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Pasiones Desatadas en el Reparto de Cañaveral de Pasiones

6262 palabras

Pasiones Desatadas en el Reparto de Cañaveral de Pasiones

El sol de mediodía caía a plomo sobre el Reparto de Cañaveral de Pasiones, ese rincón olvidado pero vibrante de Veracruz, donde las calles pavimentadas se perdían entre lotes frondosos y el aroma dulce del cañaveral cercano impregnaba el aire. Me mudé ahí hace un mes, huyendo del bullicio de la ciudad, buscando un poco de paz en mi casita de dos pisos con jardín delantero. Yo, Ana, treinta y tantos, divorciada y con ganas de reinventarme. El calor pegajoso me hacía sudar desde temprano, y ese día, mientras descargaba las últimas cajas del camión de mudanzas, lo vi por primera vez.

Estaba recargado en la barda de al lado, con una cerveza fría en la mano, camiseta ajustada que marcaba sus pectorales morenos y un short que dejaba ver piernas fuertes, de esas que parecen talladas por el trabajo en el campo. Javier, se presentó con una sonrisa pícara que me erizó la piel. "Bienvenida, vecina. Si necesitas ayuda, aquí estoy, ¿eh? No seas mensa, pide nomás". Su voz grave, con ese acento veracruzano arrastrado, me llegó directo al estómago. Le agradecí con una mirada que duró un segundo de más, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco. Ya desde ese momento, sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas.

¿Qué chingados me pasa? Ni lo conozco y ya me imagino sus manos grandes recorriéndome toda. Neta, Ana, contrólate, wey.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Cada mañana, al salir a regar las plantas, ahí estaba él, lavando su troca o cortando el pasto, siempre con una guiñada y un comentario juguetón. "¡Órale, Ana, estás más radiante que el sol de Cañaveral! ¿Ya te adaptaste al calorcito de por acá?". Yo reía, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera, traidora del deseo que bullía adentro. El Reparto de Cañaveral de Pasiones parecía conspirar a favor: las noches eran cálidas, con grillos cantando y el viento trayendo ese perfume azucarado del cañaveral que me ponía melancólica y cachonda a la vez.

Una tarde de viernes, después de un día eterno en mi home office, lo invité a unas chelas en el patio. "Pásate, Javier, no mames, trae tu six y platicamos". Llegó con su risa contagiosa, ojos cafés que me devoraban sin disimulo. Nos sentamos en las sillas de plástico, el sudor perlándonos la piel, y la plática fluyó como tequila añejo: de la vida en el reparto, de cómo el cañaveral lo volvía loco de pasión por la tierra, de mis desmadres pasados. Su rodilla rozó la mía accidentalmente —o no— y una corriente eléctrica me subió por el muslo.

"Sabes, Ana, este lugar tiene algo... pasional. Como si el aire mismo te invitara a soltar todo", murmuró, acercándose. Su aliento olía a cerveza y a hombre, y yo no pude más. Lo besé, suave al principio, probando sus labios carnosos, salados por el sudor. Él respondió con hambre, su lengua invadiendo mi boca mientras sus manos me ceñían la cintura. ¡Qué rico sabe, pendejo! Tan varonil, tan mío en este momento.

Nos levantamos como poseídos, tropezando hacia adentro de la casa. El pasillo olía a mi perfume de jazmín mezclado con su aroma terroso. En la recámara, la luz tenue del atardecer pintaba su piel dorada. Me quitó la blusa con urgencia, pero sin rudeza, besando cada centímetro expuesto. "Estás chingona, Ana. Mira cómo te pones de dura", gruñó al lamer mis tetas, succionando un pezón con esa boca caliente que me hacía arquear la espalda. Yo gemí, hundiendo los dedos en su cabello negro revuelto, oliendo su champú de hierbas.

No aguanto más, carnal. Quiero sentirte adentro, romperme en pedazos contigo.

Le bajé el short, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas que me hicieron salivar. La tomé en la mano, suave pero firme, sintiendo su calor y el pulso acelerado. "¡Qué mamalona, wey!", exclamó él, riendo ronco mientras me empujaba a la cama. Me desvistió despacio, besando mi ombligo, bajando hasta mi entrepierna húmeda. El olor a mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce. Su lengua experta lamió mi clítoris, chupando con devoción, metiendo dos dedos gruesos que me abrían como un secreto. Grité su nombre, las caderas moviéndose solas, el placer subiendo en oleadas que me nublaban la vista. "¡Así, Javier, no pares, cabrón! ¡Me vengo!". El orgasmo me sacudió como un rayo, jugos chorreando en su boca ansiosa.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando las nalgas redondas. "Ahora te voy a dar duro, pero dime si quieres, ¿sí?". "¡Sí, pendejo, métemela ya!", supliqué, empinándome. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Su verga era perfecta, rozando ese punto que me volvía loca. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada embestida, el sonido húmedo de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Aceleró, agarrándome las caderas, gruñendo en mi oído: "¡Qué rica panocha, Ana! Te aprietas como virgen". Yo respondía con jadeos, arañando las sábanas, el olor de sexo invadiendo todo.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando con furia, sintiendo cómo su verga me partía en dos. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a mi pecho. "¡Te quiero, wey! ¡Córrete conmigo!", le ordené. Él se tensó, embistiéndome desde abajo, y explotamos juntos. Su leche caliente me inundó, mientras yo me convulsionaba, gritando, el placer tan intenso que vi estrellas. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí.

Después, en la penumbra, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando perezoso. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, y yo olía nuestra mezcla: semen, sudor, pasión cruda. "Esto fue chingón, Ana. En el Reparto de Cañaveral de Pasiones, las cosas se viven intensas, ¿verdad?". Sonreí, besándolo suave. "Neta, Javier. Y esto apenas empieza". Afuera, el cañaveral susurraba promesas, y en mi pecho, un calor nuevo, no solo del cuerpo, sino del alma. Por primera vez en años, me sentía viva, deseada, completa.

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