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Pasión Prohibida Capítulo 103

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Pasión Prohibida Capítulo 103

La noche en el departamento de Polanco se sentía pesada, como si el aire mismo supiera que algo prohibido estaba a punto de pasar. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con mi piel morena brillando bajo la luz tenue de la lámpara, me recargaba en la ventana mirando las luces de la ciudad. Mi marido, ese pendejo eterno, estaba de viaje en Monterrey por negocios, dejándome sola con mis pensamientos calientes. Hacía semanas que no sentía un roce de verdad, uno que me erizara la piel y me hiciera jadear.

De pronto, un ruido suave del pasillo me sacó de mi trance. Era él, Javier, el vecino del 503, ese chulo de ojos negros y cuerpo marcado por horas en el gym. Lo había visto salir de la regadera esa mañana, con la toalla apenas cubriéndole lo que imaginaba sería una verga dura y lista. Neta, cada vez que pasaba por mi puerta, mi concha se humedecía sin permiso. Nuestra pasión prohibida había empezado hace meses, un beso robado en el elevador que escaló a noches de sudor y gemidos ahogados.

El timbre sonó, y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta despacio, y ahí estaba, con una sonrisa pícara y una botella de tequila en la mano. "Órale, Ana, ¿sola esta noche? Traje esto pa' que no te aburras", dijo con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta. Olía a jabón fresco y a hombre, un aroma que me hacía salivar. Lo invité a pasar, cerrando la puerta con un clic que sonó como una promesa.

"¿Qué pasa si alguien nos ve?", pensé mientras servía los shots, pero mi cuerpo ya traicionaba mi mente, mis pezones endureciéndose bajo la blusa ligera.

Nos sentamos en el sofá de piel, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Hablamos de tonterías, del tráfico en Insurgentes, de la vecina del quinto que siempre chismea, pero sus ojos devoraban mis labios, mis tetas que se marcaban con cada respiración. "Estás riquísima esta noche, Ana", murmuró, rozando mi mano con la suya. Ese toque eléctrico subió por mi brazo directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad empapando mis panties.

Acto seguido, su boca capturó la mía en un beso hambriento. Sabía a tequila y deseo puro, su lengua explorando la mía con urgencia. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras él me apretaba contra su pecho duro. ¡Ay, wey, cómo me encanta esto! Olía su colonia mezclada con el sudor incipiente, un perfume que me volvía loca. Bajó las manos a mis nalgas, amasándolas con fuerza, y yo gemí contra su boca, sintiendo su erección presionando mi vientre.

Me levantó como si no pesara nada y me llevó al cuarto, tirándome en la cama king size. La habitación olía a lavanda de mis sábanas, pero pronto se llenaría de nuestro aroma a sexo. Se quitó la camisa, revelando abdominales tallados y un pecho velludo que lamí con ganas, saboreando la sal de su piel. "Te deseo tanto, carnal", le susurré, mientras él me arrancaba la blusa, exponiendo mis tetas grandes y firmes. Sus labios chuparon un pezón, tirando con los dientes justo lo suficiente para que doliera rico, enviando chispas a mi clítoris hinchado.

La tensión crecía como una tormenta. Javier bajaba besos por mi panza, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mis jeans. Me los quitó de un jalón, junto con las panties, y ahí estaba yo, abierta y lista, mi chochito depilado brillando de jugos. "Estás empapada, nena", dijo con voz grave, inhalando mi olor almizclado de excitación. Su aliento caliente sobre mis labios mayores me hizo arquear la espalda. Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis jugos chorreando por su mano.

"Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 103 de un libro que nunca acaba", pensé, mientras él lamía mi clítoris con maestría, su lengua girando como un torbellino. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas contra su boca.

No aguanté más. Lo empujé hacia arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza roja y goteando pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado, el calor abrasador. La masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos y gruñir. "Métemela ya, Javier, no mames", le rogué, mi voz ronca de necesidad.

Se colocó entre mis piernas, frotando la punta contra mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. "¡Chingao, qué apretadita!", jadeó, empezando a bombear con ritmo pausado. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, slap-slap mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor a sexo intensificándose, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando mientras giraba las caderas. Sus manos en mi cintura, guiándome, sus ojos clavados en los míos. "Eres mía, Ana, aunque sea prohibido", murmuró, pellizcando mis pezones. El orgasmo me acechaba, un nudo apretándose en mi vientre. Bajé la mano a mi clítoris, frotándolo furioso mientras él me taladraba desde abajo.

De lado ahora, él detrás, una pierna mía levantada para que entrara profundo. Su mano en mi clítoris, frotando en círculos, mientras me besaba el cuello, mordiendo la oreja. Sentía su corazón latiendo contra mi espalda, su aliento caliente en mi piel. "Ven conmigo, mi reina", gruñó, acelerando. El clímax explotó: mi concha se contrajo alrededor de su verga, olas de placer sacudiéndome entera. Grité su nombre, lágrimas de éxtasis en los ojos, mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos así, enredados, jadeando. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Javier me besó la frente, suave, tierno. "Esta pasión prohibida capítulo 103 fue la mejor", susurró con una risa. Yo sonreí, trazando su pecho con el dedo, sintiendo la paz post-orgásmica. Sabía que mi marido volvería mañana, que esto era un secreto ardiente, pero en ese momento, me sentía viva, empoderada, dueña de mi placer.

Nos duchamos juntos, el agua caliente lavando nuestros cuerpos pero no el fuego interno. Salimos envueltos en toallas, compartiendo un último shot. "Hasta la próxima, corazón", dijo al irse, dejándome con el eco de su toque en la piel y el sabor de lo prohibido en los labios. Me acosté, el cuerpo relajado, la mente flotando en un mar de recuerdos sensoriales. Mañana fingiría normalidad, pero esta noche, en Pasión Prohibida Capítulo 103, había sido libre.

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