —dijo él acercándose, su voz grave como el ronroneo de un jaguar, oliendo a colonia cara y a algo más primitivo, como tierra mojada después de la lluvia.

Ana giró la cabeza, su cabello negro cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Lo miró de arriba abajo, notando cómo su camisa se tensaba contra el pecho musculoso. Este pendejo siempre sabe cómo ponerme los nervios de punta, pensó, mientras su pulso se aceleraba. —Solo si el trato vale la pena, Diego. No soy de las que firman con cualquiera.

La tensión entre ellos era eléctrica, como el aire antes de una tormenta en el desierto de Sonora. Habían competido por años: ella expandiendo hoteles de lujo, él devorando terrenos prime. Pero debajo de las juntas y las ofertas hostiles, ardía algo más. Deseo puro, crudo, que ninguno admitía. Esa noche, con el mariachi sonando de fondo y el tequila reposado quemando sus gargantas, el juego cambió.

¿Y si te invito a mi penthouse? Tengo una vista que te va a dejar sin aliento. Literalmente. —Sus ojos oscuros la devoraban, prometiendo más que panoramas.

Ana dudó un segundo, sintiendo el calor subir por sus muslos. ¿Por qué no? Esta es mi novela de pasión y poder, capítulos completos que yo controlo. —Está bien, güey. Pero no creas que me vas a impresionar tan fácil.

En el elevador privado, el silencio era pesado, roto solo por el zumbido suave y sus respiraciones aceleradas. Diego se acercó, su mano rozando accidentalmente —o no— la cadera de ella. El toque fue como fuego: piel contra piel a través de la tela fina, enviando chispas directo a su centro. Ana contuvo un jadeo, oliendo su aroma masculino mezclado con el cuero del interior.

El penthouse era un sueño de lujo: ventanales del piso al techo mostrando las luces de Reforma, muebles de piel italiana, una botella de tequila añejo abierta sobre la barra de mármol. Diego sirvió dos shots, sus dedos rozando los de ella al pasarle el vaso. El líquido ámbar bajó ardiente por su garganta, calentando su vientre.

Admítelo, Ana. Me deseas tanto como yo a ti. —murmuró él, acorralándola contra la ventana. Su aliento caliente en su cuello, el vidrio frío contrastando con el calor de su cuerpo.

Ella lo empujó juguetona, pero no lo soltó. Su piel sabe a sal y victoria, pensó mientras lo besaba con hambre. Sus labios se fundieron: suaves al principio, luego fieros, lenguas danzando en un duelo de poder. Diego la levantó sin esfuerzo, sus manos fuertes en sus nalgas, apretando la carne firme bajo el vestido. Ana enredó las piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su panocha ya húmeda.

La llevó al sofá, depositándola como un trofeo. Le bajó el vestido despacio, revelando sus senos perfectos, pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. —Eres una diosa, mamacita —gruñó él, lamiendo un pezón con la lengua áspera, saboreando la sal de su piel. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios: ¡Órale, sí! El sonido de su succión era obsceno, húmedo, mezclado con su respiración jadeante.

Pero Ana no era de las que se rinden. Lo volteó, montándose a horcajadas sobre él. Ahora mando yo en esta novela pasión y poder, capítulos completos de mi placer. Le desabrochó la camisa, arañando su pecho velludo con las uñas pintadas de rojo. Bajó la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La miró, oliendo su excitación almizclada. —Qué chingona está esta —dijo ella, acariciándola de la base a la punta, sintiendo el pulso acelerado bajo su palma.

Diego gimió, sus caderas elevándose. Chúpamela, Ana. Quiero sentir esa boca tuya de empresaria mandona. Ella sonrió maliciosa, bajando la cabeza. Su lengua rodeó la cabeza hinchada, probando el sabor salado del precum. Lo tomó profundo, succionando con ritmo, el sonido de saliva y gemidos llenando la habitación. Él enredó los dedos en su pelo, guiándola pero sin forzar: puro instinto mutuo.

La tensión crecía como una ola en Acapulco. Ana se incorporó, quitándose las bragas empapadas. Su panocha brillaba, hinchada de necesidad, el aroma dulce y almizclado flotando entre ellos. Se posicionó sobre él, rozando su verga contra sus labios húmedos. —Te voy a cabalgar hasta que ruegues, carnal.

Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. El placer era cegador: roce ardiente, pulsos sincronizados, el slap de piel contra piel. Diego la agarró de las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. Su calor me envuelve, su poder se rinde al mío, pensó ella, cabalgando más rápido, senos rebotando, sudor perlando sus cuerpos.

Cambiaron posiciones: él encima ahora, pero ella lo guiaba con las piernas. Misionero intenso, sus ojos clavados, respiraciones entrecortadas. —¡Más duro, pendejo! ¡Dame todo! —exigió Ana, clavando uñas en su espalda. Diego obedeció, embistiendo profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, fluidos, pasión desatada. Sus gemidos se volvieron gritos, el sofá crujiendo bajo ellos.

El clímax se acercaba como un tren de alta velocidad. Ana sintió la presión en su vientre, el cosquilleo extendiéndose. —¡Me vengo, Diego! ¡Chíngame! Su panocha se contrajo alrededor de él, oleadas de placer sacudiéndola, jugos empapando sus muslos. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, su verga latiendo dentro de ella, llenándola de calor líquido.

Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor. El silencio post-orgasmo era bendito, roto solo por sus respiraciones calmándose. Diego la besó en la frente, suave ahora. —Eres increíble, Ana. Esto no termina aquí.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Esta novela de pasión y poder tiene capítulos completos por escribir, y yo seré la protagonista eterna. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como testigos mudos, mientras el aroma de sus cuerpos unidos flotaba en el aire, prometiendo más noches de dominio compartido.

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